Edición 2536: Jueves, 26 de Abril de 2018

¡Un Antauro en mi Propia Casa!

Por: Lorena Tudela Loveday |

Cholita, me tuve que ir a la primera emergencia del barrio a que me inyectaran cualquier cosa porque caí en tal estado de pánico que ni siquiera me ´cepillé los dientes cuando llegó la ambulancia. Todo empezó con unos vinos de más en el depa de Pocotón Díaz Ufano, que dicho sea de paso parecería que se lo decoró el APRA Rebelde, es que no sabes la de Lladrós y falsas pinturas cusqueñas, es que cómo te explico que Pocotón se casó con una chica de Magdalena, qué quieres que te diga. Pero los vinos estaban buenos, así que agarré pista pero, hija, a las cinco de la mañana me desperté sintiendo que un misil de Trump se había metido entre mis sábanas y en cualquier momento hacía ¡bum!. ¡Qué resaca, maldita sea! Volé a la cocina a por agua helada y qué crees que me encuentro, abriendo la puerta del refrigerador de sólidos, ni más ni menos que a un joven bien peruano en calzoncillos, comiéndose con la mano un prosciutto di Parma que me había costado un ojo de la cara y el otro también. Chola, se me paralizaron las piernas y de paso la glotis porque no pude articular palabra y en cambio el aguerrido caballero sí, y con un tonete de achoramiento que ni los congresistas de madame Quequito suelen utilizar; pucha, sin dejar de masticar me miró de arriba abajo y como si fuera uno de esos reclutas que corren por las calles gritando, “¡Huáscar o muerte, muerte a los chilenos!” , me cuadró horrible: “¿Qué tienes, blanca, miedo?” Reina, se rascó los quetejedi y siguió, “mira, blanca, estoy con tu chola en su cuarto, así que tranquilita vas a dejar que termine con mi rancho, que está buenazo, y que regrese por el tercer polaco, que la chola está cañón”. Y se fue hacia la zona de la Jessikah’s Jesseniah’s con la concha de quien transcurre por la vida como si esta fuera la casa de su abuelita. Mira, me tomé unos rivotriles para pasar el momento, pero ya por la mañana le pedí explicaciones a la Jessi y me contó una historia que ni mi afiladísima mente puede reconstruir. Resulta que ese sábado por la noche se había ido con su amiga Klaudiah’s a una fiesta en Los Olivos, que es donde ocurre todo lo que ocurre en el Perú de hoy. Bueno, ahí estaban bailando Despacito cuando entra un grupo de hombres jóvenes como quien traspasaba las puertas de vaivén del saloon en las películas del Oeste, hicieron parar la música y uno de ellos, ni más ni menos que ese que encontré tragándose mi prosciutto, tomó la palabra para anunciar a la manera del general Artola, que todos ellos eran parte del Partido Etnocacerista y que si querían seguir viviendo, las chicas tenían que bailar solo con ellos y después, en fin, ya no entro en detalles. La cosa es que la Jessy, anegada en un llantito que no era de mucho creer, me dijo que el Jolidey Huaraca, sargento segundo de Infantería, la había obligado a meterlo en mi casa y a otras cosas que si las pongo en Caretas, Cipriani me excomulga y sería regio, pero ese no es el punto sino lo que le pasó a la Jessy, cholita, de lo que no está libre ninguna chica digamos que de su perfil, pero sobre todo, pucha, no estaremos libres los peruanos en general si es que el tronado sociópata psicópata asesino en serie, pastrulo y machirulo del Antauro llegara a Palacio, y según me dicen mis amigos opinólogos, la cosa no es de bromear. Bueno, a la Jessy le di su pepa del día siguiente, la mandé a dormir un rato mientras yo misma me hacía el café imaginando sola, sentada en la cocina en una mañana limeña de otoño, en que pucha, feísimo y todo, a este país yo lo voy a extrañar cuando el cocodrilo de Antauro a nosotros, sí a nosotros, nos quite la ciudadanía y nos obligue a desfilar por las calles de San Isidro antes que amanezca, todos los días, y ya veo a la pobre Maridé de Osma, que está con una fascitis plantar que la hace caminar como gallina clueca, intentando el paso de ganso mientras todos coreamos que solo son peruanos los Quispe y los Mamani. Bueno, en ese momento llegó la ambulancia. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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