Edición 2552: Jueves, 16 de Agosto de 2018

¡Adooooro a la Señora Coraima!

Por: Lorena Tudela Loveday |

Ay, cholita, estuve a punto de cambiar a la Jessikah´s Jesseniah´s por la señora Coraima, solo me detuvieron las lágrimas de cocodrilo de mi querida compañera de media vida, que me decía que si yo la botaba solo le iba a quedar la alternativa de vender su cuerpo, tremenda cangreja.

Ella y yo sabíamos que todo era mentira, pero ya pues, qué se hace con los leftovers del modo de producción feudal que quedan por el Golf, yo sé que tú me entiendes. Es que, hija, la Jessy se levanta a las nueve y media, cuando yo ya corrí once kilómetros, hice dos horas de yoga, medité una hora conectada mentalmente con mi swami Cachaparada y desayuné mis granolas con chía, leche de moringa, pan de centeno rubio con cúrcuma y cinco cucharadas bien llenas de harina de coca, que me ponen como cachalote en veda.

Y claro, después de eso ver aparecer a la mujercita esta en bata, bostezando con la bocaza abierta, unas ganas de matarme en la mirada que si me descuido me mata, sin saludar, preguntando si hay algo decente para que ella desayune, como que too much, ¿no te parece? En cambio, por una de esas casualidades de la vida, pucha, conocí a la señora Coraima, perdón, a la doctora Coraima, porque con sus treinta años, cómo te explico que se graduó en Caracas, en Química Inorgánica, se ganó una beca para Bruselas, donde hizo una especialidad en el lenguaje binario de las pulgas, la contrataron en MIT con un sueldo regio, pero el ranfañote de Trump no paró hasta echarla.

Pucha, regresó a su tierra y se dio cuenta de que iba a tener que comer todos los días arepa con arepa, y la arepa cada vez con menos maíz y más viruta de las carpinterías del monstruo de Maduro. No había un Mejoral en toda la capital y menos un Tampax: retazos de felpa que había que hervir, como en la época de mis primas que ahora son nonagenarias. La cosa es que con tres lenguas y tantos títulos en su haber, Coraima tomó un bus en Caracas que la depositó en Tumbes quince días después, donde le robaron hasta los ruleros, no sabes.

Pero, pucha, con una resiliencia regia se vino a Lima y entró a trabajar como cocinera donde Maritú Tudela, porque encima en Europa aprendió a cocinar como los dioses. Pero, hija, mi prima Maritú es un tanto más inteligente que un teléfono monedero, racista y todo lo demás, la hacía trabajar quince horas al día y le pagaba quinientos soles con el argumento de que, “ya pues, a ver regrésate a tu país para que comas con el perro en el mismo plato”. Ejem. Cholita, yo la vi en un té donde Maritú, la fui a buscar a la cocina y a los diez minutos ya estábamos hablando sobre Descartes, echa pluma. Fue en ese momento que se me vino a la mente el amanecer de la Jessy, versus el que imaginaba de esa mujer que además es regia, educada, discreta y honesta. Porque de paso, cholita, a como vamos en el Perú, pucha, para el servicio hay que pensar o en venezolanos o en evangélicos, y si son las dos cosas mejor todavía, porque esos no te tocan ni una peseta del vuelto.

En el edificio ya hemos cambiado a todo el personal por chicos venezolanos, uno de los cuales además tiene unos ojos gachos rodeados de pestañas de un centímetro de extensión,  que ya he soñado dos veces con él al punto de cambiar la sábana, qué culpa tengo. Bueno, te cuento todo esto para que te dejes de hablar huevadas de que los venezolanoss nos quitan el trabajo y son unos delincuentes. Ah si, ¿no? ¿Y Becerril, y la Letona, y la Arimborgo, y la Kequito? ¿Quieres que siga? Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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