Edición 2478: Jueves, 9 de Marzo de 2017

Pucha, ¿Y Ahora Dónde te Vas a Parquear?

Pucha, cholita, tú sabes que odio pasarme la vida de queja en queja, quejarse es de una ordinariez solo comparable a cuando ‘los deudos’ de un finadito al momento en que están sellando el nicho empiezan a gritar desgarrados de dolor. Es que nadie entiende qué la clase es el autocontrol, y que el maridete te esté poniendo los cachos con el divino copón te obliga aún más a estar regia, sonriente, digna y dar comidas en tu casa súper aunque el lavadero de la cocina estalle. Por eso no me quejo de lo que han hecho los alcaldes de mi San isidro y mi Miraflores con la vaina esta de los parqueos. Como te debes haber enterado, si es que ya saliste de tu Villa María del Triunfo a la civilización, pucha, nos han usurpado el derecho a cuadrarnos, como siempre fue, donde hubiera un espacio y punto, nadie preguntaba nada porque la ciudad tenía su orden, su jerarquía y su estructura, como hay hasta en el cielo. Ahora resulta que debes meterte a esos subterráneos prohibidos para claustrofóbicos, administrados todos por mis primos Raffo, que no han hecho ningún curso de servicio al cliente, cómo te explico, y te dan unos espacios de Volkswagen del 70 para cuadrar tu Jeep del año y claro, Maripí me ha contado que ya le cortó la pierna a una señora que justo bajaba del auto de al lado y que entre lo que ha tenido que pagarle a la coja, más las abolladuras y chancadas a su camioneta, o sea, ya habría podido comprarse una del 2018, lo que pasa es que ella no es muy smart y no entiende que los vehículos del año son los del año en que estás viviendo. Pero pobre. Ahora, te confieso que tampoco me quejo porque tengo todavía de chofer a don Second, nacido Segundo Pariasamán, que el próximo mayo va a cumplir ciento dos años y ahí donde lo ves maneja mejor que el chico Koechlin, no sabes. Claro, ya no ve tan bien, ha perdido la función de la profundidad y si tiene un taxi a tres centímetros adelante, él lo ve en La Herradura y se manda nomás y cómo te explico que el seguro internacional ya me notificó para que vaya cambiando de chofer, pero yo ni muerta. Tampoco escucha bien y es capaz de confundir el gorjeo de un gorrión en El Olivar, con un pitazo de policía, y por frenar de lo más cumplido se pega unos estrellones que un día de estos creo que vamos a recalar todos en Agustín Merino, qué nervios. Pero así y todo, pucha, me resuelve algunos problemas como el del parqueo, solo que hay veces en las que me deja en la mitad de la pista, me dice que vuelve en media hora y yo tengo que correr como una monrera perseguida para que no me atropelle el COVIDA, cómo te explico. Ahora, tú sabes que yo a todo le pongo distancia antropológica, por eso me atrevo a opinar por los vecinos cuyos derechos se ven destrozados y ofendidos contra una de las tradiciones más bonitas de Lima, como la de juá, y ya estás parqueada. Ahora, tengo una confusión de sentimientos horrible porque a la vez, pucha, no hay ciudad de verdad en el mundo donde un caballero en chor inmundo y balde en mano, te diga que bien cuidaditos nomás y te olvides de tu auto. Ay no sé, es la contradicción entre mi admiración por la civilización, y el reconocimiento sincero de que vivimos en una republiqueta gastronómica que tiene el dudoso encanto de ser la cagada en siete tomos. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)