Edición 2543: Jueves, 14 de Junio de 2018

¡Martucha Ag, Miss Bicentenario!

Por: Lorena Tudela Loveday |

Pucha, hija, tú sabes lo feministísima que soy, y mucho antes de esas jovencitas que se van a la Plaza San Martín a enseñar la teta fresca. A propósito, un grupo de ellas (¨colectivos” los llaman ahora, ¿por qué no moto taxis), o sea, me invitó a sumarme a uno de esos actos y yo de pensar que iba salir hasta en la primera del NY Times con la tetamenta al aire –por cierto, más en su sitio que las de muchas de las manifestantes a las que les llevo más de treinta años de edad– pucha, me dio influenza tipo A. Pero a lo que voy es al fondo del feminismo, cholita, sobre todo a esa parte que dice, “yo a ti sí te creo” y la hago mía pensando en el Bicentenario. No, mi reina, ni estoy más loca que de costumbre ni he fumado la que me regaló Pocotón. Lo que pasa es que yo sí le creo, como siempre le creí y le creeré hasta sus último días a Martucha ag, como para apoyar la moción parlamentaria de nombrarla el personaje del Bicentenario. Me parece regio, y paso a explicarte. Martucha ag cuando estaba en Derecho de la Católica era la chica más horrible de la clase. Virola, patizamba, sin poto, los ojos soplados, enana, color verde caca de bebé. Un horror. Pero todo lo compensaba con un heroísmo en su militancia en el FRES que te lo juro que la Pasionaria era una hamburguesa del Mc Donald a su lado. Pucha, lo que ella decía en las asambleas se acataba y se acataba. Claro, entre esos acatamientos también estaban los levantes que la compañera se hacía a otros, muchos compañeros. Sin haber llegado a la lucha armada fíjate que donde Martucha ponía el ojo, ponía la bala. Regia, pucha, ella sabía lo que es ser dueña de su cuerpo, un cuerpo oblongo y con las puntas de los pies para adentro –rasgos que más tarde heredaría “la bebe”– pero cuerpo al fin, o cuerpa, como hay que decir ahora según las feministas de la tercera ola. Bueno. Pasada esa etapa de  su vida, Martucha ag se dedicó al ejercicio liberal de su profesión y dicen en los estudios donde trabajó que siempre  pedía los casos más cruentos y sanguinarios y que cuando recibía el expediente se le aparecían dos colmillos por sobre la comisura de los labios. Pero todo eso cambió, gracias a la naturaleza humana que siempre aparece cuando se la necesita, el día que conoció a un periodista de media mampara pero buenmozón él, que se la llevaba a tomar café aguado y pan con huevo de lonche a los sucuchos que él frecuentaba allá por la calle Belén, hasta yo los he visto desde el balcón del Club Nacional, así que no me vengan con cuentos. Bueno, el amor germinó en sus corazones y más abajo también, hasta que Martucha, se enllantó. Yes, todo el mundo lo sabe y no tiene nada de malo. Claro, como ella ya estaba en el Opus, pucha, tuvo que decir que esa barriguita redonda, aguachenta y creciente no era sino obra del Espíritu Santo, una explicación en la que el Pajarón en Decadencia la apoyó a condición que después se metiera al fujimorismo con la energía con la que ella hace todo. Y así fue. Después nació la bebe –con las puntas de los pies para adentro–, dueña ya de un ajuar de vestiditos horrorosos con pechera nido de abeja hasta para el quinceañero. Nació la bebe y todo el mundo se olvidó del Espíritu Santo, salvo el cuervo de la sotana negra, que le reclamó a la madre su parte en el arreglo. Lo demás es historia conocida. Martucha ag a medida que cobraba más poder en el entorno del Chino Cabrón Siete Leches, pucha, iba mostrando cómo la política te saca bolsas en los ojos, te bota el pelo, te dilata la nariz y te define una cara de  pan tolete de ayer inconfundible, la cara de Martucha ag. Creaciones heroicas como que los de la Cantuta se autoeliminaron, o que la interpretación auténtica de la nueva Constitución debería permitir que un presidente (adivina cuál) se quede ochenta años en el trono, pucha, superaron a Mariátegui (el inteligente, entendámonos). Por esa energía en defender lo que piensa y por haberse vuelto un paradigma para las cucarachas del desagüe de mi edificio (que también son mujeres), pucha, ¡Martucha, la reina del Bicentenario! Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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