El rostro de Frida Kahlo en el cuerpo de la explaymate danesa Dane Arden. Uno de los tantos collages con Kahlo.
El rostro de Frida Kahlo en el cuerpo de la explaymate danesa Dane Arden. Uno de los tantos collages con Kahlo.
Edición 2498: Jueves, 27 de Julio de 2017

Un Cuerpo en llamas

“Si Kahlo fue lanzada por Madonna en los 80, las millennials encajarán más con la liberación hardcore de Nahui-Mondragón”.

El rostro de Frida Kahlo en el cuerpo de la explaymate danesa Dane Arden. Uno de los tantos collages con Kahlo.
El rostro de Frida Kahlo en el cuerpo de la explaymate danesa Dane Arden. Uno de los tantos collages con Kahlo.

Supe de Nahui Olin gracias a Las siete cabritas de Elena Poniatowska, en la que se dedicaba a retratar a siete mujeres –locas como cabras– guiadas por la ruptura y la libertad. Allí, predeciblemente figura Frida Kahlo, pero la que concentra el interés es Carmen Mondragón, quien murió sumergida en el delirio y absolutamente olvidada, a pesar de ser una protagonista de sus tiempos.

Posteriormente leí el libro de Adriana Malvido Nahui Olin, la mujer del sol, y pude comprender mejor la transformación de Carmen Mondragón en la musa maldita que fue Nahui Olin, nombre azteca que designa el poder del sol para hacer girar los planetas. El bautismo fue idea del Dr. Atl (Gerardo Murillo Cornado), un pintor y escritor mexicano que, entre tantas otras cosas, también fue un vulcanólogo que terminó por encontrar su propio volcán. Y en plena erupción: Nahui.

Se ha solido comparar la vida de Kahlo con la de Mondragón por su relación con las vanguardias y su abierta sexualidad. Además, cada una a su manera fue una guerrillera contra el establishment y la sociedad de su tiempo. Pero simplificando, diríamos que la primera sería softcore ante la beligerancia de la segunda, cuyo redescubrimiento ha marcado un retroceso de la “fridomanía”, un hecho que se comprobará el próximo año, cuando se estrene la película que el director español Gerardo Tort está filmando en Veracruz.

Kahlo y Vladimir Mayakovsky. Collage de Djikia sobre un collage de Toren.
Kahlo y Vladimir Mayakovsky. Collage de Djikia sobre un collage de Toren.

Si Kahlo fue lanzada por Madonna en los 80, las millennials encajarán más con la liberación hardcore de Nahui-Mondragón, una mujer que literalmente llegó a la locura por el placer. Nacida en Ciudad de México (1893), su padre fue un general de Porfirio Díaz que participó en el golpe contra Francisco Madero, lo que lo obligó a refugiarse en Francia con toda su familia. Según Raquel Tibol, “Nahui tuvo una mamá clasista, durísima, estricta, formalista, terrible. Su refugio fue su papá, quien la resguardó, y hay elementos que te pueden llevar a pensar que su relación fue más que la de un padre y una hija. Personalmente me queda la duda”.

La caprichosa Carmen se enamoró de Manuel Rodríguez Lozano, un soldado homosexual, que derivó en artista al conocer a varios representantes de las vanguardias europeas. Pero al conocer al Dr. Atl –un insaciable depredador–, comienza la verdadera historia de una vida marcada por los excesos de la pasión. Sus continuos escándalos en el convento de La Merced, en cuya azotea vivían, fueron legendarios en su tiempo.

La pareja vivía intensamente una pasión en la que el deseo se unía a los celos para crear un detonante que inevitablemente estallaría. Ella lo celaba por su impulso hacia otras mujeres, él en cambio no llegó a comprender que ella consideraba a su cuerpo como un medio para expresar su libertad y, particularmente, su sexualidad. Ese fuego terminó por devorarlos.

Amor. Nahui Olin y Eugenio Agacino. Derecha:   Olin, pintora mexicana, fue fotografiada por Edward Weston y Antonio Garduño.
Amor. Nahui Olin y Eugenio Agacino. Derecha:   Olin, pintora mexicana, fue fotografiada por Edward Weston y Antonio Garduño.

Nahui Olin amó a muchísimos más. “Se volvió rehilete de feria”, según Poniatowska. Su perdición fue el capitán español Eugenio Agacino, quién hacía escala en todos los puertos. Nunca la mujer había amado tanto y a su vez fue tan deseada. Nunca había sido tan feliz ni logró pintar mejor. Pero nada es para siempre. El capitán murió en el mar en 1934, y nada volvió a ser como antes.

Nahui Olin fue pintora sin llegar a los niveles de Kahlo, escribió poesía, hizo performance, pero sobre todas las cosas fue una musa ansiada por todos. Fotógrafos como Edward Weston en Hollywood o Antonio Garduño en Ciudad de México hicieron desnudos suyos deslumbrantes; Diego Rivera la inmortalizó en varios murales; particularmente notables son los del Palacio Nacional, en el que encarna a la diosa de la poesía erótica. En realidad, fue una diosa para muchos.

Poniatowska afirma que a lo largo de ochenta y cinco años, su poesía, su pintura, sus caricaturas, su espontaneidad, su desnudez, su demencia, la forma en que condujo su barca en un mar infestado de tiburones, la volvieron una mujer de linaje superior.

Al ejercicio de la prostitución lo sucedió una vejez esperpéntica, con la cara empastada de blanco, que la llevaba al acoso de los jóvenes en los tranvías. Su muerte en medio de la miseria y la locura, su cuerpo rodeado de gatos vivos y disecados, no hacen más que contribuir a la consolidación de una leyenda.

A los diez años Carmen avizoró el destino de Nahui. Escribió sobre su pupitre: “Desgraciada de mí, no tengo más que un destino: morir, porque siento mi espíritu demasiado amplio y grande para ser comprendido y el mundo, el hombre y el universo son demasiado pequeños para llenarlos…”.

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