Edición 2497: Jueves, 20 de Julio de 2017

Conflictos de Interés

Escribe: Patricia Salinas O. | Hacer un reportaje o una investigación teniendo alguna relación con la competencia de la parte denunciada es, en cualquier parte del mundo, un problema ético.

La semana pasada escribí esta columna sobre algo que me llamaba la atención: el hecho de que mientras a la publicidad se le exigía cada vez más ‘verdad’, el periodismo ingresaba en el terreno de promocionar marcas y productos como si nada, incluso dentro de los propios programas periodísticos.
Obviamente a los periodistas/modelos no les gustó nada y trataron, a través de sus redes sociales de confundir un poco a la gente. Así que para los que no entendieron, vamos, trataré de ser más clara con algunos puntos clave:

Uno: los periodistas no son modelos, su trabajo está basado en la credibilidad por lo tanto, participar en un comercial es, sin duda, un arma de doble filo, ya que al recibir dinero para hablar bien de un producto, sabemos que ya no podrá ser objetivo ni con ese ni con los productos de la competencia y quedará siempre la duda de si no pasa lo mismo cuando asume de nuevo el papel de periodista dando una noticia o haciendo una entrevista.

Dos: las llamadas ‘activaciones’ son una forma de hacer publicidad dentro de los programas, ya sean de ficción o de no ficción. El problema es que cuando se trata de espacios periodísticos, tenemos a supuestos líderes de opinión ‘vendiéndonos’ diferentes productos como si estuvieran dando un testimonio y eso no solo le resta credibilidad al periodista que lo hace, sino al programa.

¿Por qué? Simplemente porque un periodista debe mantener las distancias, sobre todo cuando hay dinero de por medio. En el periodismo escrito hay un término especial para este tipo de cosas; es decir cuando sale una nota en ‘forma’ de reportaje, pero es pagada, se llama ‘publirreportaje’ y se incluye esa palabra para que quede claro.

La otra parte de la columna tenía que ver con la denuncia que hizo Juliana Oxenford a la agencia Circus Grey por una campaña con la que ganó León de Oro en el prestigioso festival de publicidad Cannes Lions y que, según ella, está lleno de mentiras o, en el mejor de los casos, de medias verdades.

Juliana parece haber entendido o quiere dar a entender que decir que hay conflictos de interés en su investigación es un intento de censurarla o de defender a la agencia a la que ella acusa. Y aquí, otra vez voy a ser lo más clara posible: Juliana no solo tiene a un hermano que es director en una casa realizadora, sino que además su hermana Lorena (y esto es aún más grave) es directora general de cuentas de la agencia Mayo FCB, que es competencia directa de  Circus Grey.

Ella piensa que eso es normal, incluso ha declarado para el portal de marketing y publicidad Mercado Negro: “Me pueden ver con muchos publicistas de mi entorno, pero otra cosa es que yo deje de ser periodista”, pero el hecho de tener familiares trabajando en la competencia de la agencia a la que denuncia, le quita peso a su investigación que tranquilamente podría habérsela dejado a cualquiera de sus colegas, incluso a Matheus Calderón con quien siguió el caso.

¿Por qué no es ético, ni siquiera opinar cuando hay conflictos de interés? Rosa María Palacios lo explica perfectamente en una entrevista publicada en el suplemento Domingo de ‘La República’: “Hace poco, tuiteé, en el caso de Pura Vida, que yo no iba a participar en ese debate, porque mi familia tenía el control de una empresa competidora. ¡La reacción del público fue muy buena, por un lado, pero de sorpresa total!”, explica y es que, claro, no estamos acostumbrados a que alguien actúe correctamente. Nos sorprende que un líder de opinión tenga la responsabilidad de decir: “De esto no voy a hablar porque tengo un conflicto de interés”, cuando eso es lo que se debe hacer. Su caso es exactamente igual al de Juliana. La cosa es más simple de lo que parece: no puedes ser juez y parte. Punto. 

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