Señor con pájaros. “Iturbide se aproxima más a  una invención del mundo que al registro del mundo que solo ella es capaz de ver”, dice Lama.
Señor con pájaros. “Iturbide se aproxima más a una invención del mundo que al registro del mundo que solo ella es capaz de ver”, dice Lama.
Edición 2495: Jueves, 6 de Julio de 2017

Nuestra Señora de Los Pájaros

Por: Luis E. Lama | “Hay una detenida reflexión de lo aprehendido que excede a ese registro del instante”.

Señor con pájaros. “Iturbide se aproxima más a  una invención del mundo que al registro del mundo que solo ella es capaz de ver”, dice Lama.
Señor con pájaros. “Iturbide se aproxima más a una invención del mundo que al registro del mundo que solo ella es capaz de ver”, dice Lama.

Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) es una de las fotógrafas más representativas de la historia latinoamericana. Hacia 1969 comenzó a estudiar dirección cinematográfica en la Universidad Autónoma de México con el fin de trabajar la imagen como “un pretexto para conocer el mundo”.

Al egresar, su profesor en la UNAM, Manuel Álvarez Bravo, la contrató como asistente para hacer con él varios peregrinajes a través de México. La alumna fue brillante. Con el ojo educado para el cine, absorbió rápidamente las enseñanzas hasta ir forjando un lenguaje personal, cada vez más desligado del maestro.

A finales de los setenta recibe encargos de documentar a la población indígena, pero es Francisco Toledo, otro de los grandes artistas de Oaxaca, quien la invita a hacer una serie a la que Iturbide dedicó diez años, obteniendo resultados en los cuales la cultura zapoteca quedaba registrada en uno de sus primeros libros: Juchitán de las mujeres (1989).

Se incluyen también fotos de la serie En el nombre del padre, donde muerte y sacrificio se unen para crear una metáfora sobre su país a través de los ritos de la violencia y capturar esa “otra realidad” que la aleja de todo carácter antropológico o documental. “No soy antropóloga ni socióloga”, diría, pero a su manera lo fue. Ocurre que hay en estas fotos una detenida reflexión de lo aprehendido que excede a ese registro del instante. “A lo mejor carezco del ojo de lince del que habla Cartier Bresson, soy más reposada, me quedo con lo que está allí, estático” (Óscar Colorado Nates).

La muestra incluye una amplia selección de la serie sobre el surrealista Jardín Botánico de Oaxaca, donde la realidad se convierte en un vuelo de la imaginación. En cierto modo, Iturbide se aproxima más a una invención del mundo que a su registro. O por lo menos, al registro del mundo que solo ella es capaz de ver, como ocurre con las fotografías de las bandadas de pájaros que inundan el paisaje, o con su identificación con Frida Kahlo en las fotos de Coyoacán, particularmente con El baño de Frida (2006), un autorretrato paralelo al cuadro de Kahlo Lo que el agua me da (1939).

La casa de Wiracocha, de acero inoxidable. De  recha: escultora Mónica González Tobón y su trabajo con cilindros de acero pulido.
La casa de Wiracocha, de acero inoxidable. De  recha: escultora Mónica González Tobón y su trabajo con cilindros de acero pulido.

Ella misma se encarga de analizarlo: “La fotografía no es la verdad, el fotógrafo interpreta la realidad y, sobre todo, construye una realidad propia, de acuerdo con sus conocimientos o emociones […] Sin la cámara, ves el mundo de una manera, y con la cámara, de otra; por esta ventana, estás componiendo, incluso soñando con esta realidad, como si a través de la cámara se estuviera sintetizando lo que tú eres y has aprendido del lugar. Entonces haces tu propia imagen, estás interpretando” (Luisa Lucuix, Conversaciones con fotógrafos).

Una grande en el MATE.

MÓNICA GONZÁLEZ TOBÓN

Es una escultora que ha alcanzado un merecido lugar en el medio a través de obras, usualmente en acero pulido, que revelan su apego a una arquitectura utópica que en contadas oportunidades puede llegar al cinetismo, como ocurre con la pieza que exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de San Marcos.

Su exposición en La Galería está dedicada al cilindro, deconstruido en paredes curvas que se abren, o encierran, creando un ritmo particular y una ilusión de continuidad que logra a través de perfectas soldaduras imperceptibles para el espectador.

La escultora propone nuevas formas de aprehender el espacio a partir de un metal de brillo atemperado, que vuelve más sutil la contundencia que pudiera tener cada obra. El acero de este modo va sugiriendo intrincadas volumetrías ante el visitante que se enfrenta a cada una de ellas.

La muestra se resiente por una abundancia que vuelve inevitable la fatiga ante reiteraciones sobre una misma forma. Una obra de tamaño monumental –o un proyecto en torno a ella– hubiera permitido una ruptura, elevando la contundencia de esta presentación.

Mención aparte merecen los relieves. Son piezas que a modo de origamis metálicos cuelgan en paredes con un soporte negro que no estoy seguro sea necesario. Estas obras hacen que tengamos la ilusión de la flexibilidad del acero, de las posibilidades de dominarlo como un papel y de crear aquellos ritmos que permiten saltar del plano al espacio con recursos mínimos.

Allí se encuentra otro hallazgo en la trayectoria de una artista caracterizada por su rigor.                    

Loading...