Edición 2561: Jueves, 18 de Octubre de 2018

Amigos en Apuros

Escribe: Patricia Salinas O. | La cinta peruana nos trae un nuevo “buscavidas” a la pantalla y tratamos de descubrir por qué la fascinación por este tipo de personajes.

Hay películas que nos remontan a algún momento o a algún personaje que, por alguna razón, se ha quedado en nuestro subconsciente. “Amigos en apuros”, la comedia que marca el inicio de Lucho Cáceres como director y guionista al lado de Joel Calero y que se ha estrenado en los cines, es una cinta que, no sé si a propósito o no, termina siendo un homenaje a los muchos de los buscavidas de la historia de la televisión.

El guiño más evidente es a Don Gato, cuya versión “humana” es Manolo (Lucho Cáceres), un tipo divertido, pícaro, que anda por la vida despreocupado por el futuro, viviendo intensamente el hoy, aunque para eso tenga que decir algunas mentiritas. Es así como llega a una fiesta de reencuentro de amigos de promoción en la espléndida  casa de Fico (Christian Thorsen), quien está pasando por un momento difícil en su vida porque su esposa lo ha abandonado y él ha intentado suicidarse.

A Manolo se le ocurre quedarse allí por un tiempo, ya que además de ser naturalmente confianzudo, está tratando de esconderse de unos mafiosos con los que tiene una deuda de juego, así que finge una extraña enfermedad terminal, a partir de lo cual comenzarán una serie de disparatados enredos, de los que lo único que queda claro es que salvo la amistad, todo es ilusión.

Pero volvamos a los personajes de la tele. Manolo tiene un poco de Don Gato, algo de Tres Patines, alguna pincelada de Condorito, otra de Don Ramón e incluso del Chavo y, por supuesto, mucho de los personajes interpretados por Adolfo Chuiman en sus más recordados sketches como “El pícaro” y algo también de los que ha he hecho el mismo Lucho Cáceres como Quiquín de “Mil oficios” o “El Cobra” de “La gran sangre”.

La reiteración de este tipo de personajes en lugares, épocas y realidades distintas y la manera como conectan con el público, debe tener una explicación, ya que incluso están presentes en las películas de Disney: Golfo de “La dama y el vagabundo” u Omalley de “Los Aristogatos”. Todos trotamundos, buscavidas, frescos, sin arraigo ni cargas, viajando ligeros. Un plato de comida y un lugar donde dormir es todo lo que buscan.

Todos son alegres y despreocupados y en el fondo tienen un gran corazón, pero no están dispuestos a que nadie les diga qué hacer. Son “libres” y viven como les viene en gana. No sabrían cómo compartir su vida con nadie, porque a pesar de tener gran corazón, no saben amar.

Le pregunté a Lucho Cáceres sobre el porqué de ese perfil (al que dicho sea de paso yo odio) y me respondió que en el fondo, todos, de alguna manera quisiéramos ser como ellos, sacarle la lengua al mundo, a los cánones de la sociedad, al establishment. Nada de responsabilidades, nada de preocupaciones por el futuro. Vivir al día y punto.

“Los súper clásicos en el género de la comicidad son así: el Charlot de Chaplin, El Gordo y el Flaco… no tienen oficio ni beneficio, no se esfuerzan en nada, tal vez lo único que esperan de la vida es ‘un golpe de suerte’ y  por eso son propensos a la rapiña, a las trapacerías”, reflexiona Cáceres, y de tanto hablar de todos esos personajes reparamos en un detalle: todos son hombres.

No supimos encontrar una respuesta de el porqué y no vamos a hacer un análisis psicológico ni sociológico en esta columna, pero es interesante reflexionar un poco sobre las razones por las que un personaje sinvergüenza, irresponsable, mentiroso, etc., cae siempre tan bien a la gente y suponemos (solo suponemos) que si se hicieran papeles femeninos con esas características no serían tan “simpáticos”. En fin, buscaré a Coqui Bruce para encontrar respuestas, mientras tanto, si son fans de alguno de los personajes que hemos mencionado, vayan a ver “Amigos en apuros”. No se van a arrepentir.

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