Edición 2470: Jueves, 12 de Enero de 2017

Ficciones y Ambiciones

Después de muchos años de goces y fatigas, puedo formular ahora algunas preguntas que un hombre de mi oficio necesita hacerse: “¿Qué es hoy la literatura? ¿Cómo se escribe actualmente?  ¿Qué buscan ciertos autores jóvenes en los ajetreos literarios del siglo XXI?

No son preguntas retóricas. Yo vengo de otro planeta, pero que estuvo siempre aquí, en la tierra. Mi infancia transcurrió a mediados de la década del cincuenta –es decir, no hace mucho relativamente–, donde todo por entonces era muy distinto. Se leía a Dumas, se bailaba pegado, se tomaban grandes vasos de leche fresca sin saber que la lactosa hacía daño. ¿Me dejo entender? Digamos que el telón de fondo de mi  paso por la vida, fue, para resumirlo en términos de evolución tecnológica, un largo sueño entre radios de tubos y teles analógicas, seguido de un distraído  despertar en la populosa era digital: el internet y las redes sociales. Y que  ahora, en dicho trance, descubro, o creo descubrir, una nueva literatura.

Me estoy refiriendo a esa escritura que procede de las redes y que no difiere de lo que hoy leemos. No propone cambios de lenguaje, ni de técnicas narrativas, ni de estructuras de reordenamiento cronológico, pero, ¡atención!, ofrece algo que vulnera, trastorna, subvierte (moral y visceralmente) el punto de vista del lector. La mayoría de los textos, que se conocen como posts, vienen contagiados por la banalidad de los tiempos que corren y, tras un análisis somero, por un fallo unánime: no valen la pena, son cosas menores, descartables. Sin embargo, hay algunos que sí tienen interés. Algunos enuncian, quizá, el advenimiento de una mentalidad diferente. Cada siglo, a fin de cuentas, trae su forma de pensar. Y los escritores traducen dicho pensamiento en sus historias.  

Dejando esto asentado, paso a revelar qué tipo de texto encontré y cómo lo descubrí. La acción se sitúa en época navideña, dos semanas antes de la última Nochebuena. Yo me encontraba navegando por el facebook, para ver cuántos escritores se elogiaban mutuamente y cuántos se malquerían, y de pronto me detuve en un post que retrasmitía una noticia de Wisconsin. El titular me capturó de inmediato. Ahí se decía:  

PAPA NOEL SE PUSO VIOLENTO Y FUE ARRESTADO. Y en cuanto al contenido, escueto y de estilo directo,  aludía a un ritual harto conocido.   

Diciembre, 2016. Un incidente tomó de sorpresa a los clientes de un concurrido mall en Milwaukee, la ciudad más poblada de Wisconsin.

 “Nicholas Cooper, un hombre de 66 años,  con disfraz de Papá Noel, se encontraba en un centro comercial atendiendo a su fila de niños deseosos de tomarse una foto con él, cuando una niña llegó a sus brazos. La niña posó sonriente junto a Cooper, quién para mantener la ilusión le preguntó cuál sería su pedido para Navidad, a lo que ella en secreto contestó: ‘Quiero que mi padrastro deje de tocarme en las noches’. Ante esta confesión, Papa Noel hizo cuidadosamente a un lado a la pequeña, se levantó de su asiento y, tras dirigir sus pasos hacia Kris Kane, el padrastro de la niña, se detuvo un instante a mirarlo. Luego le asestó un fuerte golpe en la cara, que lo tumbaría al suelo, donde además lo pateó.
 “Medios locales aseguran que aunque Nicholas Cooper lo golpeó repetidas veces para dejarlo fuera de combate, necesitó de la ayuda de dos de sus elfos, cuando Kane intentó responder a la agresión”.

La noticia conmocionó a las comunidades del medio oeste. Reportes ulteriores dijeron que el Papa Noel y sus elfos fueron arrestados, pero que pronto todos salieron libres, pues nadie había presentado la denuncia correspondiente. Hubo incluso una fotografía del padrastro con el rostro magullado, y otra del Papa Noel llevado con esposas hacia una patrulla.

Hasta aquí llega esta historia, que resultó ser falsa. Su autor, un internauta menor de edad, fue descubierto cinco días más tarde. Este declaró a la policía que tenía un portal dedicado a difundir noticias interesantes, aunque de su invención, con el propósito de convertirlas en posts virales. Se definía a sí mismo como autor de ficción, pero le importaba un pito el copyright, las regalías y, por cierto, las reseñas.  

“Soy un literato del internet”, dijo. “Solo deseo que durante tres minutos el lector me crea. No aspiro a más. El resto son tonterías. Yo apuesto por la brevedad creíble; por la emoción en dos párrafos”. (Por: Fernando Ampuero)