“Desde los 90 vuelve a dedicarse a los extramuros, a los edificios de los barrios más humildes, a la geometría de la pobreza”.
“Desde los 90 vuelve a dedicarse a los extramuros, a los edificios de los barrios más humildes, a la geometría de la pobreza”.
Edición 2486: Jueves, 4 de Mayo de 2017

Grande

“Que no sea el predilecto de los coleccionistas de la banalidad en boga, es simplemente la mayor señal de su trascendencia”.

“Desde los 90 vuelve a dedicarse a los extramuros, a los edificios de los barrios más humildes, a la geometría de la pobreza”.
“Desde los 90 vuelve a dedicarse a los extramuros, a los edificios de los barrios más humildes, a la geometría de la pobreza”.

Carlos Enrique (Quique) Polanco es uno de nuestros pintores más coherentes y rigurosos. Nacido en Lima en 1953, ingresó a la Escuela de Bellas Artes en 1975, de donde salió con una marcada admiración por Víctor Humareda, el mítico artista puneño radicado en La Parada que se dedicó a recrear los bordes urbanos con una poética tan entrañable que ha pasado a la historia del arte peruano del siglo XX como uno de los mejores cronistas visuales de nuestra marginalidad. La amistad entre Polanco y Humareda forma parte del anecdotario cultural limeño.

Las fotos que Herman Schwarz tomó al maestro lampeño dan testimonio de la vida que quería llevar, de su vocación por evadir los halagos y la moda, de su fe en el pueblo con el que compartía su existencia en el Hotel Lima, en 28 de Julio con Aviación, al inicio del mercado mayorista de esos tiempos.

Cuando Polanco egresó de Bellas Artes, su pintura revelaba su relación con el amigo mayor, pero era infinitamente más radical, producto de los tiempos convulsionados en los que vivíamos. Mendigos, locos, prostitutas y políticos poblaban estos cuadros en los cuales retrataba las distintas facetas de la miseria social que nuestra ciudad congregaba. Eran imágenes de rabia y de extremos, altamente elaboradas, a menudo más preocupadas por el contenido que por la técnica. Era un expresionismo sin concesiones que hoy, lamentablemente, no podemos apreciar. Solo queda el recuerdo de alguna exposición en Trapecio y de obras aisladas que se mantienen en la memoria con admiración.

“El estallido cromático es usado en la construcción de una urbe alucinatoria...”.
“El estallido cromático es usado en la construcción de una urbe alucinatoria...”.

En 1984, Polanco recibe una beca a China, donde permanece tres años. Tiene un hijo, que fue un acontecimiento mayor en su vida. A su regreso al Perú organiza una exposición con las obras realizadas en su estadía oriental. Eran cuadros luminosos, de una limpieza inédita en el color. Las citas ahora se aproximaban más a Van Gogh y la imaginería oriental estaba presente en lo que era una muestra insólita para aquellos que conocíamos su trabajo anterior. El rigor impuesto durante su estadía en China había ordenado –no contenido– la rabia e introducido la luz en la nocturnidad de antaño.

Pero Polanco es un rebelde con causa. Rápidamente el Perú volvió a ejercer su efecto y la obra se concentró de nuevo en su ámbito social, reivindicando a migrantes y domésticas en una serie de irónico título impresionista: “Domingo en el parque”. Era un retrato del reposo de los guerreros, de los menos privilegiados en la escala social limeña, en el que se recurría a colores que no temían al estallido, enfrentándose de este modo a los gustos impuestos en esta dorada Lima que rechaza el color en cualquier esfera de la vida.

Obra de Polanco, 100 x 70 cm.
Obra de Polanco, 100 x 70 cm.

Desde los años noventa, Polanco vuelve a dedicarse cada vez más a los extramuros, a los edificios de los barrios más humildes, a la geometría de la pobreza y la arquitectura de la emergencia, dominando sobre ellos el color. A veces los tonos son prostibularios, como en los cines porno y los sex-shops, y con frecuencia el estallido cromático es usado en la construcción de una urbe alucinatoria, extraída de una pesadilla, como en el caso de los barracones y de los bordes de esta ciudad. Además, Polanco, con valentía, en un ámbito kitsch que paradójicamente le teme al kitsch, no ha vacilado en recrear los monumentos que delatan el gusto del poder que los impone, como sucede con dos de sus piezas superlativas: la sirena de cemento y mayólica con unos delfines que la sostienen y el monumento a Hemingway en Cabo Blanco.

Para su actual muestra en la galería Yvonne Sanguinetti, Polanco reúne 12 cuadros y los ubica a modo de un enorme friso que forma una suerte de collage sobre la ciudad. Algunos ya los habíamos visto, pero el conjunto es formidable. Cuadros inéditos de barriadas, corralones, grandes muros adornados con imágenes de héroes populares, la casa barco poblada de mendigos y fantasmas, arquitecturas del desarraigo y todo ese universo cada vez más vivo y más empeñado en negar. Hay en todos ellos una mirada eminentemente política y a la vez llena de amor por una Lima que en esta pintura se vuelve entrañable ante la noche que la rodea.

Polanco es uno de nuestros mayores artistas. Que no sea el predilecto de los coleccionistas de la banalidad en boga es simplemente la mayor señal de su trascendencia.   

“Cuadros de barriadas, grandes muros cubiertos por imágenes de héroes populares”.
“Cuadros de barriadas, grandes muros cubiertos por imágenes de héroes populares”.

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