Diego Trelles (Lima, 1977) presenta el libro finalista del Premio Herralde de Novela 2016 el 30 de julio en la FIL.
Diego Trelles (Lima, 1977) presenta el libro finalista del Premio Herralde de Novela 2016 el 30 de julio en la FIL.
Edición 2496: Jueves, 13 de Julio de 2017

Cambio Noventas

Adelanto exclusivo de La procesión infinita (Anagrama, 2017).

Diego Trelles (Lima, 1977) presenta el libro finalista del Premio Herralde de Novela 2016 el 30 de julio en la FIL.
Diego Trelles (Lima, 1977) presenta el libro finalista del Premio Herralde de Novela 2016 el 30 de julio en la FIL.

SE llamaba Rafael Orezzoli y era nieto de un popular bodeguero italiano que llegó a La Punta a inicios del siglo XX. Orezzoli se había hecho millonario con el negocio de las meretrices de lujo: era el reconocido dueño de Las Suites Deluxe de Barranco, uno de los nightclubs más exclusivos de Lima. Era un hombre cincuentón, de estatura mediana, flaco y huesudo. Resaltaba por su amplia frente en forma de pala, sus orejas toscas y prominentes, su nariz aguileña. Su pelo, áspero y cano, de tan escaso, parecía de lejos un peluquín. Aunque no era físicamente atractivo y podía, de un momento a otro, volverse déspota y abusivo con las prostitutas del negocio, en el espacio público Orezzoli era bien considerado por su afabilidad, sus modales exquisitos y su habilidad para tomar las decisiones correctas. El Dandi le tenía simpatía porque se reconocía en él: en sus gestos, en su ambición, en esa forma tenue y controlada que tenía para manipular a la gente sin que se diera cuenta. «Quien quiera hacer negocios en el Perú, si quiere sobrevivir, si quiere tener alguna posibilidad de éxito como empresario, tiene que amoldarse a quien mande. Te lo digo así, directo. Con o sin dictadura, aquí todo está torcido y seguirá torcido quién sabe hasta cuándo. Hay mucha gente, por ejemplo, que habla de mi cercanía con el Doc. Mal pues: no hay tal cosa. Era un cliente como cualquier otro y se volvió el hombre más poderoso del Perú, ¿qué iba a hacer? ¿No dejarlo entrar? Je. A Montesinos yo le cerraba el local por cien mil dólares y él me los pagaba al contado. No pedía ni rebaja. Solo tenía que llamarnos. El servicio ya estaba al tanto: lo que el Doc pidiera tenía rango de orden. Solía ser martes o miércoles y el loco ese traía de todo. Ni te imaginas… Pasu macho, ¡qué tales recuerdos! ¡A quién no he visto yo pasar por aquí! Nómbralo y verás que aquí estuvo. Congresistas, jueces, procuradores, rayas, comandantes, actores, cantantes, cómicos, futbolistas, narcos de varios países… ¿qué no habré visto yo, ¡por Dios!? Y era generoso ¿ah? Una o dos putitas por cabeza, mínimo… aunque, claro, el Doc también era goloso y siempre quería sus cuatro chibolas para él solito. Nunca entendí cómo terminó metido con la bruja esa loca horrenda de la tele si aquí solo pedía carne fresca. A veces se loqueaba y organizaba Fiestas Romanas, que eran como orgías con todas las de la ley, bacanales descomputantes con harta vaina en bandejas. Cien mil cocos, imagínate, ¿y yo le tenía que decir «no, gracias»? Je. Dan risa.

La gente habla porque tiene boca… Ah, desde luego, esto que te cuento, hermano, es confidencial. Es para que saques tu línea nomás. Igual tú me inspiras confianza, eres buen chico. Si algo aprecian mis clientes es mi discreción. Tú sabes que en Las Suites se trata de eso. La mitad de las chibolas que ahora están saliendo en la tele bailando como las Destructoras o las Bravas, creo que se llaman, esas mismas hicieron su semillero aquí conmigo. Dentro de mi palacio pasa todo y es lógico pues, es normal que nadie quiera que le hagan roche. Los clientes entran ocultos, incómodos, tapados como si fueran delincuentes y en autos que a veces ni siquiera tienen lunas polarizadas. Todo lo pagan en efectivo para que sus mujeres no los sorprendan pero siempre, con putas riquísimas, uno necesita más y más billete, eso es de ley. Se olvidaron de sacar o les llega al huevo sacar y no quieren salir. Rafael, me dicen los que me conocen, ¿dónde está el cajero? Y Rafael se siente terriblemente inútil y triste porque en Las Suites todavía no hay algo tan simple como un puto cajero. ¿Te parece eso lógico? Ahí estamos perdiendo… Disculpa, ¿te apetece otro whisky? Ese es el que le gustaba al Cholo de Oro cuando venía, pero no te preocupes que yo tengo una caja en la despensa, tranquilo. ¿Algo de comer quizás? No te sientas corto, pide con confianza nomás… Pérate: ¡Zambo, dile a doña Hortencia que saque otro piqueíto como el que nos trajiste!… Entonces, como te decía, está ese temita del cajero que ya se está volviendo un dolor de cabeza para mí, la verdad. ¿Cómo es posible que todavía no puedan instalarme uno aquí? Eso del código contra la moral del banco debería ser negociable, ¿no te parece?... ¡Hombre!, ni que el mío fuera un negocio chueco. Quizás ahí necesite una mano, una ayudita. Si sale, lo celebramos aquí: te doy mi palabra. Una fiestita-a-lo-Montesinos ¿ah? ¿qué tal?

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