Edición 2459: Jueves, 20 de Octubre de 2016

Pucha… ¡Negocios Con Moreno!

Pucha, chola, te debes acordar que yo desde la universidad sufro de gastritis, ¿no? Y todo porque nunca pude compaginar a Freud, a Marx y a Coco Chanel, que era mi proyecto de vida, pero en fin, pasó ese trauma y luego vinieron los hombres, hija, que todos son unos perros, Diego, Cholón Ugaz, Gino y sus pullovers tejidos por la abuelita, un francés que me destrozó un ventrículo, un argelino en París que acabó el trabajo con el otro ventrículo, qué te puedo decir, la gastritis terminó siendo un forado del tamaño del lago Titicaca. Harta de pasearme por todos los consultorios de gastroenterólogos en Lima, Florida y Rochester, terminé donde uno acá nomás, que es –o era– el médico de cabecera de horrores de la GCU y eso sí que a mí me da confianza plena. Bueno, me fui a ver al tal doctor Moreno, cholita, un ídem con el apellido que te confieso que de entrada no me tranquilizó mucho, yo tengo una intuición de elefante, aunque creo que lo bueno de los elefantes es la memoria, pero ya qué importa. Bueno, apenas Moreno me vio, pucha, en lugar de tomarme la presión, pesarme, auscultarme y hacerme las preguntas de rigor, se mandó con que sabía perfectamente quién era y que me proponía un negocito. Yo, entre la impresión y el cólico, pucha, perdí el habla, muda como Helen Keller. Lo que el Moreno de cuerpo y alma me proponía era lo siguiente: triangular con el espantapájaros del Cardenal una situación que amarrase una clínica de podología que tiene el medicucho ese, con un dispensario para mujeres de bajos recursos que mantiene la parroquia de San Juan de Lurigancho, para que la gente pobrísima que tiene su SIS, en lugar de ir a dejar su platita en la posta médica, vaya y se atienda ahí con lo de los curas, donde hacen unos certificados exagerados para que el SIS pague diez veces más de lo que corresponde, y todos felices, “vas a ver, China, el negociazo que haremos”, encima me tuteó el muy igualado. Cuando recuperé el habla lo único a lo que atiné fue a preguntarle qué coño hacía yo metida en esa merienda de negros, y el oscuro de carne y espíritu me dijo: “Bueno, mamacita, siempre ayuda tener un lomazo al lado en toda negociación. Con esos pechereques me distraes hasta al cura más cucufato y mientras te los mira, juá, ya firmó el convenio, y de ahí en adelante… ¡a cobrar!”. Yo, antes de enmudecer de nuevo, insistí en que no entendía mi participación. Y ahí el otro volvió a la carga: “¿Quieres que hable claro? Ya pues, hablaré claro. Necesito para blanquear este bisnes, que haya buenos nombres asociados. Ya tengo el de una banquera que creo que es tu amiga –y que no ha preguntado ni la mitad que tú–, está un curita medio mariposón de apellido chino pero de lo más presentable, y ahora quiero que todo el mundo diga que la doctora Lorena Tudela Loveday es mi socia. ¿Y qué ganas? El cinco por ciento de cada consulta, o sea al mes, más o menos unos diez mil dólares, que te servirán para comprarte la crema contra las arrugas”. Chola, yo soy muy open mind, tú lo sabes, nada de lo humano me es ajeno, y te confieso que hubiera seguido negociando con ese cholo horrendo. Pero tuvo que meterse con mis arrugas y eso, eso no se lo perdono a nadie. Lo miré fijamente a los ojos, me levanté de la silla, lentamente, me le acerqué y le metí cachetada doble, de ida y vuelta, mientras con la otra mano apagaba la grabadora que tenía en la cartera. Misión cumplida. El maligno de alma, corazón y vida está hecho ahora un palo de gallinero, ha perdido a toda su clientela y te prometo que va preso, ahí lo quiero ver entre rejas por no saber ubicarse frente a una mujer como yo. ¡Basta! Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)
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