Edición 2531: Miércoles, 21 de Marzo de 2018

Gracias Hubert de Givenchy

Por: Lorena Tudela Loveday |

Ay, cholita, el maravilloso Hubert una vez más salió en mi ayuda para apartar de mí ese cáliz (pucha, estoy vallejiana, toda una Trilce), pero un cáliz con yapa hija porque me estoy refiriendo a dos cosas de las que he huido de Lima como si me persiguiera Becerril calato.

Una, la boda, y ya sabes a qué me refiero. Y la otra, la vacancia, hija, que ya me tiene curcuncha porque la primera vaya y pase, o sea, era divertido ver ante el Congreso al PPK que jura que sabe hacerse el sueco y engatusar a la gente con su rollo de mandatario sensible y, pucha, no persuade ni a la pobre Nancy, que según me han contado está con un pie en el avión, y no porque ella tenga motivos para escapar de la justicia sino porque ya no lo puede soportar al teta frita del marido, chola, que no hace otra cosa que estar prendido del aparato hablando con sus socios de Nueva Zelanda, Islas Mauricio, Angola, NY y Birmania sobre cómo hacer dada la emergencia, los traspasos de millones de un país al otro ganando en el cambio porque como tú sabes, o sea, en Zambia la moneda se llama Kwacha y se cotiza a setenta millones de kwachas por dólar, entonces si el último pago de Odebrecht a mi pobre y pánfilo amigo se hizo a través de un depósito a la cuenta de su chofer para que este lo declarase en Luxemburgo como un crédito para la compra de unas medias para las várices de su mami y que de allí esa plata se fuera a Montenegro, hija, donde todavía los lobos se pasean por la puerta de tu casa a partir de las diez de la noche, para finalmente, pasando por Roma, Berlín y Beirut, los fondos terminen en Lusaka, capital de Zambia, habiendo crecido en cuatro mil por ciento gracias a los cambios de las distintas monedas, hay que ser súper cuidadosos.

La verdad que eso es regio pero no para tu marido, sobre todo si este está a punto de volver con el sainete que tú ya sabes y que solo de imaginarlo me da erisipela, por eso es que me vine a París a la cremación de mi íntimo Hubert de Givenchy, hija, lo menos que podía hacer.

No sabes la penita, llegué al palacete de la Rue de Grenelle y me recibió Philippe Venet, cómo te explico que la pareja de Hubert durante sesenta años y también mi íntimo a pesar de que en una época me tenía celos y yo le explicaba que imposible porque Hubert, tú sabes, y Philippe me respondía: Une beauté comme la tienne est capable de tordre la nature.

Pucha, nos dimos un abracito y ahí quedó todo, no como en el Perú, que cada vez que se muere alguien que no es demasiado GCU pero que tienes que ir al velorio porque en fin, era pariente de tu nana, o de la costurera de toda tu vida y el deudo y la deuda no paran de llorar a moco y moca lanzado y lanzada y por más que abraces y machuques el llanto desaforado sigue y todo porque te has olvidado de la fórmula mágica que dice: “¡Ay, esta es una pérdida que vamos a llorar todos los días que nos quedan en este valle de lágrimas!”.

Regio, se acabó el drama, te invitan tu taza de caldo y calda de gallina y a darle al chisme. Bueno, qué te digo que después de la cremación hubo un champán en el palacete y el tema era la boda, chola, la que ya te imaginas. Pucha, todo el mundo en pleno cague de risa me preguntaba por la princesa andina y ya te imaginarás lo que yo contestaba, pero lo que realmente nos hizo olvidar a todos que acabábamos de despedirnos de un querido amigo y amiga, fue el vestido que se clavó Kate Moss para la ceremonia en San Pedro.

Cholita, una especie de palazzo de cuando fumábamos jamaiquina en el Patio de Letras, sandalias doradas y unos accesorios que nada que ver. Bueno, fue Lou Lou de la Fassange quien me bajó a tierra: “No te molestes pero no creo que tu país se haya dado cuenta de tanto mal gusto junto.” Cierto pues, razón de más para sentirme feliz por haber escapado de esas dos circunstancias. Ahora, ¿qué va a pasar con la huevada esa de la vacancia? La verdad que no sé y tampoco sé si me interesa. Budismo puro y pura. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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