Edición 2595: Jueves, 20 de Junio de 2019

Pucha, ¡Qué Tal Suertecita!

Por: Lorena Tudela Loveday |

Casi muero, cholita, cuando me llamaron de una fiscalía (nunca entenderé qué es eso) para citarme de grado o fuerza (esto lo comprendo menos) a un sitio por la Abancay cerca de donde mi mami mandaba a comprar las cosas para nuestros santos a la Chona, la maravillosa ama tallana que nos cuidó a mi hermana María Luisa y a mí, pero no sé qué le pasó con María Luisa porque mientras yo soy la que soy y no necesito explicarte más, la otra terminó siendo una pánfila ama de casa limeña, cornuda, barrigona y desmañada que con las justas va a las navidades de la familia porque no tiene ni para teñirse las canas, ¿te puedes imaginar lo impredecible de la vida? Ah ya, estaba con lo de la fiscalía esa, hija, a la que tenía que ir por un asuntito de impuestos que me da una flojera horrible explicarte pero que podía haber terminado conmigo en la misma celda con Keiko, cómo te explico. Con la mano temblando como una hoja en la lluvia llamé a mi abogado, el Cholón Ugaz (que sabe cómo se cobra su trabajo) y le pedí un help de urgencia. Me derivó donde un abogaduchi apellidado Pichulán y ya te podrás imaginar que con ese apellido yo no podía lidiar, y menos cuando su saludo telefónico empezó así: “Hola, reinita…” Chola, decidí hacer las cosas por mi cuenta y terminé en la SUNAT donde un alto funcionario de copete pintado con betún y cepillo de dientes me explicó, “mira mamita, lo que tienes que hacer es ir al MEF y hablar con el doctor Torrejón, él te va a dar la ayudita que necesitas”. Oh my dog, entre Pichulán y Torrejón yo ya había empezado a ponerme catatónica, no tienes idea, pero nada, peor sería tener que almorzar y cenar chufla con la que ya sabes de compañera. Llamé entonces a Monsieur Torrejón, me contestó una secre diciéndome, “el doctor está ocupadito”. Pucha, no me aguanté y le respondí, “dígale de mi parte al doctor que no es buena educación cagar en la oficina”. En fin, la doña me puso con su jefe, quien se arrancó así, “Hola princesita, me ha contado Pichulán…” Y lo que siguió fue una andanada de diminutivos entremezclados con la descripción de unos procedimientos burocráticos que no los habría desentrañado ni Kafka en el Día del Padre, yo sé que tú me entiendes. La cosa fue que Torrejón me derivó donde una alta funcionaria del Ministerio Público (que no tengo la menor idea de lo que es), llamada Lorena Ventosilla, una palabra a la que si la pones con minúscula no significa otra cosa que “pedillo”. Cholita, para que Ventosilla respondiera el directo pasaron tres jornadas y media, no puedes imaginarte, hasta que milagrosamente levantó el fono y seguro que comiendo su empanada de media mañana, habló, “tocayita, ya estoy al tanto de tu problemita porque me han llamado  los doctores Torrejón y Pichulán, ambos dos de toda mi confianza y sin escatimar esfuerzos”. La pucha, pensé, en qué me he metido pero nada, le conté el caso y regio, valió la pena seguir el camino que empezó donde el mañoso de Cholón, siguió en los predios de Pichulán, tomó la ruta de Torrejón y acabó donde una tocayita que me dejó libre de polvo y paja a cambio de un perfume de nombre Pecado de Eva, que en mi vida me imaginé que existía pero la Jessikah´s Jesseniah´s consiguió en el acto. Pucha, hija, a raíz de esta experiencia es que me siento autorizada para recomendarte que no hagas hígado cuando te encuentres con personas como las mencionadas que salvo Cholón, pucha, son pobres pero honradas y buenitas, generositas, bien bonitas y te arreglan el temita por casi nadita. Regio, ¿no? Chau, chua.