Blasfemo, de Miguel Vargas.
Blasfemo, de Miguel Vargas.
Edición 2551: Miércoles, 8 de Agosto de 2018

Mirada Alterna

Texto y Fotos: Paco Chuquiure| Cómo hacer cine independiente en el Perú y no morir en el intento. Tres directores comentan su experiencia.

Blasfemo, de Miguel Vargas.
Blasfemo, de Miguel Vargas.

Eduardo Quispe era un niño cuando descubrió la guerra. Era 1987 y volvía del mercado rumbo a su hogar cuando una explosión lo tumbó al piso. Sendero Luminoso acababa de dinamitar una agencia del Banco Wiesse de Villa El Salvador. Se hallaba en medio de una balacera entre terroristas y policías. Unas manos lo cogieron del polo, arrastrándolo por el descampado. “Una señora que pasaba por la zona me arrastró hasta su  casa para protegerme de las balas. La violencia era algo cotidiano en Villa El Salvador”, cuenta Quispe. Crecer en una zona de emergencia esculpió la naturaleza introspectiva y cuestionadora del futuro director. “No era de los niños que salen a jugar con la llanta o hacen travesuras. Si jugaba, lo hacía en casa y, por lo general, solo”, explica.

Cineasta Eduardo Quispe.
Cineasta Eduardo Quispe.
El cine de Quispe se mueve en el terreno más experimental de la no ficción, una forma de narrar historias teñidas por la subjetividad de su autor. Su discurso plantea la interpretación de la realidad a partir de la exposición de una serie de personajes que parecen ser observados por una cámara escondida. El suyo es un cine de diálogos: El joven nacido en Huamanga aborda todas sus dudas, planteamientos e inquietudes personales en las conversaciones de los protagonistas; seres humanos concebidos en un entorno hostil donde las oportunidades siempre son escasas y los planes se frustran. “Quizá el único móvil de vida de mis personajes sea la búsqueda de sentido a las cosas”, señala. En 5 (2014), una pareja de jóvenes enamorados discute sobre sus aspiraciones personales y su futuro como pareja frente al malecón de Miraflores. Pero la historia se sostiene en un conflicto social de fondo: ella pertenece a la clase media tradicional y él vive en la periferia. El espectador atiende a este conflicto íntimo sentado al lado de la pareja. ¿Dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad? “La idea es justamente nunca dejar en claro dónde está esa línea divisoria”, señala el director. Sus seis largometrajes llevan por título números correlativos.

Película 2, de Eduardo Quispe.
Película 2, de Eduardo Quispe.
En la experiencia del artista egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, hacer una película cuesta lo mismo que comprar un cassette mini dv o invitar una cena a sus colaboradores. “Más que una cuestión de dinero es una cuestión de actitud, yo hago las películas que puedo hacer con lo que tengo a la mano”, explica. Y agrega, “Si me dieran 1,500 soles yo haría varios largometrajes”. Para garantizar buenas interpretaciones en sus películas, Quispe organiza  pequeñas funciones grupales en las que su elenco visualiza cintas que destacan por el nivel de verosimilitud de las actuaciones. Casi siempre observan La Trilogía del Amor, de James Lee (Malasia).

En 2015 el crítico Ricardo Bedoya seleccionó su obra entera en el top 5 de las películas peruanas más representativas de los últimos 20 años, al lado de títulos como Madeinusa (Claudia Llosa), Paraíso (José Gálvez) y Rosa Chumbe (Jonatan Relayze). “Yo hago cine a partir de mi hartazgo con el monopolio de los medios de comunicación y de las carteleras donde las historias se repiten como una fórmula”, señala. Para Eduardo el cine independiente empieza por el ejercicio del pensamiento libre; más aún, por tener las agallas de decir lo que está sucediendo en el mundo.

Rafael Arévalo, 8 largos y 20 cortos.
Rafael Arévalo, 8 largos y 20 cortos.
Rafael Arévalo aprendió sobre cine viendo películas de Blockbuster.  Su hermano mayor laboraba para el otrora gigante del cassette vhs y le agenciaba películas gratuitas durante todo el año. “Yo le pedía que me traiga lo más raro que llegaba a la tienda, lo menos mainstream”, cuenta Arévalo. “Fue una época divertida porque consumí un montón de películas gore, hindú y de serie b italiano”, comenta.

