Edición 2536: Jueves, 26 de Abril de 2018

¿Veinte Años no es Nada?

Escribe: Patricia Salinas O. | En la época de plataformas como Netflix, la televisión peruana retrocede dos décadas con producciones como Torbellino.

Yo crecí viendo televisión, cuando ni siquiera existían los canales por cable. Crecí viendo básicamente televisión peruana (al margen de algunas series norteamericanas): programas infantiles, programas concurso, programas de conocimientos, programas dedicados a la música, programas cómicos, telenovelas que marcaban la pauta en toda la región, en fin de todo un poco. No había más de cuatro o cinco canales y tampoco hacía falta.
Los bloques estaban establecidos. Todos los canales tenían un bloque infantil, todos tenían un bloque femenino. Había espacios en los que todos los cantantes de la época desfilaban difundiendo lo que hacían y también estaban aquellos programas que buscaban nuevos talentos.
Probablemente  el programa más improvisado era Trampolín a la fama, conducido por Augusto Ferrando y aún así, o quizás por eso, duró treinta años ininterrumpidos en la programación de Panamericana Televisión. Algo que, evidentemente, hoy sería impensable.
Ahora, con la televisión por cable, hay acceso por lo menos a 150 canales (dependiendo del paquete del cable operador) y de repente, me veo con el control remoto en la mano haciendo un zapping frenético, sin encontrar absolutamente nada que ver, a pesar de que yo soy de las personas capaces de engancharse, incluso, a programas malos, quizás por desviación profesional.

Han cambiado muchas cosas y los encargados de diseñar la programación de los canales nacionales no se dan cuenta. Ya no queda bien copiar alegremente formatos extranjeros, porque tenemos acceso a los formatos originales, pero, peor aún, no se pueden repetir fórmulas que en su momento funcionaron, porque corren el riesgo de terminar haciendo un arroz con mango como el que vemos en Torbellino, 20 años después a través de Latina.
No es que Torbellino haya sido una gran producción, pero fue la telenovela que abrió las puertas de la telenovela juvenil, algo que no se había intentado hasta ese momento en ninguna parte y eso la hacía diferente, por lo que funcionó bastante bien para la época.

Pero hacer una secuela tratando de repetir la misma historia del instituto en el que estudian chicos con talento para el canto y para el baile y mantener, al mismo tiempo, a los protagonistas originales, mostrándolos bastante más viejos de lo que realmente son y totalmente descuidados resulta siendo hasta un boomerang, porque terminan, incluso, matando el buen recuerdo que algunos tenían de la telenovela original.

Todo es demasiado forzado. Desde la historia de amor entre Marco Vilcapoma (Deyvis Orozco) y Patricia Campoverde (Fiorella Cayo), hasta la falsa obesidad de Roberto Páez (Gabriel Calvo), a quien le colocan almohadas (de una manera ridícula) para hacerlo parecer como un hombre gordo, sin una razón aparente. Supongo que para que después, cuando se atreva a volver a cantar, adelgace y bastará con quitarle las almohadas, porque así de facilista es la producción de esta novela que parece haberse quedado, realmente, veinte años atrás.

Creo que lo deberían preguntarse los que se animan a lanzar una nueva producción en estos tiempos en los que no solamente hay canales de cable, sino también plataformas como Netflix, es ¿por qué los televidentes elegirían engancharse a su proyecto cuando tienen tantas otras alternativas? Y, ojo, alternativas que ofrecen la posibilidad de ver algo en cualquier lugar (hasta en el micro) y en cualquier horario. Ah, ¡y sin cortes comerciales! Las cosas han cambiado demasiado en los últimos veinte años como para pretender volver con más de lo mismo.

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