Edición 2557: Jueves, 20 de Septiembre de 2018

Pucha, se Acabaron Los Piropos

Por: Lorena Tudela Loveday |

Pucha cholita, mi swami Cachaparada le contó a la monja tibetana Cacharapada que ya no sabe qué hacer para que mis chakras se alineen de una buena vez, y la santona le sugirió que probara conmigo eso de abrazarse a los árboles, que parece que a ciertos genios con energías desbordadas les viene mejor que el Quetidín, yo sé que tú me entiendes.

Entonces, o sea, en nuestra última conversación virtual, el swami me ordenó que me buscara un árbol súper viejo, cargado de amor, de experiencia de vida y de toda la huevada que ya conoces, y apenas amanezca, pucha, me vaya a abrazarlo con la menor cantidad posible de ropa, recitando este mantra: om mani padme hum. ¿Qué significa? Ni idea, cholita pero lo que no mata engorda.

Acaté lo que me indicó el swami pero después me di cuenta de que cerca de mi edificio no hay árboles así como él me dijo, y que solo me quedaba ir al Olivar, de madrugada, con el frío de los cojones que está haciendo y en calzón y sostén, qué quieres que te diga. Bueno, a la mañana siguiente cuando el despertador sonó a las cinco, cómo te explico que mentalmente mandé a la mera mierda al swami, a la monja y al mismo Buda pero no, bien obediente me levanté, me puse un buzo y me fui al Olivar. No había nadie y ni los pajarracos cantaban con la heladera, cholita.

Busqué y busqué hasta que encontré un olivo con pinta de viejísimo, ya encorvado hasta la altura de mi cintura y una voz interior me dijo que ese era. Fuera el buzo, casi fallezco pero igual, pucha, me agaché en escuadra y abracé el tronco recitando el mantra y comencé a sentir una corriente que subía desde la planta de mis pies hasta mi coronilla. ¡No sabes la fluidez, la armonía, el Namasthe!

Pero claro, tuvo que pasar al costado un jardinero de la municipalidad y ante el espectáculo de una rubia regia con el tafanario en pompa, no se pudo aguantar y lo soltó, “qué buen culo, mamacita”. Hija, no sabes cómo la grosería me bajó del nivel de espiritualidad al que había llegado, un estadio en el que no existían Letonas ni Becerriles ni Anaculíes ni Bartras y donde por fin funcionaba la baja policía en todo el Perú, chola, en fin.

La cosa es que en medio de mi dolor me acordé de la nueva ley que acaban de dar según la cual el piropo está penado y hay que denunciar al acosador. En ese momento el tal acosador ya se había alejado y andaba arrancando la hierba mala mientras silbaba el Mambo de Machaguay pero le di el alcance, lo agarré de la oreja y le recomendé que se despidiera de su conviviente y de sus hijos porque yo lo iba a meter preso por lo menos por diez años, a ver si entendía que ningún hombre tiene derecho a agredir de esa manera a ninguna mujer, y menos a una mujer como yo y no digo más porque otra vez empieza la cantaleta de que soy una racista.

Pero hija, estos son unos insurrectos, ¿sabes lo que me contestó?, “para qué me pones pues tu poto en mi cara”. Hija, en esa oración se  sintetiza la esencia del machismo según la cual yo tengo la culpa de ser regia y además, dueña de mi cuerpo, aunque aquí entre nos en varias ocasiones haya merecido perder la patria potestad, pero eso no viene al caso.

Pero reina, eso fue solo el principio, lo que vino fue Kafka en frasco de Chanel 5. Me refiero a lo que pasó en la comisaría de San Isidro cuando me presenté con el jardinero llevado de  una oreja ante el escritorio de un comisario que olía a acetona a una cuadra, no sabes. Le largué todo el cuento y el policía lo único que quería era que yo le contara una y otra vez en qué posición y con qué ropa yo estaba.

Pucha, ahí me di cuenta de que había saltado de la sartén al fuego y que realistamente lo que tocaba era acabar con esas abrazaderas en el Olivar y practicar en mi cuarto el método con un bonsái precioso que me han regalado, aunque después me dé lumbago, no importa, pero al menos estaré libre de los comentarios horrorosos de esos tipejos que son de otra especie. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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