En la carretilla en la que se distribuía La Prensa, el diario en el que escribía.
En la carretilla en la que se distribuía La Prensa, el diario en el que escribía.
Edición 2475: Jueves, 16 de Febrero de 2017

Leonidas Yerovi: Un Iluminado

Por: Domingo Tamariz | Celebración del genio de las letras y poeta festivo de Lima a 100 años de su asesinato.

En la carretilla en la que se distribuía La Prensa, el diario en el que escribía.
En la carretilla en la que se distribuía La Prensa, el diario en el que escribía.

La tarde del 15 de febrero de 1917 –hace exactamente un siglo–, en una Lima todavía santurrona, sin radio y de calles empedradas, fue asesinado Leonidas Yerovi, el hombre de letras que se había ganado a fuerza de talento el corazón de la sociedad limeña.

“Yerovi fue uno de los poetas más finos, más traviesos, más elegantes y más musicales de nuestra historia literaria contemporánea”, comentó desde su bitácora Luis Alberto Sánchez, que a la sazón andaba por los diecisiete años de edad; “es quizá —con Valdelomar— una de las más ricas personalidades de nuestra literatura del siglo XX”, señaló a su vez Luis Fabio Xamar; “el crimen, aunque vulgar en su forma, adquirió el relieve de una desgracia social por la aureola de afecto y de admiración que rodeara a la víctima”, apuntó nuestro poeta mayor César Vallejo.

Así como estas, podría citar muchas otras frases de reconocimiento a esta figura estrictamente nuestra, que se ha ido acrecentando con el paso de los años.

Leonidas Yerovi nació en los Barrios Altos de Lima el 9 de septiembre de 1881. Sus padres fueron Agustín Yerovi Orejuela, médico y político ecuatoriano, y doña Jeanne Douat, dama uruguaya. El poeta no tuvo una infancia feliz: su padre lo abandonó cuando apenas tenía un año. Fue criado por su madre y la abuela. Terminó la secundaria en el Colegio Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, pero cuando salía de la adolescencia la muerte del abuelo puso sobre sus hombros la responsabilidad de mantener a la familia.

Con Federico Blume “Balduque” protagonizó célebres duelos verbales en verso.
Con Federico Blume “Balduque” protagonizó célebres duelos verbales en verso.
Debido a esa apremiante situación, Leonidas tuvo que olvidarse de la universidad. Qué curioso: Yerovi, como Valdelomar y Mariátegui, fue autodidacta.

Recién salido del colegio, se empleó en una tienda de venta de telas que funcionaba en el Portal de Botoneros (donde hoy está la sede de CARETAS). Pero su vocación eran las letras.

Por entonces ya era conocida su habilidad para componer frases y letrillas, lo que le permitió, en 1901, publicar en el semanario satírico Fray K. Bezón. Fue así como comenzó a arañar la fama.

Dos años después ya se codeaba con los fundadores del diario La Prensa, donde escribió por largos años las columnas tituladas “Crónicas alegres” y “Burla burlando”. Su precocidad no tuvo límites. En 1903 estrenó con gran éxito su primera obra teatral: La de cuatro mil.

Vino después el semanario Monos y Monadas, que aderezó junto con Julio Málaga Grenet, acaso el mejor caricaturista peruano de todos los tiempos. En su mejor momento Monos y Monadas vendió 5 mil ejemplares –nada menos– en una Lima de apenas cien mil habitantes.

Fundó, además, dos semanarios: ¿Está bien? (1908) y Lléveme Ud. (1909). Aparte de en La Prensa, también escribió en La Crónica, comentando las apasionantes elecciones de 1912, y en todas las revistas de su tiempo: Variedades, Gil Blas, Don Lunes, Ilustración Peruana.

Muchas veces incorporó versos en sus columnas periodísticas:

Es un país tan dichoso,

el país en que alentamos,

que apenas si comentamos

algún asunto imperioso

por dos minutos siquiera,

ya crisis ministerial

o ataque de montoneras.

Era un crítico de lo que ocurría en la República Aristocrática. Incluso fue internado en el Panóptico, pero ni las rejas limitaron su producción. Se cuenta que allí escribió La última aventura de don Juan, “obra no apta para señoras ni niños”, como él mismo la calificó.

En 1914 viajó a Buenos Aires. Allí colaboró en la famosa revista Caras y Caretas, que por entonces tenía como jefe de arte a Málaga Grenet. Con su rostro siempre risueño, su bigote finamente recortado, cabello ondulado y porte mediano, Yerovi cayó bien parado en la ciudad de La Plata. En esos lares tuvo la suerte de empaparse de los adelantos del teatro y reestrenar su obra La pícara suerte.

Fue homenajeado por el Fondo Editorial del Congreso y el caricaturista Carlín.
Fue homenajeado por el Fondo Editorial del Congreso y el caricaturista Carlín.

A su retorno a Lima, ni bien desembarcó se reenganchó en La Prensa.

Su frondosa obra literaria –ocho comedias que estrenó en vida e innumerables poemas desperdigados en diarios y revistas– fue recopilada por su hija Juana Yerovi Douat, después de su muerte. Allí aparece Recóndita, poema que fue musicalizado.

En el verano de 1917, para sorpresa de todos, murió asesinado por un ciudadano chileno que, perturbado por los celos, le descerrajó cuatro balazos en la puerta de La Prensa. Tenía solo 35 años.

Su entierro fue grandioso: se dice que casi treinta mil personas acompañaron sus restos, algo jamás visto en el caso de un hombre de letras. “Fue la prueba más elocuente de que el poeta supo sentir e interpretar el alma nacional”, diría un ya octogenario Ricardo Palma.

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