Edición 2520: Jueves, 28 de Diciembre de 2017

Pucha, el Complejo de Condorito

Por: Lorena Tudela Loveday |

Ay, cholita, para quienes dicen que soy una frívola sin corazón social te cuento que como todos los años, pucha, ya hice mi buena acción, junto con otras colegas del diván como Maripí (a quien aconsejo enrumbar hacia la psicoterapia de mascotas, le iría regio) y Pupé de la Riva Agüero, hija, que es de lo mejor en el mercado, con decirte que un tiempo vio a Alan, sacrificó los resortes del coach, tuvo que hacer ampliar la puerta de entrada y además aceptar que el paciente fuera con pan con chicharrón y cebolla a consulta.

Bueno, nuestra obra de bien consiste en coordinar a través del hospital Honorio Delgado, para dar cada una de nosotras una sesión gratis a algún paciente indigente, ya sea interno o ambulatorio. Yo hice lobby para que me toque ambulatorio porque, hija, en estos días sacar carro hasta allá es una jarana y además si voy a la casa del loco respectivo, pucha, será como hacer turismo vivencial, cholita, toda una experiencia intercultural.

La cosa es que me dieron el nombre, se trataba de una mujer y su dirección te llevaba, ay no sé, a cualquier parte que no era Miraflores, San Isidro ni Barranco, hija, ya tú sabes, construcciones con los fierros para el segundo piso, pollerías/chifa y horrores de hostales porque ellos también tiene derecho a lo que ya tú sabes. Pero, hija, el Uber después de tres horas de dar vueltas me deja en una fachada que yo creí que era un kínder, no sabes. Las paredes a todo color pintadas con personajes como la Pequeña Lulú, Tribilín, Minnie, la Pata Daisy y al medio, digamos, como el rey del grupete, Condorito.

Preocupada toqué el timbre esperando saliera una miss de mandilón pero no, la persona que me recibió me dijo en susurros: “Somos amigas, no vaya a alterarla porque ahora cree que es el Rey León y se le ha dado por morder las patas de los muebles”. Pucha, de puntitas entré a un cuarto que cómo te explico, tenía una cama en la que yacía el Pato Lucas de peluche, bien tapado con frazada de tigre y un termómetro en el pico.

De pronto la vi, parada junto a la cama con un hacha de cortar reses levantada a punto de hacerla caer sobre el muñeco: “Hay que cortar por lo sano, se lo dice el doctor Kildare”. Puta madre, pensé, quién me manda a meterme en estas cosas cuando podría regia estar en el Golf tomando mi gin tonic en un chisme como se debe sobre el mamelucón de PPK, pero no pues, más puede mi vocación de servicio. Me senté al borde de la otra cama –que olía a pañal usado– y esperé a que la paciente asociara. Pucha, nada, lo único que hacía era rezarle a san Cipriano para que le diera las fuerzas necesarias para sacrificar al pobre pato. En ese momento recordé a Mary Wothword, chola, con quien hice el curso de Psicoanálisis y Etnias en Londres.

Ella tiene la teoría de que el psicoanálisis funciona con gente, cómo te explico, afín al analista, eso que vulgar y clasistamente se dice en Lima, “GCU”, ¿te das cuenta? En cambio, pucha, si bajas en la escala social en un país diverso como el nuestro ya debes dejar la envidia del pene y la succión del pecho malo como categorías y de frente entrarle a la Antropología, relaciones de parentesco, construcción de la realidad, relativismo cultural y todo lo que ya sabes.

Pero, chola, mientras pensaba en todo eso me distraje y en instantes ya la tenía a la loca encima con el hacha diciendo que me iba a matar porque me había sentido acento de chilena, ¿tú te puedes imaginar? ¡A mí, que soy académica de la lengua peruana!

En segundos la paciente (o mejor, la informante), asumió una de las diez identidades que después descubrí que tiene y te lo juro que no parecía, era la Yayita, o sea, la novia de Condorito, siempre con el hacha levantada pero ahora reclamando porque el pendejo del carroñero chileno le estaba sacando la vuelta con una amiga íntima a la que en su barrio la conocen como Muñeca de Migajón, y yo sin entender nada de nada.

Bueno, al ver que era poco lo que podía hacer, caleta le di tres Quetidines de 200 y me fui. Claro, al día siguiente viendo la tele me enteré de quién había sido la paciente y el efecto de la pepa, cholita, que la loqueó más pero al menos no mató a la migajona en el hemiciclo. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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