Edición 2583: Jueves, 28 de Marzo de 2019

Pucha, Los Animalistas

Todo esto empezó allá con la señora esa que en los cincuentas se subió a un bus al que no debía y pucha, yo no había escrito esa ley gringa que prohibía a los afros viajar en el mismo transporte que los blancos, de modo que no me eches la culpa del chongo que se armó por la desubicación de la damisela, que hoy sería una modelo de pasarela regia, pero le tocó nacer en un mal momento, ¿no te parece? Pucha, igual te podría decir de los violadores, hoy son castigadísimos por la ley y por toda la cucuruchada de las redes pero yo me acuerdo que cuando era chica, pucha, y hay que decirlo aunque duela, a todas algún tío mano larga se nos sobeteó y nadie se murió por eso, además que la sociedad, que pucha, la Física Cuántica  enseña que es un organismo que tiende al equilibrio, o sea, hacía que los chicos nuestros debutaran con la muchacha allá en el cuarto de arriba y que nadie se enterase, ¿te das cuenta? Cada cosa en su contexto y en su lugar. Yo, por ejemplo, pucha, siempre odié al perro de mierda que tenía mi hermana Ana Tere, un caniche que en París le habían hecho teñir el pelo color rosado chicle, mariconísimo y chinche como él solo. No hacía sino dormir sobre un sillón Voltaire que era mi favorito y cuando yo, ponte, a los diez años de edad quería sentarme ahí para leer Tirant Lo Blanc, cómo te explico que el mamarracho ese, que además se llamaba Chanel, pucha, entraba en una especie de trance histérico de terror y lanzaba unos ladridos hipados y agudos que a mí me hacían llorar de la furia, y no había forma de que se le bajara del mueble. Hasta que un día ya no pude más. Puse sobre el tapiz belga del asiento del Voltaire un wetex con harta timolina, que como sabes arde más en la piel que el abandono del hombre que amas, y esperé a que Chanel se trepara. Tal cual, alzó las patujas ridículas que tenía y se lanzó dispuesto a apoltronarse y dejarme sin lugar para leer. Hija, a los dos minutos le comenzó a salir humo de la parte de abajo del lomo y te lo juro que ya no solo ladraba, creo que hasta se quejaba en arameo y soltaba unos lagrimones que amenazaban con manchar la kilim de ese saloncito de lectura que yo tanto amaba. Hija, conseguido mi objetivo jalé al caniche del pescuezo, lo lancé bien lejos, desaparecí el wetex y me senté dichosa a disfrutar de mi novela de caballería y mi hermana nunca entendió por qué su estúpida mascota ya no quería hacer lo que siempre le había encantado y yo le tuve que explicar que si en los seres humanos los sentimientos cambian, pucha, en los perros hay mayor labilidad aún, y la pobre se quedó con la boca abierta por dos días porque la verdad sea dicha, es más bruta que un teléfono monedero, pero eso sí, se mantiene reeeegia. Bueno, lo hice y no pasó nada. En cambio la semana pasada cómo te explico que me disponía a cruzar de mi edificio al Golf para disfrutar de mi Martini del mediodía, cuando apareció un perro chusco de construcción, esos amarillos llenos de garrapatas asquerosos, y se me acercó moviendo el rabo dispuesto a morderme. Hija, saqué el paralizer del bolsillo y no me detuve hasta dejarlo ciego y ya, yo pensé que se había acabado el asunto, cuando a las horas me veo en un video en las redes con el paralizer en acción y el chusco hecho un desastre, y debajo de la imagen una andanada de insultos y amenazas tipo, PITUKA TE KAGASTE POR ERIR A UN SER DE LUZ, y la verdad que me he asustado, aunque ahora que miro mi pasaje a Barcelona en mi mano, se me pasa todo. Lo mejor es no mirar, ¿cierto? Regio, ¿no? Chau, chau.