Edición 2479: Jueves, 16 de Marzo de 2017

Verdades Secretas

Escribe: Patricia Salinas O. | Los reporteros de televisión fueron tan cautos a la hora de cubrir el caso del asesinato de José Yactayo que olvidaron que parte de la labor periodística también es investigar.

Desde que se supo de la terrible muerte de José Yactayo han sido muchas las hipótesis que se han lanzado sobre los móviles o las circunstancias de lo ocurrido, pero lo que más paradójico es que en este caso, como en ningún otro, lo que más ha enredado las cosas son las medias verdades. Es decir, el asesinato de Pepe Yactayo no era para los periodistas y productores de noticiarios y programas de fin de semana un caso más. Casi todos los que hemos hecho televisión, en algún momento hemos compartido una isla edición con él e inevitablemente hemos tenido, por lo menos, un sentimiento de simpatía hacia él.

Ese detalle, el hecho de que fuera parte del gremio, amigo de muchos, querido y respetado por casi todos, hizo que durante la primera semana, los informes propalados en televisión no dieran luces sobre el caso. La familia había pedido que dejen las cosas ahí nomás, que no profundicen en las investigaciones, que no den detalles y, claro, Pepe era un amigo, así que no iban a meterse en su casa con una cámara, aunque sea por la ventana (como han hecho decenas de veces), para mostrar a su madre llorar, o conseguir una toma de su departamento para mostrar el lugar donde estaba la laptop o algo así. Pepe era uno de nosotros y solo cuando una muerte nos toca de cerca, actuamos con respeto pensando en el ser humano y no en la primicia.

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Pero los televidentes esperaban otra cosa. Luego de que se había encontrado parte del cuerpo cercenado de José Yactayo, se imaginaba que los programas dominicales compitieran por cuál tenía más información y para sorpresa de muchos, ninguno quiso ‘ahondar’ (y así lo mencionaron varios reporteros), en las hipótesis que manejaba la Policía. Todos se limitaron a hacer una suerte de homenaje al colega, al profesional, al maestro de muchos. Se habló de su gran capacidad, de su talento para la edición, de su sensibilidad y hasta de su don de gente, pensando que todo podía quedar ahí, que no había por qué remover cosas que quizás fueran desagradables, que no había por qué lastimar más a su madre y a la familia.

¿Estaba mal? No, necesariamente. Por una parte, esa es la forma en la que los periodistas y reporteros deberían abordar SIEMPRE un caso de esta naturaleza: con respeto, con cuidado, con cautela,  teniendo en cuenta que ese cadáver mutilado (que gracias a Dios esta vez no mostraron ni con mosaicos, como siempre lo han hecho), fue una persona y que su madre y otros familiares que lo lloran, también son personas. Pero, por otro lado, tampoco se puede informar a medias, porque cuando se ocultan cosas, pasa lo que ha pasado: hay un montón de teorías y versiones contrapuestas. Muchas preguntas que quedan en el aire como ¿quién podía tener una verdadera razón para asesinarlo? ¿Qué hacía tanta gente en su departamento manipulando sus computadoras? ¿Por qué, en lugar de tratar de ubicar ellos su celular, no le pedían a la Policía que haga ese trabajo? ¿Se llevaron el disco duro de alguna de sus computadoras? ¿Se llevaron solamente memorias externas? ¿Borraron algo que podría ayudar a conocer quiénes son los autores del crimen?

Ya todo es más confuso que al comienzo. Beto Ortiz, con su abogado al lado, aseguró en Punto final que el material que se había llevado de la computadora de Yactayo eran grabaciones sin editar de los talleres de narración que ha dictado en los últimos años en el penal de Piedras Gordas I y que formaban parte de un documental que venía trabajando con Martín Suyón (cámara) y Yactayo (edición) y que pensó que si no se lo llevaba antes de que llegara la Policía, casi 200 horas de videos realizados durante tres años se irían al diablo. La pregunta es ¿legalmente, se puede hacer eso? Al margen de que resulta raro, por decir lo menos, que cuando todos estaban preocupados en tratar de saber qué había pasado con el editor, Beto se preocupara más de ‘salvar’ su trabajo.

En fin, el asunto es que, periodista o no, colega o no, amigo o no, la función de un periodista es informar y si es posible ayudar a encontrar la verdad para que los asesinos de José Yactayo paguen por su crimen. Es a eso a lo que deben apuntar todos los informes periodísticos de ahora en adelante. Esperamos que así sea.