Edición 2471: Jueves, 19 de Enero de 2017

Al Filo de la Poesía

Por: Alexandra Martens | Recuperado de una trombosis, Abelardo Sánchez León conversó con CARETAS para presentar El habitante del desierto (Paracaídas, 2016), su último poemario.

Nunca antes había estado en una ambulancia hasta que, hace a penas dos meses, se asiló intempestivamente en una. El diagnóstico: “trombosis espontánea”. Abelardo Sánchez León, o ‘Balo’, como lo conocen los amigos, arrastra las primeras sílabas de sus versos, recuperado y con 16 kilos menos. Fanático del fútbol y del cine, es la poesía su mayor pasión y maldición. “No puedes escapar de ella”, asegura. Adelanta que está preparando un libro para el 2018 y, en entrevista con CARETAS, habla sobre su último poemario El habitante del desierto (Paracaídas, 2016) y el destino que tomará en aras de la buena literatura.

–El desierto es el escenario principal en su último poemario, El habitante del desierto (Paracaídas, 2016).
–El desierto tiene una presencia importantísima en la actualidad. Ahora estamos en la guerra del desierto, la Guerra de Irak, la Guerra del Golfo. El desierto me gusta porque es minimalista, casi todo lo que está se ve. No se oculta, nadie se encubre. Y Lima es una ciudad de polvo. Es un desierto cerca al mar: lo singular y lo agradable.

–En el poemario, los habitantes del desierto procuran encontrar algo.
–Van en búsqueda de la muerte o de la verdad. En realidad, el desierto es casi infinito: no hay horizontes, no hay límites. Quienes viven verdaderamente en el desierto sabrán ubicarse, pero, para la mayoría de las personas, no hay final ni principio. Es una figura religiosa.

–Este libro actuó con carácter premonitorio: estuvo mal de salud, a un paso de la muerte.
–Lo presenté en octubre, y en noviembre estaba en cuidados intensivos. Me da un poco de temor vincular ambos hechos, viendo que este es un poemario donde la vejez es un personaje. El otro libro –del cual no voy a hablar mucho– es el de la muerte de mi hijo, y ya vislumbraba un poco esa tragedia. Y ocurrió. La poesía me da un poco de resquemor.

Publicó Grito bajo el agua (Paracaídas, 2013), tomándose 13 años desde El mundo en una gota de rocío (Peisa, 2000), precisamente por ello.
–Sí, me puse a escribir novelas. Todos dicen que no eran tan buenas, porque no quieren que me meta en su territorio. La narrativa es muy competitiva. La poesía no, porque no tiene mercado.  

–Ricardo González Vigil denominó al 2016 como “El año de la poesía”. El panorama es alentador.
–Sí, pero falta una buena antología de la última poesía peruana, así como La última cena (1987). Nadie se la juega. Lo curioso es que este es un país de grandes poetas y de pocos lectores de poesía. Siempre fue así. Tú vas a una librería y no encuentras ningún poemario. ¿Quién lee a Washington Delgado si el libro no está?

–En una entrevista anterior dijo que los poetas no conservan la misma calidad de antes, ¿se mantiene en esa afirmación?
–La calidad es un término relativo porque hay un lenguaje propio de cada generación. Más que calidad, yo diría que los poetas de hoy (a los que no conozco tanto) tienen un nuevo lenguaje por buscar.

–¿Por qué el peruano no prefiere la poesía a pesar de sus grandes exponentes?
–Por la mala enseñanza de la literatura en el colegio, donde la poesía es igual a declamación, a rima fácil, a desconocimiento de Vallejo, de Martín Adán. Sobrevive porque es un fenómeno genial: habrá siempre poesía y, en el Perú, nunca morirá.