Edición 2505: Jueves, 14 de Septiembre de 2017

Pucha, del Ballet a la Lucha Armada

Por: Lorena Tudela Loveday |

Ay, cholita, ha llegado el momento de hacer pública una historia que me vengo guardando por décadas pero no es posible que todos los ojos estén puestos en la chica Garrido como si ella fuera la única GCU que se metió donde se metió. Así que escucha.  Yo desde que tenía seis meses de nacida empecé a hacer ballet con Dimitri Popov, un exiliado ruso que venía a nuestra casa de Los Castaños y así echadita yo, me enseñaba cómo hacer florituras con los brazos y las manos.  Popov siempre tenía hambre y ni bien entraba a la casa se iba de frente a la refri y se alzaba hasta con los restos que debían ir a los perros, culpa de Stalin. Pero me enseñó regio el croise devant, el quatrieme devant, el a la seconde, el epaule, el ecardé, y el  croisé derriere. Bueno, pasó la vida pero nunca dejé el ballet. Esta historia se cruza con la de una tía monja que yo tenía, María Amelia Tudela Orlandini que, pucha, se fue a vivir a una barriada y se le dio por el poncho y la Mercedes Sosa. Bueno, un día vino la tía a la casa a comer, porque siempre languidecía de hambre, y se fue a la refri donde se encontró con Popov y se empezaron a jalonear unos huesos de pollo, pucha, y en eso entré yo y los vi. Mi tía me llamó a un lado para decirme que allá en su barriada necesitaban una profesora de ballet y que yo, con tan buen corazón, pucha, tenía que ir aunque fuese una vez a la semana. Mira reina, yo siempre he tenido sensibilidad social, ¿ya?, pero eso de clavarme tres horas en combi hasta un arenal a dar clases de danza, cómo te explico que no me gustó la idea. En cambio grabé unos Betamax regios con clases paso a paso, como para esas chicas que descienden de una cultura sin escritura, y se los di a la tía y luego supe que los había botado a la basura. ¡Es que lo que quería la tía era meterme con ella al terruquismo!  Yo recién me di cuenta un día que volvió por la casa toda nerviosa, mirando de un lado para otro, indicándome que no le dijera tía Marimeli sino camarada Lucha, y venía a llevarme supuestamente a una función de unas danzas de lo más exóticas que yo nunca iba a conocer si no era por ella. Hija, ante tanta tentación, acepté. Pucha, me vendó los ojos, me metió a un carro y como dos horas más tarde yo estaba en una sala en medio de un montón de gente horrible vestida de negro. Yo no entendía nada hasta que se abre una puerta y entra una señora con cara de mango de bicicleta antecediendo a un señor que te lo juro, yo lo vi y pensé en voz alta: “el carnicero de la esquina de Colón y 28 de Julio”. Hija, no sabes cómo me hicieron callar, a pellizcones. En eso, cómo te explico, salieron de no sé dónde unas botellas de cañazo de la last y pasaron de boca a boca, yo casi muero a la vez que miraba fascinada al carnicero de Colón, fascinada sobre todo cuando alguien puso un cassette del tema de Zorba y el gordo borracho como una uva, se arrancó a dar unos pasos que me dieron una vergüenza ajena horrible, pues recordaba a Anthony Quinn y a Alan Bates, gente de a verdad, chola, danzando contra la adversidad, en cambio ese mofletudo etílico estaba más para el circo de Cachupín. Chola, en esas andábamos cuando una de las brujas de negro gritó que la policía estaba rondando la casa, y en un santiamén todos los monstruos desaparecieron y me dejaron a mí solita con la música de Zorba. Me puse a llorar como una descosida, hasta que tanteando encontré la puerta y no sé cómo llegué a mi casa, pero sí te puedo decir que fue recién el 12 de septiembre de 2012 cuando me di cuenta de con quién había estado  en ese party de súcubos. Pero bueno, la chiquita Garrido a mí no me impresiona, yo sé lo que es haber pasado de la danza a la lucha armada, solo que fui más inteligente y decidí que era solo una experiencia… ¡y no un cuarto de siglo en la cárcel! Regio, ¿no? Chau, chau. 

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