Edición 2483: Miércoles, 12 de Abril de 2017

Pucha, la Vice Ministra Gelatina

Ay, cholita, debe haber sido por el shock que sufrí que me olvidé comentarte lo que me tocó vivir hace cosa de diez días y que ocasionó que me diera una faringitis psicosomática de la que hasta ahora no me repongo y me tienes hablando como Greta Garbo hasta cuando pido un delivery a la botica y la del otro lado del teléfono piensa que estoy de curda. Bueno, te cuento. Yo tengo una compañera de Letras de la Cato que es súper emprendedora la pobre. O sea, ella nació en Lince y cada vez que lo recuerdo, lloro a gritos. Para que fuera a un colegio particular de barrio –donde te enseñan el inglés de Tarzán– la mamá tuvo que dar pensión en su casa y a mi amiga un policía que iba a almorzar diario, pucha, un día ya te imaginas, le metió mano. Pero ella súper resiliente siguió adelante, entró a la Cato y ahí nos conocimos y fíjate que nos hicimos amigas, lo que te demuestra lo relativo de la historia porque de haber tenido buena voluntad, pucha, Atahualpa y Pizarro podían haber terminado íntimos y los españoles no nos arruinaban el imperio y quizás hasta hoy yo seguiría usando una maskaipacha de princesa inca. La cosa es que le perdí el rastro a mi amiga hasta que me llama y me cuenta que representa en el Perú a un banco de inversión de la isla Juan Fernández y que quería hacer negocios conmigo. Hasta ahí regio, lo que me gustó menos fue que me citara en el Club Terrazas, cómo te explico. Es que a mí los únicos clubes que me interesan son esos en los que las mujeres no pueden ser socias y en cambio los alegrones clase medieros me dan pánico porque estoy segura que muchos de los socios dejan el Nacimiento puesto todo el año y hacen parrillas en sus balcones con chorizo de burro, qué quieres que te diga. Pero bueno, de pañuelo en la cabeza y lentes oscuros modelo Holly Golightly, tomé aire y entré al club. La cita era en el restaurante pero tenía que pasar por la piscina, y ahí estuvo el detalle. De pronto vi sobre una tumbona a una dama en bikini rosado con un cuerpo que parecía terma de cooperativa, disforzadísima mientras su noviete le echaba protector solar por toda la anatomía. Los grititos que pegaba, las torneadas de ojos pero sobre todo, chola, las pataditas al aire con unos pies de tamalón de yuca en los que se distinguían diez ollucos mejorados con transgénicos: sus dedos, con las uñas disparejas de no haber pasado por la podóloga nunca en su vida y su poco de mugre, por qué no decirlo. A mí una imagen como esa me puede producir una embolia, por ello no me puedo exponer así nomás, y peor cuando escuché a dos señoras samborjinas que tomaban piña colada detrás de mí, decir que la del bikini rosa y un michelín que parecía privilegiada boya natural, era ni menos que vice ministra de algo. Hija, me olvidé de mi amiga, dejé que el celular sonara mil veces hasta que ella se hartó, pero es que no podía quitarle los ojos de encima a esa malagua vice ministra, rubia con su peculio, cara cuadrada de Dick Tracy, ruletes de peluquería de La Huairona y ojos celestones de algún ancestro braguetero. Pero ahí no acabó el espectáculo. Cuando ya estuvo embadurnada como un pavo antes de entrar al horno, le pidió al noviete la levantara, cosa que el joven hizo pero como estaba resbalosa, se le vio la entrada al zanjón, chola, algo de lo que jamás en mi vida me olvidaré. Y todo esto era porque la vice ministra quería hacer skate con los adolescentes que son unos cafres saltando y corriendo sobre sus maderas. Bueno, la hubieras visto, ni un hipopótamo construyendo un castillo de naipes. Por supuesto que a los dos minutos sembró un zapallazo, que mucho no le debió haber dolido porque tenía tamaño buffer, cómo te explico. La cosa es que, ya perdida la cita  con mi amiga, me puse a tirarle la lengua a varias damiselas que lucían sus horrores en la zona de la piscina, y todas coincidieron en que la vice, que se llama creo que Evangelina o Gelatina sin más, “está sufriendo de strech de tanto que ha ayudado a los muertos del norte”, cómo te explico. Pero bueno, todo esto sirvió para que Clementina quedara públicamente como militante aprista (aaaaaaggggg) y renunciara al cargo, llorando como una Magdalena en la tele. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

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