“Hay cuadros notables de Julia Navarrete”, dice La   ma. “Son también notables, entre otros, Oblitas, Jaime, Varsi y, particularmente, Icaza y Luyo”.
“Hay cuadros notables de Julia Navarrete”, dice La ma. “Son también notables, entre otros, Oblitas, Jaime, Varsi y, particularmente, Icaza y Luyo”.
Edición 2505: Jueves, 14 de Septiembre de 2017

Católicos

“Hay cuadros notables de Julia Navarrete”, dice La   ma. “Son también notables, entre otros, Oblitas, Jaime, Varsi y, particularmente, Icaza y Luyo”.
“Hay cuadros notables de Julia Navarrete”, dice La ma. “Son también notables, entre otros, Oblitas, Jaime, Varsi y, particularmente, Icaza y Luyo”.

La muestra Legado y divergencia: 78 años de arte en el centenario de la PUCP, que bajo la curaduría de Max Hernández exhibe el ICPNA de Miraflores, revitaliza la imagen de una facultad que ha vivido mejores momentos cuando su fundador, Adolfo Winternitz, y su sucesora, Anna Maccagno, estaban a cargo del decanato.

Posteriormente todo se fue derrumbando por las pugnas internas sobre la orientación a seguir. Direcciones impensables profundizaron un conflicto entre pasado y presente, que considero en gran medida superado por el nombramiento de Verónica Crousse como nueva decana. Su presencia, junto con la de los profesores más destacados, puede lograr finalmente esa renovación que permitiría la puesta al día de la enseñanza del arte en el Perú.

Como ocurre en todo cambio generacional, grandes maestros como Julia Navarrete o Alejandro Alayza, si bien no tienen el protagonismo de antaño, se mantienen firmes por el aporte que han hecho y que pueden seguir haciendo, en una trayectoria caracterizada por su permanente entrega a un alumnado que ha terminado enriquecido por sus exigencias.

Obra de Chaparro. ICPNA (Miraflores)
Obra de Chaparro. ICPNA (Miraflores)
Durante los años ochenta, la Facultad de Arte era el principal centro de enseñanza de arte en el Perú. Lamentablemente fue decayendo con decanos incapaces, enfrentamientos de poder, la búsqueda de la contemporaneidad, el recurso Google cada vez más evidente y una notoria desorientación. Ello trajo consigo a egresados talentosos, cuya huella se ha perdido en un medio cada vez más restringido para los nuevos artistas.

Desde 1939, cuando Winternitz inauguró un cursillo de arte en Lima, hasta nuestros días, todo ha cambiado de manera radical. Sin embargo, la nueva heterodoxia no siempre ha dado resultados positivos. La postergación cada vez más pronunciada de la pintura y la derivación de la escultura a las instalaciones, si bien son procesos globales –o predilecciones pendulares, según lo demuestra la historia–, son prueba de ello.

Esto se puede apreciar en el trabajo curatorial. Hay cuadros notables de Julia Navarrete y Ramiro Llona, pero la pintura “tradicional” culmina con Miguel Aguirre y Giorgio di Giovanni, que corresponden a promociones del siglo anterior. Los más jóvenes están dedicados a indagaciones cosmopolitas que pudieran ser resultado de becas y residencias extranjeras, como ocurre con Blas Isasi, cuya experiencia con la malla metálica y el color es un notable ejemplo de distintas vías de experimentación.

El curador sostiene que “los desafíos de la enseñanza artística subyacen también a este conjunto de obras: ¿perfeccionar o sondear?, ¿comunicar o transgredir?, ¿asimilar o transformar?”. Él no da respuesta a estos dilemas, porque sencillamente no existen. Son dicotomías que siempre se han planteado a lo largo de la historia del arte, particularmente en el siglo XX, cuando las vanguardias –sobre todo en América Latina– buscaron nuevos lenguajes que identificaran a su generación, su país y su tiempo. Pero hoy, el término de identidad que durante tanto tiempo nos guió, luce devaluado ante las ansias de internacionalización como única salida a las limitaciones locales.

“Alberto Agapito y su simulacro de Szyszlo debieron omitirse”. Derecha: Miguel Aguirre.
“Alberto Agapito y su simulacro de Szyszlo debieron omitirse”. Derecha: Miguel Aguirre.

La misma curaduría se encarga de acentuar las diferencias. Por ejemplo, Fernando de Szyszlo y Sandra Gamarra están representados por videos. Hernández otorga además a la selección una erótica de lo nuevo, una vitalidad esencial para la imagen de toda escuela de arte que aspire a ser contemporánea. Y establece relaciones ingeniosas entre obras de artistas mayores, como Teresa Burga, y las de jóvenes tan dotados como Juan Salas.

Condensar 78 años de una facultad en 54 artistas, es una tarea imposible de asumir sin riesgos. Max Hernández optó por el camino adecuado. Invitó a maestros emblemáticos, buscó las obras más arriesgadas, e invitó a aquellos artistas que tienen una visión del arte más coincidente con el espíritu de los tiempos. Son notables, entre otros, Raura Oblitas, Alejandro Jaime, Genietta Varsi, y particularmente, Álvaro Icaza y Verónica Luyo. En cambio, Alberto Agapito y su simulacro de Szyszlo debieron omitirse en una muestra en la cual los “sesgos” –que tanto critica nuestro ministro de Cultura– son inevitables. Paradójicamente, son esos sesgos los que hacen tan estimulante esta exposición.

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