El autor y Juan Gonzalo Rose en el Wifala, tras un recital (1982).
El autor y Juan Gonzalo Rose en el Wifala, tras un recital (1982).
Edición 2534: Jueves, 12 de Abril de 2018

La Vida en Rose

Escribe: Julio Heredia | A 35 años de la muerte de Juan Gonzalo Rose, poeta y colaborador de CARETAS.

El autor y Juan Gonzalo Rose en el Wifala, tras un recital (1982).
El autor y Juan Gonzalo Rose en el Wifala, tras un recital (1982).

Habían pasado nueve meses desde su día triunfal. El 10 de enero había cumplido 55 años y con el dinero de ese premio pretendía resarcirse de la depresión de los años previos. Era el 12 de abril de 1983 e infaliblemente le había tocado morir.

Apenas unas horas antes, yo había visto el milagroso renacer de su ánimo en el Hospital del Empleado y escuchado, con júbilo, que retomaría la escritura de sus poemarios en proceso, luego de haber asistido a su calvario de las últimas semanas en la sala de cuidados intensivos. Ese veinteañero desconcertado que era yo lo había observado en estado agónico en la víspera y ahora conversaba serenamente con él en esa habitación grande que no compartía con nadie y cuya puerta –bien cerrada– me había pedido vigilar, pues él no quería hablar “con los colegas”.

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Cuando esa tarde ya me retiraba me dijo –en un enigma que entonces no lo fue para mí– que al día siguiente “descansara”, que no viniera a verlo porque entendía que había tenido demasiado trajín yendo dos veces al día a verlo y atendiendo al mismo tiempo la edición del suplemento dominical de El Observador.

La mañana del segundo día, ya en el diario y en una época en que no había celulares ni existía el correo electrónico, recibo la extraña llamada telefónica de Jorge Salazar, quién me dice que querían de inmediato un artículo mío sobre Rose para CARETAS. Le respondo al querido amigo (ahora también en el incierto Parnaso) que no, que estaba demasiado cerca al personaje como para escribir sobre él con ecuanimidad, y que además justo iba a visitarlo “porque ayer no había ido”. ¡Julio! –me grita Jorge sorprendido– ¿no sabes? ¡Gonzalo ha muerto esta madrugada!

Yo no había querido participar de los actos fúnebres pero me llevaron a rastras los compañeros de CARETAS (donde Juan Gonzalo escribía la columna Apuntes a lápiz) al velatorio con ribetes oficiales.

Al día siguiente, acoplado al cortejo fúnebre en el Cementerio El Ángel, Doris Gibson, que me tenía por el brazo, me dijo: “Un 13 de abril, como hoy, era cumpleaños de mi padre, también poeta como mi hermano…”. Yo, que nunca había tenido un duelo tan cercano, más intimidado y demudado que nunca, no me atreví a contarle a Doris que también ese día era mi cumpleaños.

Un año antes, Rose, ignorando la fecha, me había regalado la declamación de un texto mío en un homenaje que le tributaba Hora Zero. Dos años antes me había invitado a su mesa en el Koala y desde entonces habíamos compartido la sobremesa allí como en el Ovni, vecino tanto a El Observador como a su habitación de la Residencial San Felipe, en Jesús María. En estas vivencias, obviamente, lo más abundante es lo no escrito.

En aquellos tiempos me había dicho: “Estoy muy gordo, pero aún puedo entrar por la puerta de la felicidad”.

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