Edición 2548: Jueves, 19 de Julio de 2018

Pucha, la Tremenda Corte

Por: Lorena Tudela Loveday |

Ah no, cholita, yo soy súper tolerante con cualquier opinión ajena sobre mí porque por mi parte jamás me meto en el culórum de los demás, pero sí hay un tema en el que soy muy sensible: mis canas. No puedo aguantar que alguien se burle de ellas porque esos pelos color ceniza son la evidencia de una vida vivida con harta rabia, pasión, amor y plata.

Bueno pues, me enteré de que Diego en una comidita de caviares de los más belugas, pucha, había comentado que yo ya estoy jamona y, cito, “tiene canas por donde ya se imaginan”, y juajuajuajua, todos los cocodrilos soltaron la carcajada.

Por supuesto que no me iba a quedar tranquila, busqué a Cholón Ugaz y decidimos denunciar penalmente al malhablado por difamación agravada, estupro, asociación para delinquir, lavado de activos, abuso contranatura, cohecho pasivo y, por siaca, también activo. Regio, alguna fiscal de minifalda, medalla en la pechuga y laciado marroquí recibió la denuncia y comenzó la huevada.

Pero unos días después me llama Agner Piminchumo, secretario de un juez supremo, que antes había sido el asistente de la señora Vicky, la que me hace los pies y es regia pero como en este país el que menos puja caga un piano, Agner llegó a ese cargo y rápidamente aprendió a usar terno verde y zapato en punta, yo sé que tú me entiendes.

Bueno, el motivo de la llamada era que un hot number del Poder Judicial quería conversar conmigo, y yo hecha una idiota acepté, me presenté el día y la hora pactados y me hicieron pasar a una sala en la que dominaban una mesota de patas de león y cuatro tronos forrados en un terciopelo rojo que de auténtico tenía lo que Laura Bozzo en los labios. Y ahí me tuvieron espera y espera hasta que se abre una puerta y hace su aparición un tipejo de terno verde y zapato en punta, bien engominado y oliendo a Antonio Banderas, que me sonríe y sin preguntar me zampa un beso tipo lapa húmeda en el cachete. “Doctora Tudela, me he informado acuciosamente pe de su casito, ¿ya?, y quiero darle un sajiro porque usté está todavía buena para romper el catre, ¿no le parece?” Y más carcajadas, qué quieres que te diga.

En situaciones así, cuando el abismo antropológico entre yo y el otro (en este caso, el orto) es muy grande, me quedo paralizada y enmudezco. Lo que dio pie a que el doctor Hinojoza, o algo así, continuara, pero ya con manito sobre la falda Dior. “Mira mamita, tú necesitas una empujadita y ya, quedaste libre de polvo y paja aunque me dejas el polvo y te quedas con la paja, juajuajuajuajua¡ ¿No te da risa? ¿Ah, te crees más que yo porque eres rubia, pulida y vives en San Isidro? Cuidado flaca que no sabes con quién te estás metiendo”.

Bueno reina, a esas alturas yo ya era una Susy Díaz que tenía que luchar con las mismas armas del cabroncete, y con los labios en O, los ojos dormidos y movimientos felinos de hombros, le propuse ir a conversar a otro lugar, más privado. Hija, al trinchudo ese se le cayeron los ojos de la emoción y ¿quieres saber dónde me llevó? ¡A un cuarto que tiene detrás de su despacho! Hija, decorado con huacos de mentira, un inca de yeso en pie de guerra, varias Inmaculadas imitación virreinales y un calendario de Iza Motors en el que una gringa tetona está colocándole un perno a la llanta de un camión de minera.

Chola, yo ya estaba un poco thriller déjame decirte, peor cuando el musulungo ese sirvió dos copitas de Perfecto Amor y vino hacia mí. Pero hija, yo estoy protegida por los apus porque cuando ya estaba a medio metro de mí, pucha, le suena el celular y trastabillando de los nervios contestó, “¿Señora K? En este mismo momento voy ante su presencia para concretizar lo de los verdecitos de que hablamos”. Chola, lo vieras, empezó a hacer llamadas, a un dirigente de la federación de fútbol, a tres emprendedores, al pelón Ramírez que dicen que es cherry de madame K, a un rockero de burdel, a un tal Caracol, después se acomodó la corbata (sintética) que tenía y me despidió, “ya reinita, tú deposita el bille en esta cuentita que te voy a dar y después si te vi no me acuerdo”.

Y se fue, y me dejó con un papel grasiento en la mano con el número de una cuenta en Madagascar, y en ese momento tomé conciencia, cholita, de una verdad imbatible: está mal lo que hice pero si no lo hacía, mi dignidad iba a ser arrastrada por los suelos de la vergüenza. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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