Edición 2503: Jueves, 31 de Agosto de 2017

Y Ahora, la Meritocracia

Ay cholita, cada día la gente me sale con una nueva huachafería, ahora se puso de moda la meritocracia. Te juro que la primera vez que escuché la palabrita, pensé que se trataba de alguna nueva propuesta feminista, las putas al poder: meretriz y cracia. Pero no, chola, se trata de otra de esas huevadas de lo políticamente correcto que si no la acatas, cómo te explico que en el Facebook te mandan a la valva de tu progenitora sin más. Es por eso que ya dejé de estar en el Facebook porque además, no sé, tú me entiendes, esas novedades son excesos de la democracia, por decir lo menos. Pucha, de pronto de encuentras dialogando de igual a igual con alguien al que elegiste como amigo porque en la foto te pareció que no estaba mal, y a la hora que entras a su página, pucha, ves lo que es la cruda realidad: el joven traga su pollo a la brasa con su mamá y su papá en el aniversario de matrimonio de estos, con torta de pastillaje verde y la vieja vestida de negro y con el pelo suelto, te puedes morir. Pero bueno, volviendo a la meritocracia, resulta que ahora los que defienden la huelga de los tíchers y se oponen a que los evalúen, pucha, dicen que con el mismo criterio se debería medir la calidad de todos los profesionales que integran una sociedad. ¿De dónde sacan tanto adefesio, digo yo? ¿Les dejan tiempo sus consultorías en las mineras y sus artículos de opinión –que los leen su hija universitaria y su amante, que todos tienen– en los que nos emborrachan con sus ideas rojetes? Porque mira, una cosa es ser maestro y otra muy distinta, psicoanalista. O sea, para ser maestro debes tener una vocación de servicio a la comunidad del tamaño de un elefante, ¿cierto? Y pucha, pasar por un instituto o una universidad donde todo huele a Lima después de la procesión del Señor de los Milagros, yo sé que tú me entiendes. Y después, pucha, debes lidiar con unos burócratas tipo el papá de Ollanta, o una directora de UGEL igualita a lo que la Bartra será en unos años, y rogarle o regalarle una gallina para que no te mande a trabajar con cien indiecitos en una escuela en Chuchubamba donde las carpetas son adobes y la pizarra, la nada en la inexistente pared. Pucha, ahí sí creo que vale lo de las capacitaciones, las evaluaciones y la famosa meritocracia. Piensa hija que en una historia profesional tan difícil, debe ser facilísimo perder la fe en tu propia misión en la vida y volverte un Castillo cualquiera, conchudo el chotano, que gana el doble que sus colegas y cuando las reporteritas de codo punteagudo y bozo sobre el labio superior le preguntan por esa desigualdad, suelta sin la menor vergüenza que todos los maestros deberían ganar como él. Cómo te explico que hay que tener una autoestima heavy duty recargada para pensar así, y sobre todo para decirlo en público, pero bueno, si admiran a la Marta Huapaya, cualquier cosa puedes esperar de esos. En cambio, a ver, que vengan a evaluarme a mí. Soy psicóloga de la Católica, formada en análisis didáctico con Saúl, con Max, con Augusto, con Hilke, con César, solo para mencionarte a los de acá, porque en París y en Londres seguí con el análisis, pucha, en los divanes más regios de Europa y claro, no tanto por la formación sino porque estaba más loca que una manada de cabras agarradas de la mano. Pero eso es parte de la vida, chola. He hecho seminarios con Barthes, don Derrida, con Coqui Bruce y cómo te explico que aun así mi sed de absoluto sigue viva y no paro de leer y de participar en cuanta reunión nacional o internacional se dé en el planeta, aparte por supuesto, de analizar la política pero en una onda superintersubjetiva, y darte in puts acá, en mi columna de Caretas. ¿Y con todo eso alguien se atrevería a compararme con una maestra rural que camina siete horas de ida y otras siete de vuelta, desde su pensión hasta su colegito donde pucha, los pobres indiecitos se duermen de la pura anemia? Chola, hay que asumir ciertas cosas con realismo: el que puede, puede. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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