Edición 2542: Jueves, 7 de Junio de 2018

El Amigo Pericles

Escribe: Jorge Moreno Matos | Ganador del tercer puesto del XXIX Cuento de las Mil Palabras.

Al principio nadie sospechó nada. No cuestionaron las fotografías ni los documentos y tampoco tenían por qué hacerlo. Solo cuando estos empezaron a sucederse uno tras otro comenzaron los problemas. Así fue como todo lo hallado por Pericles llegó a mí. Al examinarlo pensé descubrir el fraude más sensacional de la historia, pero tuve que rendirme ante lo evidente: todo era incuestionablemente auténtico. Lo digo yo con la autoridad que me dan veinte años de trabajo en la sección de Antigüedades de la Biblioteca Nacional. No entendía cómo alguien tan mediocre e insignificante como él, un simple aficionado a la historia, podía tener tanta buena suerte.

Todo empezó cuando, ya muy enfermo y poco antes de morir, Maticorena, quien fue casi como un padre para mí, me llamó para entregarme unos papeles y documentos personales para que escribiera su biografía. Con ese material no alcanzaba para componer ni media página; sin embargo, había uno que otro documento de gran valor testimonial con el que se podía, tal vez, escribir una bonita nota. Entre lo que recibí estaba la curiosa fotografía en la que aparece con Pablo Macera flanqueando a Raúl Porras. La tomaron cuando ambos eran dos jóvenes estudiantes de Historia en San Marcos, luego de una de las míticas tertulias que organizaba el reconocido historiador en un chifa de Surquillo que él frecuentaba siempre y en las que aprovechaba para averiguar lo que estaban investigando, los archivos que visitaban, los documentos que descubrían o, simplemente, el último chisme de la Facultad.

Según recordaba Maticorena, salían del establecimiento y atravesaban un patio donde amontonaban sillas y mesas desvencijadas cuando se cruzaron con un fotógrafo ambulante con una cámara de cortina al hombro. “¿Una foto, profe?”, preguntó y Porras, que nunca antes lo había visto, aceptó gustoso. Cuando le conté esta historia a Pericles, a él solo se le ocurrió preguntar si conocía el nombre del chifa. “¿Y eso qué importa?”, le espeté molestó por una pregunta tan estúpida. Cuando insistió repetidas veces en lo mismo, lo mandé con Macera a averiguarlo para quitármelo de encima. Luego este me llamó muy molesto conmigo por habérselo enviado.

Recuerdo muy bien todo esto porque la imagen era idéntica a una que mostró Pericles en un congreso de historia. Como todos saben, Vargas Llosa fue alumno de Porras en San Marcos y trabajó con él durante casi cinco años en su casa de Miraflores. Incluso aparece como personaje en dos de sus novelas y con verdadera veneración en su libro de memorias. Pero pese a ese largo y conocido trato no existía ningún registro del historiador con nuestro Nobel hasta ese día de la conferencia frívola y sosa de Pericles. Solo yo reparé en la semejanza de la nueva fotografía con la otra que, curiosamente, ya nadie recordaba y empezaba a difuminarse de la memoria de todos.

Causó tal revuelo su descubrimiento que durante meses fue entrevistado en la radio y televisión y los diarios lo solicitaban continuamente para sus páginas culturales. Pero fue solo el principio. En tres años de investigaciones en archivos y bibliotecas ignotos, Pericles hizo aparecer de la nada un ejemplar en perfecto estado de la Doctrina Christiana de 1584, otro de la crónica perdida “Relación del descubrimiento del Perú” de Rodrigo Lozano, una colección completa del periódico “El Hijo del Montonero” de la época de la Confederación, documentos que creíamos perdidos para siempre en incendios, saqueos, robos y guerras. Pericles ha resuelto el misterio de todo aquello que carecía de nombre propio, lugar de procedencia o fecha de nacimiento, muerte u ocurrencia.

Cuando se le preguntaba dónde hacía sus descubrimientos, ofrecía versiones diferentes. Primero mencionó un archivo particular cuyo nombre la familia pidió mantener en reserva. Luego sindicó a un anticuario como su principal proveedor, cuyo nombre debía ocultar para evitarle problemas legales. Finalmente, que lo adquiría en el mercado negro de antigüedades del jirón Camaná. A nadie sorprendió tantas aclaraciones contradictorias y discordantes unas con otras. A todos nos quedó claro que Pericles estaba en posesión de auténticas joyas históricas que no estaba dispuesto a compartir con nadie.

Esta semana ha divulgado cuarenta y cinco segundos de una película que nadie conocía del terremoto de Yungay. Lo que se ve en ella hizo que no pocas personas abandonaran la sala y una que otra se desmayara. Quien filmó la película lo hizo desde una posición convenientemente elevada y sabiendo que desde ella no corría riesgo alguno. El único testigo con cámara en mano que vio pasar la avalancha de piedra, lodo y muerte que sepultó a la antigua ciudad de Yungay y a sus miles de habitantes en cuestión de segundos. Los mismos aterradores segundos que dura la película. Ha sido un escándalo.

Si para descubrir lo que descubría Pericles hacía trampa, esta vez el imbécil actuó sin considerar las consecuencias. Ahora todos los historiadores y el país entero cuestionan la autenticidad de sus hallazgos, pero más que eso ¡dónde los consigue! ¡Cuál es su fuente! Está bajo sospecha y la Policía y el Ministerio Público ya lo investigan.

No sé si Pericles inventó la máquina del tiempo o si es el diablo divirtiéndose jugando a ser historiador. Lo que sí sé es que debo ponerle fin a sus viajes antes de que comprenda que el tiempo, como el universo, está hecho de dos dimensiones, y que tanto se puede ir hacia atrás como hacia adelante. Entonces descubriría que mañana es el día que he elegido para asesinarlo y quedarme con su inmensa biblioteca. 



Jorge Moreno Matos es historiador, periodista y un empedernido escritor nocturno. El insomnio que padece desde hace años se ha convertido en cómplice de su proceso creativo frente al teclado. Pero en el día, en la calle o durante su labor en el fondo editorial de la Universidad del Pacífico, no baja la guardia. Lleva una libreta lista para cuando lo asaltan las ideas. Y es que en el Perú siempre pasan cosas dignas de una novela. De comedia, tragedia o la combinación de ambas. Recomienda devorar por lo menos cien libros –de todos los temas y en todo momento– antes de animarse a escribir.

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