Edición 2585: Jueves, 11 de Abril de 2019

¿Dónde Van a ir Mis Cenizas?

Por: Lorena Tudela Loveday |

A ver explícame, cholita de qué se trata esto, ¿ya?, Tú sabes que mi hermana Ana Tere ya anda por la vida sin estribos y la brida se la lleva una médica venezolana que allá se postulaba al Nobel pero aquí trabaja por veinte soles diarios y está feliz. Bueno, me citó mi hermana a tomar un té, en su casota del Olivar donde pena su suegro, que se cepillaba al jardinero, al vigilante, al panadero y al policía y sigue saliendo en las noches vestido de Carmen Miranda pidiendo más, qué quieres que te diga. Bueno, en su saloncito Pompadour Anatere me sale con los siguiente: “Lorena, hay que ser realistas, nos quedan apenas unos años por delante y tenemos que estar preparadas”. Pucha, yo paré las antenas porque ella es diez años mayor que yo y tiene todas las enfermedades, hasta fiebre aftosa creo, pero la dejé seguir. “En La Obra me han dicho que la Santa Madre ha prohibido que las cenizas de los muertos se echen en cualquier parte, como hacen ahora los caviares que las tiran al mar o en la raíz de un árbol y se sienten el Che Guevara”. Ante semejante circunloquio cambié el té por un cognac triple y decidí seguir la corriente. “Pues ahora puedes comprar tu sueño eterno dentro de cualquier iglesia y regio, los costos son según el lugar que escojas”. Ya picada de interés, le pregunté que cómo era eso. “Mira, por ejemplo, en Santo Domingo te puede costar mil dólares al mes si ponen tu urna debajo de la falange de santa Rosita. Setecientos si es cerca del metatarso. En La Merced es regio porque junto a la cruz del Padre Urraca hay una oferta: con dos urnas la abuela no paga, ¿te imaginas? Pero si quieres estar en una iglesia moderna, por ejemplo, en María Reina, pucha, debajo del altar mayor pagas quinientos al mes porque no hay forma de que el cura cuando hace misa no te pise”. Ana Tere es supernumeraria del Opus y ya me tiene acostumbrada a ese tipo de huevadas, pero que se metiera con mi decisión de qué hacer con este mi corpachón cuando yo me petatée me pareció too much, y no me aguanté. “Me parece regio, hermanas, pero me gustaría explorar otras posibilidades”. Ahí frunció el ceño con la desconfianza que yo le conozco y se puso tiesa como si se hubiera comido la adarga de Francisco Pizarro. “Quisiera saber si puedo pedirle a tu Obra que mis cenizas más valiosas que las piedras preciosas de la reina de Saba, podrían ir al mausoleo de la Sarita Colonia en el cementerio del Callao, porque si estamos hablando de santos, Sarita es una de ellas y no me vengas con la cantaleta de que los cholos no tienen el mismo derecho a trepar a los altares que los Mogrovejos o los Flores de Oliva”. “¡Comunista!” se escuchó hasta la avenida Arequipa, “te propongo salvar tu alma, que debe estar llena de adherencias, microbios, estafilococos y gérmenes y mira con lo que me sales”. Hija, refill de cognac y a la carga de nuevo. “Bueno, si esa la ves difícil de repente me pueden ayudar con otros lugares de los cementerios, que entiendo, o sea, son espacios consagrados o sea que dan lo mismo que las iglesias, ¿o no?” Las cejas esta vez se le pusieron de papa frita, lo que indica ataque: “¡qué estás maquinando, hija del demonio!” “Miamore, le contesté, si yo soy hija del demonio entonces tú también te tiras pedos sulfurosos porque te recuerdo que somos hermanitas de padre y madre. Bueno, quiero que el Opus me haga el favor de reservarme un sitio para mi urna junto a la tumba de una puta maravillosa que una vez conocí, cuando en una época de mi juventud yo vivía en lo que Borges llamaba, ‘los desenfadados envites de la facecia´”. Se le cayó la mandíbula, “¡Una p…?” Yo seguí, “Claro, la Pan con Lomo, que si hablamos de caridad cristiana, pucha, ella reservaba un porcentaje de cada polvo para los chicos pobres de los Barracones del Callao, y entre broma y broma se juntaban como dos mil soles diarios, regio cholita”. Bueno, hasta ahí llegó la conversación y el té con Ana Tere, pero al despedirnos me confesó, embelesada, que ella ya había comprado en el altar de Juan Masías, “porque ese santo siempre me arrechó”. ¿Me puedes explicar? No, pero regio. Chau, chau.