“Incluso los pasajes escabrosos acontecieron de veras”, escribe Ampuero, quien se recupera de un impasse.
“Incluso los pasajes escabrosos acontecieron de veras”, escribe Ampuero, quien se recupera de un impasse.
Edición 2536: Jueves, 26 de Abril de 2018

Prosa Encantada

Exclusivo: el inicio de La bruja de Lima (Tusquets, 2018) el nuevo libro del escritor y periodista Fernando Ampuero.

“Incluso los pasajes escabrosos acontecieron de veras”, escribe Ampuero, quien se recupera de un impasse.
“Incluso los pasajes escabrosos acontecieron de veras”, escribe Ampuero, quien se recupera de un impasse.

“Un relato autobiográfico interrumpido por confesiones propias del diario íntimo”, escribe. “Refiere cómo conocí a una mujer excepcional, a quien muchas personas solían rendir culto. Gracias a ella encontré el espíritu necesario para superar una circunstancia inquietante de mi vida”.

En el otoño de 1998, el pintor José Tola, uno de mis amigos de toda la vida, me recomendó que visitara a una bruja. Yo había caído gravemente enfermo. Desperté una mañana con un fuerte malestar estomacal que en pocas horas terminó llevándome de emergencia al quirófano. Allí, bajo un racimo de luces intensas, me abrieron el estómago: me detectaron cáncer de colon y me extirparon once ganglios linfáticos de ese tramo de mi intestino. Luego, una vez recuperado de la cirugía, fui introducido en el tubo de un tomógrafo que, al momento de monitorear el hígado, encontró centenares de manchas oscuras. Según la lectura de varios oncólogos, aquello era una señal inequívoca de metástasis. “La cosa va mal”, dijeron; y luego, por si yo quería consultar otra opinión, me dieron las placas. Estas fueron examinadas nuevamente en cinco luminosos visores, todos de médicos renombrados. Ellos me vaticinaron seis meses de vida, aunque hubo dos, los más pragmáticos, que lo expresaron diferente: “Es hora de revisar sus finanzas”.
Entonces decidí acatar la alternativa mágica que Tola proponía. Total, nada se perdía intentándolo.
La bruja era una gitana de sesenta años. Y, como a toda bruja, la envolvía un halo de misterio. Se llamaba Hilda. “¡Hilda como la valquiria!”, decían los prosélitos de su comunidad esotérica. Derivado del germánico bild, que significa ‘aquella que da batalla’. Además, para darle mayor exotismo, alguien te susurraba al oído: “Y habla arameo”
Entre mis amigos y conocidos, ni qué decir tengo, nadie hablaba dicha lengua, por lo que no podía saber si esto era cierto. El arameo, que hoy en el mundo solo emplea una minoría, se remonta a tres mil años de antigüedad. Mi referencia políglota más versada era el padre de mi amigo, el filólogo Fernando Tola, quien hablaba catorce lenguas entre vivas y muertas: el griego, el latín, el pali, el sánscrito... aunque ignoraba el arameo.
¿Cómo sonará esa vaina?, me preguntaba. (Años después, en 2004, oiría ese idioma gracias a La pasión de Cristo, película dirigida por Mel Gibson; pero para entonces Hilda ya estaba muerta, y por lo tanto, dado que a mí nunca se me ocurrió grabar su voz, no tuve ocasión de cotejar sus palabras con aquellas de la película).
De modo que, incapaz de despejar la incógnita, el primer día en que visité a la bruja fui bastante directo: le pedí que dijera algo en arameo, cualquier cosa. Con una venia de asentimiento, ella accedió sin problemas; pero, poco antes de mover sus labios, tomó mis manos sonidos roncos, ásperos, como si de pronto la boca se le hubiera llenado de piedrecitas y sufriera un atoro.
–¿Has hablado?
–pregunté.
–Sí.
–¿Y qué me has dicho?
–Nada, no te dije nada –contestó Hilda serenamente–. Lo que he hecho es formular una pregunta, pero iba dirigida a tu sangre. Hablé con tu sangre.
–¿Con mi sangre? –me sorprendí.
–Así es. Y la he interrogado sobre tu vida.
–¡Caray!... ¿Y cómo responde la sangre?
La bruja esbozó una sonrisa.
–No usa palabras
–dijo–, pero yo la entiendo.
–¿Y qué entendiste?
–Que no te vas a morir.