La máquina de arcilla, de Emilio Rodríguez Larraín, se construyó en 1987 como resultado de la Bienal de Trujillo. El Estado debe recuperarla.
La máquina de arcilla, de Emilio Rodríguez Larraín, se construyó en 1987 como resultado de la Bienal de Trujillo. El Estado debe recuperarla.
Edición 2518: Jueves, 14 de Diciembre de 2017

Emergencia: Ministerio de Cultura

Escribe: Luis E. Lama | “Obreros –que testigos en Huanchaquito aseguran eran de la Municipalidad– iniciaron el derrumbamiento”.

La máquina de arcilla, de Emilio Rodríguez Larraín, se construyó en 1987 como resultado de la Bienal de Trujillo. El Estado debe recuperarla.
La máquina de arcilla, de Emilio Rodríguez Larraín, se construyó en 1987 como resultado de la Bienal de Trujillo. El Estado debe recuperarla.

La primera voz de alarma sobre la posible destrucción de La máquina de arcilla, el principal monumento público contemporáneo del Perú, la dio una carta firmada por Dorota Biczel, Sharon Lerner y Natalia Majluf en Change.org.

Ellas se dirigían al ministro de Cultura, a autoridades a nivel regional y local, así como a la Comisión Organizadora de la visita del Papa al Perú, solicitando detener el proyecto que pretendía derrumbar nuestra más importante obra pública del siglo XX para construir una explanada para la misa que celebrará el Papa en Trujillo.

Construida en 1987 como resultado de la Bienal de Trujillo, rápidamente se convirtió en un hito en el arte del Perú. Su autor es uno de los artistas más trascendentes de nuestra historia reciente, Emilio Rodríguez Larraín.

Como conozco muy bien la génesis de esa obra, le solicité al arquitecto Luis José Celi, autor de las fotos que publicamos, que hiciera seguimiento a lo que pudiera ocurrir. La semana pasada un equipo de obreros –que testigos en Huanchaquito aseguran eran de la Municipalidad– había iniciado el derrumbamiento, posteriormente detenido. Se adujo que el muro se había caído solo. Algo imposible después de tres décadas de soportar el vandalismo y el olvido.

El Ministerio de Cultura debe restaurar la obra e impedir que ocurra lo mismo que el mural de Ricardo Wiesse en la Vía Expresa, derruido por ignorancia de la Municipalidad de Lima. Otro monumento perdido es la obra de Karel Appel, quien convirtió a  Villa El Salvador de 1976 en un enorme mural. Quizás la línea de Nasca, hecha en ese mismo año por Richard Long, se mantenga por las peculiaridades del suelo, pero ella figura en todos los libros serios de arte y nuestras autoridades lo ignoran.

La máquina… puede recuperarse. El Estado está  obligado a hacerlo porque forma parte de nuestro legado, integrado por las obras –no solo precolombinas– que hicieron grandes a quienes nos precedieron. No podemos permitir otro vandalismo, aunque se tome como pretexto el nombre de Dios. La religión es cultura y todo acto de barbarie está reñido con ella.

GRANDE

La muestra de Jorge Cabieses  en Lucía de la Puente es el magnífico ejemplo de una trayectoria marcada por la coherencia. Se trata de la obra de uno de los más destacados artistas consolidados en el presente siglo. Él ha transitado desde lo Chicha al diseño gráfico, con resultados similares a lo que pudiera considerarse un pop cosmopolita pero ineludiblemente nacional, permitiendo apreciar a un hombre que indagaba paralelamente en la iconografía, el soporte y los medios con resultados sorprendentes.

Tres formas flotantes con ritmo musical, obra de  Jorge Cabieses. Derecha: Geometría en el espacio. Parte de la muestra en Lucía de la Puente.
Tres formas flotantes con ritmo musical, obra de  Jorge Cabieses. Derecha: Geometría en el espacio. Parte de la muestra en Lucía de la Puente.

Al tratarse de un artista que cree en la renovación, la siguiente etapa se aleja de la reproducción literal de lo apropiado. La imagen estalla gracias al empleo de la cuatricromía. Las imágenes apropiadas, usualmente asiáticas, rompían la planeidad anterior para crear un puntillismo ineludiblemente propio.

Luego comienza una larga etapa, geometría en la forma, el color y, particularmente, el soporte para seguir distintas vertientes. Desde la geometría pura y el análisis del color –derivaciones del supremísimo ruso y del estudio del color de la Bauhaus– hasta la resignificacion de la imagen, a través de impresiones sobre imágenes preexistentes.

Ese largo proceso se ha condensado en su muestra actual. El vinyl pegado a la pared, la geometría, el juego óptico y las formas flotantes que no eluden la incorporación del collage. Además sigue un proceso que lo aproxima a la escultura con relieves de fierro o recortes en el centro de la sala que pudieran tener precedentes en obras memorables como el mural hecho con contenedores de cerveza que hoy se encuentra en el Museo de San Marcos.

A diferencia de los geométricos improvisados que pululan en el mercado, Cabieses ha logrado una obra rigurosa que resume su trayectoria. El diseño está presente, al igual que la búsqueda de nuevos soporte y el desplazamiento de sus planos sobre el espacio bidimensional. Pero a todo ello se suma la libertad que solo otorga la seguridad de lo ya aprehendido. Ello le permite añadir al reciclaje serigráfico espacios donde la pincelada gestual rompe la arquitectónica planeidad del soporte y el ritmo, casi musical, que adquieren las obras sobre lienzo, que rompen con esa tradición constructiva que lo identificaba.

Esta es una muestra que se pudiera considerar como la condensación de una brillante trayectoria.

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