Edición 2492: Jueves, 15 de Junio de 2017

El Imitador y el Contralor

Escribe: Patricia Salinas O. | Cuando un humorista político debe mantener distancias con los personajes a los que imita (y denuncia).

El contralor Edgar Alarcón tiene denuncias de todo tipo, entre ellas haber presionado a un funcionario para que retirara una denuncia en su contra; adquirir autos lujosos, pese a que la ley se lo prohíbe; y favorecer con una jugosa indemnización a una exsecretaria, que resultó ser la madre de dos de sus hijos, producto de una relación extramatrimonial. Y ahora, incluso, es investigado por la Fiscalía por lavado de dinero, lo que, por supuesto, su caso se convirtió en uno de los temas principales de los noticieros y programas políticos, como tenía que ser.

Desde que Cuarto Poder reveló un audio en el que se escucha a Alarcón  presionando a un funcionario, comenzaron a saltar una cosa detrás de otra; sin embargo, como suele suceder, la investigación fue declarada improcedente por unanimidad en el Congreso, según declaró Luz Salgado debido a un tema de forma y no de fondo.

Ya ese solo hecho era digno de uno y mil sketchs cómicos en algún programa de televisión, pero los espacios de humor que hay en TV abierta prefieren mantenerse al margen de estos temas. Carlos Álvarez, sin embargo, no tardó en sacar a Edgar “Alacrón”, un personaje al que le encanta el dinero y no le preocupa para nada los efectos de la corrupción.

La imitación solo fue  anunciada en Exitosa TV y promocionada a través de las redes sociales. Duraba apenas unos segundos, que fueron suficientes para que el contralor montara en cólera y le enviara una carta notarial exigiendo que retire al personaje de su espectáculo.

“Debo rechazar categóricamente y manifestarle mi indignación por la relación que usted, por medio de la caracterización que hace de mi persona y especialmente de la figura del Contralor General de la República pretende atribuirme con la comisión o complicidad de actos ilícitos o corruptos, dado que lesiona mis derechos fundamentales al honor y a la buena reputación (…) en ese marco, por la presente le requiero se abstenga de seguir realizando la referida caracterización…”, dice parte de la carta notarial que Alarcón envió a Álvarez.

La respuesta del cómico fue inmediata y aparentemente contundente: “Si se pica por ‘Alacrón’, ¡piña, pues!. Seguiré haciendo este personaje porque no pienso someterme a la censura del contralor”, declaró y le recomendó tener más correa.

Era la respuesta que todos queríamos escuchar, pero de repente, el sábado, para sorpresa de muchos, apareció un contralor feliz de la vida con la imitación. Ya no estaba enojado y en entrevista con RPP, aseguró que se había reunido con Carlos Álvarez y habían hablado “como amigos”.

“Le dije lo que me incomodó y lo que había que evitar... me encantó la representación del contralor cantando, me parece espectacular…seguimos adelante con el personaje, no tengo ningún problema con él”, expresó Alarcón.

¿Cómo? ¿Conversaron como amigos y le dijo lo que le incomodaba?  ¿Ahora sí el personaje le parece espectacular  porque sale cantando? No pues,  así ya no tiene gracia, si el personaje va de acuerdo a cómo el señor Alarcón quiere que lo muestren, ya no es una imitación crítica y suena, más bien, a autocensura.

Las denuncias contra Alarcón han seguido apareciendo y son, como dije al comienzo de esta columna, bastante graves,  y si bien, es la justicia la que determinará su culpabilidad, no se puede hacer pactos de “amistad” con alguien que tiene que responder a tantas acusaciones.

 “El trabajo de un humorista político no es ofender a nadie”, ha dicho Álvarez, pero tampoco es suavizar la imagen de alguien tan cuestionado y  que está envuelto en tantos problemas. Eso es usar el humor para blindarlo como ya lo ha hecho la mayoría en el Congreso.

En realidad, lo mejor para un cómico que hace humor político es mantenerse lo más lejos posible del poder, porque está claro que no se puede estar bien con Dios y con el diablo.   

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