Edición 2504: Jueves, 7 de Septiembre de 2017

Pucha, ¡Viva la huelga magisterial!

Ay, cholita, me acusan los huachafos rojetes de ser racista, clasista, putorra y qué sé yo qué más y claro, es que no se enteran de que mi solidaridad izquierdista con los pobres sigue en pie, hija, igualito a cuando en la Cato militaba en Trinchera con Santiago Pedraglio y era regio porque mi papi me había comprado una moto para pasear por las calles aún rurales de nuestra casa en Cieneguilla, y no se enteró de que convertí  esa Honda en un vehículo para el materialismo histórico, el dialéctico y el coño de la Bernarda, chola, regio, Santi me mandaba a volantear para un paro nacional que se iba a dar en Chimbote (¿) y yo, rauda, vestida de pobre me iba en la moto y no me importaba que los volantes se me fueran cayendo por San Isidro y Miraflores, igual se le podía mover la conciencia a algún primo empresario de buen corazón. Lindos tiempos, te lo juro, aunque déjame decirte que felizmente no llegamos a la toma del poder porque ahí sí que estaríamos en problemas. Pero bueno, la semana pasada yo estaba meditando en mi depa una técnica que mi swami Cachaparada me acaba de enseñar que consiste en abrir los ojos lo más que puedas, echarte boca abajo pero con el popó hacia arriba y los talones cogidos con las manos cruzadas, cuando en eso viene la Jessikah´s Jesseniah´s, que es lo más traidor que hay a su clase, a decirme hecha una paraca que los maestros en huelga en pleno piquete, pucha, entraban a marchar por las calles de San Isidro y que en un rato estarían en pleno Camino Real, es decir, debajo de mi edificio. Chola, para que veas que no soy racista, clasista aunque sí algo putorra, pucha, en lugar de correr al refugio antiaéreo que tiene mi edificio –donde ya estaban todas las mariconas de los otros depas, bien a la vodka a la espera del 18 Brumario– o sea, yo decidí dar la cara y ser solidaria. La mandé a la Jessy a que me rescatara del depósito de las cocheras una olla enorme que yo tenía de cuando hacía batik, y que fuera inmediatamente a comprar todo el cuáquer que pudiera encontrar en el Vivanda de atrás. Reina, en diez minutos me tenías moviendo con un palo una cantidad tal de cuáquer en la entrada del edificio que te lo juro era para una foto que se llevara el primer premio del World Press Photo, no sabes. A todo esto me había vestido como maestra peruana, o sea, mediante la Jessy conseguí una blusa de nylon con hueco en el sobaco, una falda cangilona marrón, zapatillas por si hay problemas para salir vola’o, regio. También me había comprado la Jessy un centenar de vasos de plástico de esos que se usan en los santos de los choli, o sea de los niños de escasos recursos, y un cucharón de fabricación china, para más inri. Hija, cuando apareció el piquete con las banderolas y las pancartas y los gritos ahí en el cruce con El Golf, cómo te explico que todo mi pasado marxista leninista maoísta castrista sandinista resurgió desde lo más hondo de mis entrañas y empecé a chillar, “¡vayan a evaluar a su abuela porque nosotros tenemos dignidad!”, “¡viva el Movadef, por la participación democrática en las cutras de Odebrecht!”, y otras consignas que se me iban ocurriendo sobre la marcha, hasta que me di cuenta de que mis compañeros docentes me empezaron a mirar raro y ahí decidí cambiar de estrategia y echar mano a la olla común. Chola, bien eficiente yo les dije, “muchachos, si han venido a hacerme la revo, regio, pero para recibir su cuáquer deberán hacer cola”. Y se pusieron disciplinadísimos en una fila que llegaba a mi ollón lleno de cuáquer con manzana que seguro estaría deli porque se acabó en un periquete, no sabes. Claro, yo no contaba con el hambre del proletariado, que es ancestral y estructural, y de pronto todos se pusieron a corear, “!más cuáquer, más cuáquer!”. Ahí comencé a asustarme y volví a la realidad, hija, dejé el ollón por ahí tirado y me fui corriendo al refugio antiaéreo donde Maripí, Maridé, Maritú y Marité ya andaban por la segunda botella de vodka a pico, pucha, comentando el matrimonio de Lucianita y Pocotoncito, preciosos ahí en el sunset de Máncora donde te puedes casar sin que vengan los maestros a perturbarte pidiendo más cuáquer. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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