Edición 2502: Jueves, 24 de Agosto de 2017

Qamsi Yachanki ñuqap Vidayta

Escribe: Patricia Salinas O. | Magaly Solier protagoniza un escándalo familiar y eso hace que muchos olviden su trabajo como artista.

Hace unos meses, Magaly Solier fue declarada “Artista por la Paz’” por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en el Perú. Fue a recibir la distinción hasta París y allí impresionó a todos dando su discurso en quechua.

Y de repente, ahora aparece involucrada en un escándalo de violencia familiar, que comenzó con una denuncia suya a su esposo por agresión física que, de pronto, se volvió contra ella, cuando Erick Mendoza, su compañero, salió a defenderse públicamente no solo negando que él la hubiera agredido, sino asegurando que ella era quien lo hacía y, por si fuera poco, mostrando mensajes de whatsapp que demostrarían que ella tiene un problema de alcoholismo.

¿Cuál es la verdad? Realmente nadie lo sabe porque en problemas de pareja  siempre hay dos versiones. Ella asegura haber callado muchas cosas por el hecho de ser una persona pública y él dice que no dijo nada por vergüenza, por miedo al qué dirán, en fin… El problema aquí es la reacción de la gente, que apenas ve un punto débil en una figura pública para tirarse encima y destrozarla.

No es la primera vez que Magaly Solier es víctima del bullying mediático. Siempre que declara sobre un tema polémico o denuncia algo, inmediatamente salen a relucir los comentarios racistas, porque la primera palabra que aparece y que se repite una y otra vez es ‘serrana’, a manera de insulto. Como si ser serrana en el Perú fuera un demérito, algo de qué avergonzarse. Y entonces siguen los adjetivos de ese tipo, que van desde “chola igualada” hasta “bastarda”, es decir, frases tan, pero tan anacrónicas que uno pensaría que ya nadie los utiliza en estas épocas, pero que demuestran lo atrasados que estamos como sociedad, lo poco que hemos evolucionado como seres humanos y lo estúpido de esas etiquetas con las que pretenden desacreditar a una persona.

En otros países, cuando los ídolos muestran que, como seres humanos, también tienen debilidades y cometen errores, su público los apoya, los apapacha, los alienta. Los argentinos, por ejemplo, jamás dejaron de adorar a Maradona o a Charly García. Y no se trata de respaldar todo lo que hagan aunque esté mal. Se trata de no darles la espalda, de separar las cosas y entender que lo que nos entregan como artistas (o futbolistas) no tiene nada que ver, necesariamente, con lo que son o lo que hacen en su vida privada.

Magaly Solier es una artista con estrella. Desde su primer papel en Madeinusa, que le cayó literalmente del cielo, cuando Claudia Llosa la vio en una plaza de Huanta en el 2005 vendiendo puca picante con unas amigas y supo que ese era el rostro de su protagonista, todo lo que ha hecho ha sido subir. Ha participado en unas veinte películas no solo peruanas, sino de lugares tan lejanos como Marruecos. Ha compartido créditos con figuras de la talla de Olivier Gourmet y Lucía Bosé, y ha ganado más de una decena de premios como mejor actriz en los diez años que lleva de trayectoria, lo que no es poco. Además, tiene un trabajo como cantautora en el que también ha tenido muchos logros.

Un problema personal no puede borrar todo lo que ha hecho como artista. Un problema personal debería solucionarse de manera privada. Y no darle más carne a los tiburones que quieren aprovechar este momento para vender su noticia.

Repito, no sé qué estará pasando en la vida privada de Magaly Solier y tampoco me interesa escarbar en ella. Solo espero que siga haciendo muchas películas, espero que grabe más discos y componga más canciones en quechua, una lengua que ella nos ha enseñado a amar. Espero ver su nombre muchas veces más en titulares que hablen de sus premios y no de problemas con su pareja. Y espero, sobre todo, no volver a leer más comentarios racistas cuando se refieran a ella.

Loading...