‘Rafo’ es probablemente el director de cine independiente más prolífico de la capital. A la fecha, lleva proyectados ocho largometrajes, 20 cortos y un mediometraje. Su filmografía está compuesta por historias sobre la insatisfacción de la juventud mezclada con la fantasía y el humor negro. Sin embargo, el principal reto de su cine es convertir los defectos en efectos. Para abaratar costos de producción el realizador no trabaja con actores profesionales sino más bien con amigos. Además, procura grabar sus películas en los barrios de residencia de los protagonistas.“Mis películas me encantan porque son la excusa perfecta para retomar contacto con amigos que no suelo ver”, afirma.

El año del apocalipsis, de Rafael Arévalo. Primera cinta de zombies en Perú.
El año del apocalipsis, de Rafael Arévalo. Primera cinta de zombies en Perú.
Otro de sus problemas habituales es la grabación del audio en vivo. En El Año del Apocalipsis (2016), la primera cinta de zombies hecha en el Perú, se vio en la encrucijada de grabar una historia post-apocalíptica en medio del ensordecedor ruido limeño. “Siempre se filtraba el sonido de un claxon o de música. Por ese motivo tuve que doblar todos los diálogos en la post producción”, cuenta.

A Rafael le encantaría que la crítica hable de sus cintas, así se trate de comentarios negativos. “Salvo un par de críticos, ya casi nadie escribe sobre cine independiente peruano. Eso afecta”, dice. A partir del año 2015 también se produjo un notorio decrecimiento de cine alternativos.

“Las instituciones académicas han dejado de apoyar. Da un poco de pena”, se lamenta. “La primera cinta que alquiló mi papá fue Robocop”, recuerda el director de cine independiente Miguel Vargas. “Ese día encendimos el televisor, pusimos la cinta y, hacia la mitad, se fue la luz”, cuenta riéndose. Autorrecluido en un salón presurizado a 17 grados centígrados, rodeado de planotecas y documentos, los días del videoasta transcurren organizando la memoria de nuestro pasado deportivo.

Miguel Vargas explora sicariato.
Miguel Vargas explora sicariato.
“Mi trabajo es el archivo, es lo que le da de comer a mi familia”, dice Vargas. Su relación con el cine, más bien, surge como una salida de emergencia al mundo cotidiano. “Yo hago películas para vivir, no para comer”, afirma.

Su obra está gobernada por imágenes en blanco y negro que conversan sobre la violencia; en especial, hay una línea argumental obsesionada con el sicariato. “Lo que pasa es que yo soy de Surquillo”, explica Vargas. El director pasó parte de su infancia en San Alberto (Surquillo viejo), una zona ‘picante’ para todos aquellos ajenos al barrio pero no para sus residentes. Allí conoció a personajes que hacían todo tipo de cosas para sobrevivir como vender droga o robar autos. Sus producciones son el resultado de esa experiencia de vida mezclada con la imaginación. En su ópera prima, Demo (2011), el asesino es un joven padre de familia preocupado por los estudios escolares de su único hijo. Su cinta posterior, Blasfemo (2013), extrapola de forma sangrienta el término de una relación amorosa. Además de ser el guionista, productor,

director y editor, Miguel asume el papel protagónico de sus creaciones. “Mis personajes tienen varios rasgos míos”, confiesa.

A Vargas no le interesa agradarle a los demás. “Todo el mundo es libre de opinar lo que desee, pero si hay alguien a quien yo quiero que le gusten mis películas es a mi equipo”, dice enfático.

Para el joven realizador de 35 años el término cine independiente hace alusión a las producciones que se alejan de los premios o los concursos de financiamiento. También marca una distancia personal ante el uso y desuso de rótulos. “El término cine de guerrilla me molesta. Me parece una definición muy plástica y poco relacionada a lo que hacemos”, sentencia.

Loading...