Edición 2471: Jueves, 19 de Enero de 2017

¡Hay Rojetes en mi Familia!

Yo los vi, nadie me lo ha contado y por último la que ese día yo había fumado era una lechuga inofensiva que jamás me habría hecho confundir el culo con las témporas. Mira, había decidido ir a Ancón el viernes en lugar del sábado porque Maripí consiguió que su swami Cacharapada aceptara darnos dos días de meditación continua frente al mar pero, claro, no en la orilla porque entre las Levy que se agarran todo el espacio para su toldo y sus caviares y sus cavas; y el deep peruvian que aparece en los week end, pucha, iba a ser imposible y entonces la programamos en mi terraza que es súper amplia y no huele ni a champán caliente ni a sopa fría en bolsa. Regio, me iba con la Jeep cargada de toda la logística para la maratón de meditación, o sea, varios pata negra, unas sobrasadas de Mallorca que ya no puedes más, quesos franchutes que huelen a poto y todo lo que el swami nos dijo que estaba prohibido, pero, chola, si no hay ying no hay yang. Bueno, iba yo bien bonita escuchando unos sutras de cuando en la Revolución Cultural a los monjes budistas los metían a las moledoras de carne para hacer chaufalán cuando en eso me asalta la certeza de estar alucinando a pesar de que te repito que esa lechuga no le alteraba la percepción ni a un muerto. Cholita, la Agustina, la hija menor de mi hermana María Luisa, que se casó con el Chato Canaval y Moreyra, ese al que mi pobre hermana descubrió ensartado por el heladero en su propia cama, bueno, mi sobrina, la que siempre fue calladita, estudiosa y la verdad, medio cojudona, marchaba con unos impresentables cargando una banderola del tamaño de la vereda del Golf en la que se exigía que se suspendan los peajes de Puente Piedra. Qué te puedo decir que casi me paralizo toda, incluida mi sensible laringe y solo tuve cabeza para meterles la camioneta, dispersar a esos puyudos horribles que usan pitillo con unos cuerpos de oca puesta al sol, y rescatar a la Agus, que cuando se vio dentro de la Jeep empezó a insultarme con que yo era de la derecha bruta achorada, que seguro hacía frente con Cipriani y Castañeda Lossio y que, nunca se me había terminado de ir el fujimorismo que según ella, tan mal disimulé durante el decenio del Chino maricón. Hija, apagué los sutras y comencé a darle una lección de política para que saliera de esa zona de confort en la que andan los hipsters, los new age y los simpatizantes de la mechuda de la Verónica, que me he enterado de que está casada con un ocioso que canta trova: unicornio azul les voy a dar a los dos y ya sabes por dónde. Pucha, reuní en un instante toda la epistemología que he desarrollado en los últimos años sobre las fuerzas sociales en pugna en la era de la postverdad y le dije que era una rojete, una rabanita, una terruca, una senderista y una caviar. Chola, la mocosa me retó a señalar algún terruco en la manifestación, que de paso ya era como las de la Plaza Dos de Mayo cuando yo estaba en la Cato y salíamos a desfilar contra Vietnam. Bueno, en ese momento identifiqué claramente a la Garrido Lecca, a Morote, a una vieja más fea que chancarse la teta con la puerta del clóset que creo que se llama Martha Huatay, a la Lori Berenson y a todos los que vimos en la tele con uniforme a rayas cuando el Chinito Precioso que después se convirtió en el Odioso Oriental, pucha, nos exhibió su triunfo contra la subversión.  Pero, claro, ¿y qué hacían allí, protestando hasta con muletas y andadores, contra unos peajes que a decir verdad, pucha son una propina? Cuando se lo hice ver a la Agustina, esta se limitó a silbar de una forma bien rara y aparecieron mis otros sobrinos, Blas, Tadeo, Sebastiano y la Ignacia, que está regia hasta en las marchas a 30º bajo el sol, y entre todos me llevaron a la posta médica de Puente Piedra aduciendo ante un médico igualito a Cantiflas que el calor me estaba haciendo ver visiones. Terrible, chola, terminé en mi casa a punta de Rivotriles y acá estoy, recuperándome. Pero en medio de todo regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)         

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