Edición 2594: Jueves, 13 de Junio de 2019

Pucha, Reaprendiendo a Hablar

Por: Lorena Tudela Loveday |

Mira, cholita, una noche me tocó estar al lado del gordo Bruce en una comida de embajada europea y créeme que si alguien se ha creído el cuento de lo que él mismo considera “raza blanca” como su lugar de pertenencia, que se corte la coleta. Primero porque, hija, los heroicos militantes antirracistas, aparte de arruinarnos la vida, han demostrado que las razas humanas no existen –bueeee– y luego porque no me creerías si te digo cómo Techito se comportó en esa mesa. Los espárragos los cortó con tenedor y cuchillo, tomó vino rojo con la ensalada de endivias, habló toda la noche con la boca llena y al final sacó del bolsillo un mondadientes y no sigo porque se me viene la arcada. Así que por ese lado cómo te explico que se le vio el fustán con todo y blonda el día en que declaró lo que declaró, yo sé que tú me entiendes. Lo que sí es un tanto más complicado es lo que comentó Maddie, cholita, tú sabes que ella sí sabe de lo que habla, por los cuatro costados, por arriba, por abajo y por los 180 millones de dólares que le dejó Bobby. Ese tuit que mandó diciendo que lo de Bruce era una gaffe y que ese tipo de comentarios había que guardárselos para el espacio privado, pucha, puede ser interpretado de mil maneras. Una, la que me importa, nos traiciona, dice que nosotros cuando estamos entre nosotros, pucha, nos permitimos cholear a los demás con sabor, sazón y frenesí. Falso, reina, más que falso, pasado de moda. Yo te digo –y en eso hago una pedagogía regia con mis amigos acá, en los viajes, en la playa, o sea, ya ni entre nous nos permitimos esa forma tan descarada y ofensiva de incorrección política. Y te hago una síntesis histórica. Antes, pucha, tú podías decir lo que pensabas donde estuvieras, en toros, en El Unicornio, en un almuerzo en Huando, en fin, y a nadie se le ocurría juzgarte de racista. Pero llegaron nuevos vientos con la caviarada y hubo que elegir eufemismos y maneras indirectas de ser sinceros, y ahí es que surgen tan creativas maneras de llamarlos sin mentarlos, como “los azules”, “los primera generación con zapato”, “los de la mancha morada en el poto” y una larga lista que seguro tú la recuerdas más que yo, y que se terminó con “color puerta”, usada hasta hace un par de años atrás, nomás. Pero hija, ahora ni eso porque tú no sabes si algún hijo o sobrino de nosotros milita en uno de esos colectivos en los que todo es inclusión, memoria, ausencia de Estado, discriminación, hegemonía y ya pues, y de pronto apareces en las redes conversando sobre lo que siempre debió quedarse en la sala de Maridé de Osma en un lonche de amigas. No, así como ahora tenemos que cuidarnos de que los venezolanos no nos violen, pucha, hay que morderse la lengua hasta cuando estás con gente de toda tu confianza, y recurrir a un sistema regio que yo he investigado de cuando mi tatarabuela Ana Bernarda de Tudela y Albornoz se comunicaba con sus amigas en los saraos del Chorrillos de antes de la guerra con Chile. Pucha, te explico: un guiño de ojo derecho indicaba “cholo total y sin remedio” y de izquierdo, “amarcigadito”. La levantada de las dos cejas, “cuidado que se quiere meter a tu familia”. Bajar las comisuras de los labios, “con razón ya no hay servidumbre” y un certero codazo, “no hables mucho que tus antepasados hacían la caca debajo del árbol de tamarindo”. Regio, hija, he rescatado esos códigos y los estoy empezando a compartir con mis amigos y parientes porque creo, pucha, que el Perú ya vive una etapa diferente, nueva en su historia y debemos dejarnos de andar discrimina que te discrimina, y eso sí, dejando bien en claro que gente como Bruce, pucha, así se doblegue ante mí ofreciéndome llenar un cuarto entero de oro y plata, nunca, pero nunca, será de verdad. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)