Historia de dos escritores que conoció en CARETAS. Presentación: jueves 22, 7:30 p.m. en El Virrey.
Historia de dos escritores que conoció en CARETAS. Presentación: jueves 22, 7:30 p.m. en El Virrey.
Edición 2493: Jueves, 22 de Junio de 2017

Manada Literaria

Exclusivo: el inicio de Lobos solitarios (Peisa, 2017), último libro de Fernando Ampuero.

Historia de dos escritores que conoció en CARETAS. Presentación: jueves 22, 7:30 p.m. en El Virrey.
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Nunca fui amigo de Xavier, si la amistad obedece a ese plan secreto que une a las personas en un pacto irrestricto; tampoco lo fui de Edmundo, pero sí de su mujer, Teresina, que era una chica dulce y que por esos días se inmolaba por su marido, prodigándole amor y lealtad, pero sobre todo una fe que enaltecía al susodicho como un predestinado. Xavier y Edmundo eran escritores. El primero, quizá por cortedad, lo ocultaba (solo se reconocía como periodista); el otro, en cambio, lo hacía notar en cada gesto, en cada elaborado comentario. Conocería a ambos en una edad impresionable de mi vida; no en la adolescencia –época en que uno se granjea emociones y deslumbramientos, así como dudas y fobias–, sino en la primera juventud. Xavier y yo teníamos alrededor de veinticinco años, Edmundo era apenas un poco mayor. Los tres, a fin de cuentas, éramos muchachos con las expectativas suicidas de la vocación literaria.

Xavier y Edmundo fueron mis compañeros de trabajo. Y digo fueron en el sentido irremediable: ambos están muertos. Muertos y olvidados.

Ocasionalmente nos reuníamos a charlar; nunca, eso sí, estábamos los tres juntos, siempre por separado. Cuando coincidíamos al salir a la calle, frecuentábamos el mismo restaurante; con uno tomaba el café vespertino y con el otro (antes o después) comentaba los sucesos del día. ¿Y esto no suponía suficiente intimidad? No; era solo la inercia de tener que vernos varias horas al día. Habíamos caído en la misma jaula, la redacción de la revista Caretas, que entonces ocupaba el tercer piso de un oscuro edificio del centro de Lima, en el jirón Camaná. Allí nos entregábamos a un quehacer que constituía nuestro trabajo alimentario, pero que, de otro lado, nos convenía y enorgullecía, porque se trataba de la mejor revista nacional.

Caretas era un polo magnético. Y además una mezcla de extravagancia y desquiciamiento, a juzgar por su personal de planta. Comenzando por Enrique, el director, que, a lo largo de las décadas del setenta y ochenta, impondría un ritmo neurótico a la faena de obtener la «pepa» y el ángulo fresco. La neurosis se desataba desde la reunión, celebrada en la oficina del director, en la que se convocaba a los editores para planificar la edición siguiente y, ay, para hacer la autocrítica sobre la que acababa de salir. A unos se los llamaba por el nombre, sabe Dios por qué, y a otros por el apellido. Por esos años circulaban Gorriti, Hildebrandt, Bonilla, Laura, Marco, Rospi, Marrul, Jochamowitz, Pepe, Jaime, Kike, Raúl y ¡Salazar!

–¡Salazaaar!

El vozarrón de Enrique se oía en todo el edificio.