Defensa de Cádiz contra los ingleses (1634): escena del libro
Defensa de Cádiz contra los ingleses (1634): escena del libro
Edición 2547: Jueves, 12 de Julio de 2018

La Primera Novela

Escribe: Ricardo González Vigil | Historia del Huérfano: primera obra peruana.

Defensa de Cádiz contra los ingleses (1634): escena del libro
Defensa de Cádiz contra los ingleses (1634): escena del libro

No es fácil señalar cuál es la primera novela peruana, porque en los siglos coloniales diversos tipos de relatos de no ficción (las crónicas, las biografías, las autobiografías y los libros de viajeros) contenían –de acuerdo a los tratados de retórica y poética– componentes imaginativos, teniendo como modelos los poemas épicos, los diálogos teatrales y las formas novelescas, entre estas los libros de caballerías, las novelas greco-bizantinas, las pastoriles, las picarescas y las oníricas.

Dichos componentes imaginativos buscaban ahondar en la psicología de los personajes y prestar vivacidad (y ornato estético) a las descripciones y los diálogos, sin romper la meta primordial: respetar la veracidad de los hechos narrados. No estaban al servicio de una ficción que reelabora las experiencias reales, priorizando lo simbólico y connotativo.

Confundidos, eminentes especialistas han errado al calificar de novelas a las crónicas del Inca Garcilaso o postular que la primera novela peruana fue la biografía (con recursos novelescos) Peregrinación de Bartolomé Lorenzo (1590) de José de Acosta.

Muy diferente es la Historia del Huérfano de Andrés de León, inédita hasta que en 2017 Belinda Palacios la editó esmeradamente (Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 385 pp.). En su esclarecedor estudio preliminar, Palacios devela que estamos ante una ficción: el Huérfano es un “personaje literario” y “gran parte de sus aventuras fueron inventadas” (p. XXIV). La historia “está construida como una especie de collage que ha ido nutriéndose de distintos textos y fuentes (la mayoría escritos entre 1560 y 1590), que luego el autor ha ido modificando para crear algo nuevo” (p. XXXI).

Antonio Rodríguez Moñino y María Brey Mariño consignaron en 1965 la existencia del manuscrito en la Hispanic Society of America, fechado en Sevilla, 1621. Y, en 1976, Rodríguez Moñino dilucidó que Andrés de León era el seudónimo del fraile agustino Martín de León y Cárdenas (Archidona, Málaga, 1584 – Palermo, 1655). Identificación corroborada por Palacios, quien razona que escribió la Historia del Huérfano en Lima, entre 1614 y 1617, aunque hizo cambios en Sevilla, entre 1617 y 1621. León frecuentó a “los grupos poéticos” de Lima, en especial al “primer virrey poeta” el Marqués de Montesclaros. Algo de su experiencia la atribuyó al granadino Huérfano; y algunos de los 127 poemas del personaje le pertenecían.

Palacios percibe las semejanzas de esta obra con la novela greco-bizantina y la incidencia del contexto colonial: “obras del canon colonial que se caracterizan por su hibridez (…) inyectándole al relato ficticio una fuerte dosis de ‘realismo’...”.

A nuestro juicio, la admiración por las novelas griegas (la tuvo Lope en El peregrino en su patria, 1604, y el mismísimo Cervantes veía al Quijote únicamente como un peldaño previo a la que creía su novela principal, la bizantina Persiles, 1617) llevó a que León menospreciará “a Don Quijote y al Pícaro, disparatadas apologías y apócrifas invenciones” (p. 225); y a que cultivara una novela de factura épica e idealizadora, con base histórica, en una senda afín a la novela morisca Guerras civiles de Granada (1595) de Pérez de Hita: es sintomático que el Huérfano sea granadino y que se enaltezca a Granada como “una semi-Roma” (p. 226). La perspectiva morisca que valora a los “vencidos”, repercute en cómo León lamenta el menosprecio a los criollos (p. 270) y el trato inhumano a los indios (pp. 274-275); y menciona la valentía de los araucanos “tan bien pintada” por Ercilla (p. 23).

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