Edición 2484: Jueves, 20 de Abril de 2017

Luminoso y Doliente

Por: Ricardo Gonzalez Vigil | Los lados del agua de César Panduro Astorga.

A la ritualizada edad de 36 años (balances vitales de Dante, Byron y Whitman), César Panduro (Ica, 1980), quien también ha mostrado talento para el cuento y la novela corta, ha alcanzado la madurez poética con su tercer poemario, Los lados del agua (Paracaídas Editores, 2016).

Consta de tres partes. La primera, la más extensa (12 poemas), aborda el agua. Símbolo del origen de la vida (Tales de Mileto, mitos prehispánicos) y, a la vez, del final (“la mar / que es el morir” de Manrique, Eguren en varios poemas: “La niña de la lámpara azul”, “Favila”, “Noche azul”, etc.), el mar encarna los lados opuestos de la existencia (luminoso y tenebroso, bueno y malo): “Aprendimos del mar que todo se mueve, / (…) que no / miraremos dos veces al sol / en un mismo instante y que cada ojo ve el mal o el bien / de distintas maneras” (p. 91. El poeta se sabe mayoritariamente compuesto de agua; incluso la tierra de su cuerpo se halla humedecida (barro, limo): “todo mi cuerpo es limo / toda mi sangre agua” (p. 15). Al crear “Dios se hizo agua” (p. 13); contexto en el que Dios le regala “la palabra”, connotando el nexo entre el agua y la inspiración (la fuente Castalia del Parnaso, los ríos habladores que celebra Arguedas, la lluvia invocada por Vallejo en Trilce).

En esa primera parte reina la soledad. En la segunda parte (8 poemas) brota el amor, no solo a la pareja, sino a los seres queridos y a los libros, pero con su lado alegre y su lado atormentado (su vocación literaria se torna “lite hartura”, p. 45): “así somos los tristes (…) peleamos con nuestros padres para que no envejezcan” (p. 47).

Finalmente, la breve (4 poemas) y extraordinaria sección dedicada al hogar, vallejianamente tierna y doliente: ser un “extraño” para su hermano; el padre ausente en la niñez, ahora frecuentado en la adultez; y la celebración entrañable de su hijo: “eres el pedazo de mí carne que más me duele / y el que más ríe. Mi corazón en otro cuerpo” (p. 57).

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