Edición 2514: Jueves, 16 de Noviembre de 2017

Que Pase Doña Ana Luisa

Qué serían pues, las dos de la tarde, hacía un calor endemoniado y acabábamos de terminar de almorzar cuando la China se levantó corriendo de la mesa y salió hacia la zona de los garajes. Tendría pues sus seis años. Ayer justo en un almuerzo con mis amigas les contaba que cuando nació la China yo me desgarré y para el dolor me pusieron no sé qué inyección y veía mi marido regalándole a su secretaria una casita, a mi mamá cargada en andas hasta el carro; a las hermanitas Loveday López de Romaña de punta en blanco caminando con la tía Clori hasta la Botica Francesa a tomar helados imperial y a Segundo y el bividí. La mama Nacha siguió a la China y de pronto escuché un grito que me paró los pelos. Mandé a Amador, el mayordomo, a que viera qué pasaba. Amador era un cholo buenmozón hasta que un día salió a servir la mesa y me di cuenta que se había hecho poner un diente de oro. “Oiga Amador, le dije, ¿qué hace usted con eso, que es para gente ordinaria?” ¿Sabe lo que me contestó?: “Ordenario soy pues señora”, y siguió pasando la sopera. Bueno, mi China se había quedado de piedra delante de algo que yo nunca me imaginé que se daría en mi propia casa. La puerta del Mercedes abierta, dormía apoyado en el timón como un lirón Segundo, el chofer que me había dejado mi papá. Lo espantoso es que estaba en bividí. Cómo le explico que esa piel, esos pelos negros en la axila, ay no, no me haga acordar. Mi hija se dio cuenta de que un chofer en bividí no era algo que pasara en mi casa. Yo que siempre he sabido aguantar la ingratitud de esa gente, yo misma también me quedé congelada hasta que Segundo se despertó, se estiró, se miró en el espejo retrovisor, se sacó una carne de los dientes y salió del carro para ir al baño y lo demás no me lo quise ni me lo quiero imaginar. Ahí empezó todo. La China ya no quería ir a los santos de sus primas o de sus amiguitas, decía que los payasos le daban terror y que las películas que pasaban eran “burguesas y alienantes”, fíjese, a los nueve años y en plena época del chi, cho, chu de Velasco. No sabíamos qué hacer. Lo que más le gustaba era ir a meterse a la zona de servicio y conversar con ellos, me quiero morir. Después venía a la hora de comer y agarraba la cuchara grande y se la metía a la boca, eso yo lo había visto de chiquita en la hacienda pero nunca en mi mesa. Hasta que me enfermé, no sé, todo el tiempo me dolía el costado y si veía a la China, peor. Durante varios años estuve metida en mi cama y lo único que tenía en mi cabeza era el zapato de charol, el pantalón lustroso por tanto uso, el bividí y los pelos negros y chutos, y cuando llegaba a esa parte las piernas se me encogían y estiraban como un acordeón, hasta tangos tocaban y mi marido invitaba a sus amigos a que me vieran. En Ancón mientras las chicas de su edad ya iban a sus fiestas y todo, ella se encerraba en su cuarto a leer unos libros que se los facilitaba Segundo y eran lógicamente comunistas, tanto que me harté y lo mandé al mismo Segundo a que los quemara a ver si aprendía. Qué no hice, recé, la llevé adonde el padre Constancio de la Virgen del Pilar, y nada, hasta que me pasaron la voz de un psiquiatra de lo más moderno, que la vio y le dio unas pastillas que un día yo por equivocación me tomé una y caí sobre la alfombra de la sala de estar donde me desperté tres días después gritando que a la Bella Durmiente la deberían alejar de los siete enanos porque me iban a violar. Bueno, ya le dije bastante de mi hija, pero ahora estamos distanciadas y ya no sé por qué, es que en realidad ya no sé nada desde que contratamos a un jardinero japonés para que nos cuidara las rosas y resultó siendo el mejor presidente de la historia y su hijita, que tiene su genio, va a ser la siguiente presidenta, qué mundo este donde mujeres japonesas terminan decidiendo por nosotros y lo hacen bien, y mi China, que no es japonesa, ¿qué le estaba diciendo? Ah, el bividí y los pelos negros. Regio, ¿no? Chau, chau.

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