Reconocido artista peruano Venancio Shinki (Su  pe, 1932) fotografiado por Baldomero Pestana.
Reconocido artista peruano Venancio Shinki (Su pe, 1932) fotografiado por Baldomero Pestana.
Edición 2507: Jueves, 28 de Septiembre de 2017

Sobre la Memoria

“Rompiendo esa tradición de parejas artistas, era Venancio quien más estimulaba a Elda a pintar”.

Reconocido artista peruano Venancio Shinki (Su  pe, 1932) fotografiado por Baldomero Pestana.
Reconocido artista peruano Venancio Shinki (Su pe, 1932) fotografiado por Baldomero Pestana.

¿Es posible solucionar la situación de un país sin memoria? ¿Cómo lograr que los artistas que se han marchado sean recordados en un medio en el que los museos no tienen cabida para ellos? Mientras no se realice el gran proyecto de ampliación del MALI, no hay salida alguna para esos hombres y mujeres que formaron parte de la historia del arte del siglo XX en nuestro país. Milner Cajahuaringa, por ejemplo. ¿Dónde podemos ver sus obras?

Es cierto que en el Museo de Arte Contemporáneo de San Marcos podemos encontrar obras que difícilmente se aprecian en otros espacios, pero el Museo del Banco Central de Reserva está obligado a cambiar radicalmente la política de su magnífica colección, dando prioridad a la exhibición sin derivar las mejores obras a las oficinas de sus ejecutivos.  El primer piso del BCR también reclama una urgente remodelación que defina sus objetivos y culmine con la ambigüedad actual. 

Ciertamente las ediciones de libros, sin ser la solución, constituyen un alivio a este panorama. El problema es su limitado número o la elitista distribución entre los clientes más privilegiados, como ocurre con el Banco de Crédito del Perú. Tanto el ICPNA como el MALI tienen una política distinta. Sus ediciones suelen ser oportunas, muy bien documentadas y los curadores e investigadores son inobjetables. El ICPNA, por ejemplo,  acaba de editar el libro Shinki-Di Malio, una pareja emblemática en las artes peruanas, que ya tenía sus catálogos con motivo de sus retrospectivas, pero ya agotados, ahora han sido actualizados y reunidos en una sola edición, con textos de Luis Eduardo Wuffarden.

Suelen ser limitadas las publicaciones sobre artistas que comparten su vida. En el Perú tenemos el antecedente de Lika Mutal y Gam Klutier, pero en el campo internacional, a partir de las turbulencias entre Auguste Rodin y Camille Claudel –o entreveros pasionales entre Robert Hausmann y Hannah Höch– se han publicado una serie de libros como los dedicados a Robert y Sonia Delaunay, Lee Krasner y Jackson Pollock, Willem y Elaine de Kooning, hasta llegar  et al.  Basta leer cualesquiera de estos libros –o simplemente acudir a Google– y lo primero que destaca es que la notoriedad se la lleva el hombre, pues la mujer solía postergar su carrera en beneficio del otro, hasta el momento en que él muere, cuando se descubre la resplandeciente obra femenina postergada  por el machismo de los tiempos.

Portada del libro Shinki-Di Malio publicado por el I  CPNA. Los textos son de Luis Eduardo Wuffarden.
Portada del libro Shinki-Di Malio publicado por el I  CPNA. Los textos son de Luis Eduardo Wuffarden.

Este no es el caso Shinki-Di Malio. Ambos se conocieron como profesor y alumna en el taller Jueves en la antigua Conquistadores de San Isidro. Corría 1966 y Venancio era el wunderkind de esa época, con varios premios ganados y exposiciones notables en el que presentaba un informalismo que revelaba sus raíces orientales, no solo por la espacialidad y la luminosidad sino también por la caligrafía que incluía. Elda en cambio era una brillante estudiante que había pasado por los talleres del Museo de Arte y había estudiado con maestros como Herman Braun, Mahia Biblos y Sabino Springett. El deslumbramiento entre ambos era notorio y los amigos fuimos cómplices de una relación difícil para la clasista y racista Lima de los años 60.

Elda supo comprender que por la vía de los talleres no iba a lograr sus objetivos e ingresó en la Escuela de Bellas Artes en la que culminara en 1972, antes de que la salida intempestiva de Ugarte Eléspuru, a cargo de Martha Hildebrandt, iniciara la decadencia de nuestro más importante centro de enseñanza artística. La relación se mantuvo cada vez más unida y, rompiendo esa tradición de parejas artistas, era Venancio quien más estimulaba a Elda a trabajar en la pintura, a indagar nuevos caminos, siguiendo cada uno su propio e inconfundible camino.

La autora estudió en la Escuela de Bellas Artes.
La autora estudió en la Escuela de Bellas Artes.

Los 70 no fueron años fáciles. Los artistas tuvieron que buscar trabajo de ilustración en los confiscados periódicos o en los ministerios, pero en esa década también se consolidaba el mercado de arte y Venancio es convocado por Élida Román a exponer en 1973 en Galería 9. Elda lo haría al año siguiente, después de una primera individual en Trapecio.

A partir de entonces se inicia para ambos una carrera pública que los une al protagonismo del arte peruano, él con una pintura que se vuelve cada vez más figurativa –onírica la llamaba– ella con cuadros sobre la soledad, el desierto y la condición humana. El resto es casi medio siglo de historia.  

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