Edición 2528: Viernes, 2 de Marzo de 2018

El Joven Enrique Victoria

Escribe: Patricia Salinas O. | Más de 70 años dedicados a la actuación, pero sobre todo a la lucha por los derechos del artista peruano.

Hay jóvenes que a sus escasos 20 o 25 años no tienen ganas de nada, pasan los días como vienen, sin esperar nada mejor y, lo peor, sin hacer nada por ser mejor o que el mundo sea mejor. Pero hay jóvenes de más de 90 años que siguen luchando por sus ideales y siguen buscando la manera de cambiar las cosas que están mal. Enrique Victoria era una de esas personas. A pesar de que quizás su cuerpo estaba deteriorado por algunas dolencias, siempre mantuvo ese espíritu luchador que lo caracterizó desde que inició su carrera.

No era de los que hablaban a media voz, ni de los que trataban de quedar bien con los demás. Al contrario, siempre directo, frontal, decía lo que pensaba sin calcular si eso le convenía o no. Y cuando digo siempre, es siempre. Lo botaron del colegio San Agustín porque le metió un cabezazo a un cura que dijo que todas las mujeres que trabajaban en el teatro eran prostitutas. “Mi madre era actriz, así que le dije que era un mentiroso. Él me dio una cacheta, yo le di un cabezazo”, contaba.

Así era él, desde chiquito. Todavía era menor de edad cuando decidió liderar el sindicato de actores. Sus padres tuvieron que firmar un documento ante el juez autorizándolo a hacerlo y desde entonces nunca dejó de luchar por los derechos de los actores, por una ley del artista, por la ley del cine.
A lo largo de su carrera participó en más de 500 obras de teatro, alrededor de treinta telenovelas y una decena de películas, siendo “Viejos amigos”, la última que hizo en el 2014 al lado de Ricardo Blume y Carlos Gassols, la que se quedará para siempre en la memoria de todos los que la vieron. Allí encarnaba a Ricardo Villarán, el más conflictivo del grupo de amigos, pero también el que tiene más calle, el más osado y el más político.

Enrique se parecía mucho a Ricardo. Apasionado en todo lo que hacía, pero sobre todo agradecido, que es una virtud tan poco común en nuestro medio. El último post que escribió en su Facebook el 2 de enero del 2017, a modo de saludo de Año Nuevo, lo pinta de cuerpo entero: “Gracias a todos por su amistad, por su ayuda, porque la he recibido en muchas oportunidades, de ellos, de los que no menciono, de los que menciono. Y gracias a esa ayuda que todos ellos; actores, directores, productores, autores y de diversas actividades, mis amigos me han ayudado y he podido salir adelante. A todos, muchas, muchas, muchas gracias, y le pido a MI SOCIO, mi Dios el Padre Eterno; y a Meishu-Sama, mi guía espiritual, que los colmen de bendiciones, de felicidad, de bienestar. Y los demás, puf, al pozo de los detritus”.

Todavía iba de un lado a otro, haciendo teatro, microteatro, dictando clases de actuación y planeando cosas para el futuro, a pesar de que a finales del 2015 había sufrido una aparatosa caída en pleno escenario en la Convención, en Cusco, cuando participaba en la obra “Las voces del silencio” una puesta en escena sobre la trata de personas y la explotación sexual en zonas selváticas.

Ni eso lo detuvo. Pero un tiempo después le dio un surmenage que sí lo alejó de todo. De pronto, decidió no recibir visitas ni llamadas y probablemente desde entonces, desde que renunció a actuar hasta el último día de su vida, como era su deseo, comenzó a morir.

Qué mal arrancas 2018. Cuando todavía no terminábamos de recuperarnos de la muerte del periodista Daniel Peredo, se va también un señor actor, un artista en todo el sentido de la palabra, pero sobre todo, un gran infatigable luchador. Hasta siempre, Enrique Victoria. 

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