Edición 2583: Jueves, 28 de Marzo de 2019

‘No Siempre Sonrío’

Escribe: Patricia Salinas O. | Versátil, talentosa, inteligente, Sofía Rocha partió de este plano la mañana de lunes y aún ahora resulta difícil asimilarlo.

Entrevisté varias a veces a Sofía Rocha, pero ahora que ya no está, me queda la sensación de que debí hacerlo muchas más. Era una de las pocas personas del medio que tenía cosas que decir y que además las decía sin demasiados filtros, porque no le interesaba mucho “quedar bien”.

Creo que la última vez que tuve la oportunidad de hablar con ella fue el año pasado, a raíz del estreno de “Rosa mística”, película de Augusto Tamayo sobre la vida de Santa Rosa de Lima, en la que Fiorella Pennano daba vida a Rosa y ella a su madre en una relación dura y hasta tormentosa.

Recuerdo que ambas actrices estaban fascinadas con la imagen de Rosa y de lo que significaba que en una Lima del Siglo XVI una mujer haya sido capaz de rebelarse ante las convenciones sociales, negándose  tanto a contraer matrimonio como a ser monja.

“En ese tiempo una mujer no podía decidir ni cómo vestirse, imagínate pensar en decidir qué es lo quería hacer en la vida y sobre todo lo que no quería hacer”, fue una de sus frases que más recuerdo de esa entrevista.

Su muerte nos ha tomado por sorpresa y para muchos de sus colegas, sobre todo para lo que estuvieron en escena con ella la noche anterior en la puesta de “El curioso incidente del perro a medianoche”, no fue fácil asimilar que ya no estaría en el próximo ensayo, ni en la próxima obra, ni siquiera en la próxima charla. Sofía se había ido, así de pronto, como cuando se iba uno de sus personajes después de que bajaba el telón.

Solía decir que hasta para hacerse fotos tenía que tener una historia en la cabeza, un personaje…actuar era su vida, al extremo que una de las últimas entrevistas que dio a un suplemento de El Comercio declaró “el teatro me contiene. Me deja caer, sanar y seguir adelante. Y conocerme, porque es muy difícil pararte en un escenario si no sabes quién eres. Para contar una historia debes ser consciente de tus debilidades y fortalezas”.

Resulta curioso ahora leer tantos comentarios  asegurando que fue la mejor actriz peruana (de hecho, lo fue, por lo menos de su generación), cuando nadie lo había dicho antes. Es raro ¿no? Escuché que Carlos Galdós habló al respecto en su programa de Radio Capital : “Se me activó en el cerebro al ver tantas muestras de afecto hacia Sofía Rocha, y lo traslado hacia mí mismo: ¿Qué loco, esperamos que alguien muera para reconocerlo? ¿no será que los seres humanos tenemos una tarea postergada, porque pensamos que la muerte no va a llegar?”, se preguntó Carlos  el mismo día del fallecimiento de la actriz y muchos lo tomaron como un comentario duro o controvertido.

Pero ¿acaso no es verdad? ¿No es cierto que sólo cuando alguien muere comenzamos a reconocer su talento, su calidad personal o su entrega al trabajo?  Recién ahora, que ya no está, comenzamos a recordar todos los personajes que Sofía Rocha hizo tanto en teatro, cine y televisión y que, seguramente, merecía premios que nunca recibió. Recién ahora nos damos cuenta de cuán versátil era y sólo ahora queremos saber más de ella.

Irónicamente su último mensaje en Instagram nos mostró un poquito de cómo era : “Una foto más real para los que me siguen, no siempre sonrío, tengo muy mal carácter, detesto los domingos de sol, tengo a García Lorca y a mi madre en el teléfono. Dos muertos”, escribió.

No, no hay misterios que descifrar. La Sofía que yo recuerdo era exactamente así como se describe en esas líneas y una de las cosas que más admiré de ella era justamente eso, que sabía que no tenía la obligación de sonreír siempre, que no tenía por qué hacerlo, que le llegaban altamente las convenciones sociales y que como Isabel Flores de Oliva, sabía exactamente lo que quería hacer, pero sobre todo, lo que no quería hacer. Hasta siempre Sofía.