Edición 2535: Jueves, 19 de Abril de 2018

Pucha, la Cumbre y el Abismo

Por: Lorena Tudela Loveday |

A mí me tocó la parte de las provisiones, calculando que pasaríamos allí abajo un par de meses, así que ya te imaginarás el camión de compras que tuve que llenar, chola. En el edificio hay seis departamentos, uno y medio por piso, están prohibidos los niños, felizmente porque cuando yo salgo en la mañana hacia el consultorio generalmente estoy muy sensible y si se me cruzara un mocoso estoy segura de que le daría unos pellizcones de esposa de capataz de hacienda.

Bueno, sumando gente y servicio, somos 36 personas pero como el servicio tendrá que ver cómo sobrevive al fin del mundo, pucha, quedamos dieciocho. El refugio tiene el área de uno de los departamentos más grandes, es un dúplex con seis dormitorios cada uno con su baño porque no me vengas hija, por más que estemos de emergencia una no tiene por qué oler los mojones de la vecina así se apellide de Osma, yo sé que tú me entiendes.

Los baños, of course, tienen piso térmico, ya no se puede vivir sin piso térmico, y una familia de media mampara que se ha colado hace poco, apellidada Torrejón ni más ni menos, quiso imponer el que se instale jacuzzis y todos nosotros saltamos y les hicimos ver que una cosa es que hayan accedido a ser nuestros vecinos y otra muy distinta que les permitamos meter sus costumbres de emergentes – emprendedores – del – Nuevo – Perú porque si les perdonábamos esta, pucha al mes iban a poner sus parlantes en la entrada del edificio con sus reguetones de caribeños mariguaneados, cómo te explico.

Bueno, cada familia tiene su refrigerador y su congeladora y hay un área común (que la detesto) para cocinar y hacer postres. Yo ni entro ahí, todo el día por culpa de los Torrejón el ambiente huele a cau cau, cómo te explico. Aparte hay salas para estar, para meditar, para ver Netflix, para relajarte y para los Pilates.

Así, en condiciones extremas de austeridad, y con delivery de Deli France mientras las bombas químicas no destruyan mi delicatesen favorito, pucha, creo que podremos sobrevivir y de repente hacemos de la necesidad una virtud y juntándonos con otros responsables precavidos (pero sin los Torrejón), logramos refundar una Lima como nosotros queremos y necesitamos, ¿no te parece? Por lo pronto yo lo llevé a Justin a conocer nuestro refugio y regio, le encantó la calidad de mi colchón y como el chico es bien aprendido, se dio cuenta de inmediato que se trata de un producto marroquí hecho con una especie de algodón que tiene seiscientos mil años de domesticado y encima del cual puedes hacer si quieres el sillón de peluquero durante dos horas y nada se mueve de su sitio, que fue precisamente lo que pudimos comprobar con este chico, que la verdad es regio, tiene sentido del humor, sabe de política y su popó es de una belleza clásica que es para ponerlo ya en un museo de arte.

Al día siguiente, Justin me pidió que lo acompañe a la cena que daba México a la que tenía que ir por protocolo, con la promesa de volver a probar el algodón marroquí apenas nos pudiéramos escapar. Chola, la tal cena era en el Country y con mariachi, y quién crees que me tocó al otro lado: la pacharaca de la Ivanka Trump, no puedes imaginarte lo que es. Grandota, mal platinada porque tiene raíces rubias y el pelo disparejo, se había puesto un modelito Versace (¡cómo les gusta!), que le dejaba media tetamenta afuera y tenía estampados unos bustos romanos de emperadores en medio de los cuales te encontrabas a Sócrates en plena sesión peripatética y cuando yo le hice ver que ahí había un error histórico, me contestó que esperase unas horas para ver que las preocupaciones por los errores históricos ya podía yo put through my ass, gracias a una sorpresita que nos tenía reservada su papi.

No sabes los modales de la Barbie esa de Coney Island. La causa de caviar negro con culís de bogavante y choclitos desmenuzados de Huayoccari, pucha, con mano, así de sencillo, y en lugar del Henri Jayer Richebourg Grand Cru que le hace un maridaje regio a esa causa, pucha, la ruquetona se zampó un vaso de Coca Cola, qué quieres que te diga. Claro, esa noche en plena cena nos enteramos de la sorpresita gracias a lo cual encontramos el perfecto pretexto Justin y yo para fugar al refugio a seguir desgastando los algodones marroquíes que hasta ahora deben estar pidiendo chepa. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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