Mutilación y descomposición. “La mayoría de los cuerpos presentados remitían a descomposiciones”, dice Lama.
Mutilación y descomposición. “La mayoría de los cuerpos presentados remitían a descomposiciones”, dice Lama.
Edición 2483: Miércoles, 12 de Abril de 2017

Johanna

Por: Luis E. Lama | “Sus vientres desgarrados, hechos de tela y yeso y colgados de ganchos para carnicería”.

Mutilación y descomposición. “La mayoría de los cuerpos presentados remitían a descomposiciones”, dice Lama.
Mutilación y descomposición. “La mayoría de los cuerpos presentados remitían a descomposiciones”, dice Lama.

La muerte es muy cruel cuando ataca a destiempo a los que más queremos.  Johanna Hamann apenas tenía 62 años y había llenado toda su vida de obras que impactarían en nuestra memoria en el transcurso de los tiempos. Ella formó parte de la generación de los 80, de ese brillante grupo de escultoras guiadas por Anna Maccagno con un rigor que haría de la escultura en el Perú la manifestación más destacada de esos tiempos.

La conocí mientras estudiaba en la Católica y luego seguí cercanamente su trayectoria. Era una mujer apasionante y su obra se presentaba más bien como una ruptura con los materiales de la tradición universitaria lo que acompañaba con una actitud iconoclasta ante todo  lo establecido en una sociedad en tiempos de descomposición.

Johanna, digámoslo de este modo, era una guerrera, pero de rigor extremo en el campo del arte. La admiré muchísimo como mujer y como artista. La primera obra que exhibí de ella fueron sus vientres desgarrados, hechos de tela y yeso y colgados de ganchos para carnicería haciendo con ellas un alucinatoria metáfora sobre la condición de mujer y madre. Hoy se encuentran en la colección del MALI.

Con posterioridad presentamos una individual en la cual su pieza mayor, un mármol con serrucho atravesado cayó de la grúa que la trasladaba y terminó triturada. Ella, acertadamente, dispuso los restos como una enorme instalación que fue el eje de la muestra. Hoy esa pieza restaurada se encuentra en la colección del Museo de Arte Contemporáneo de San Marcos.

Johanna siguió trabajando incansablemente produciendo obras de sorprendente impacto –y belleza, como ocurre con el cuerpo de su hijo. Pero la docencia le restaba más tiempo del debido para que su obra continuara siendo tan generosa como en los inicios. Tenía, como todo el mundo, que sobrevivir en medio de un mercado cada vez más snob y mezquino. Paulatinamente la escultura fue pasando a segundo plano por otras predilecciones que imponían la moda. Ocurría simplemente, como solía mencionar la inolvidable Cristina Gálvez, que los coleccionistas en el Perú preferían poner un sofá de diseño –usualmente plagiado– que  ocupar ese espacio con una escultura.

Escultura sobre madera. Derecha, La artista falleció a los 62 años luego de meses de lucha contra el cáncer.
Escultura sobre madera. Derecha, La artista falleció a los 62 años luego de meses de lucha contra el cáncer.

La situación ha empeorado desde entonces. La mayor parte de nuevos escultores ha derivado a hacer instalaciones. El mármol, el bronce y la madera han sido dejados de lado y el acrílico, la fibra de vidrio, el papel y otros materiales poco ortodoxos de menor precio han terminado por reemplazarlos.  Ocurre que para un artista es muy dificil asumir el riesgo de invertir en una pieza que jamás tendrá salida, por eso muchos de ellos mantienen el original en cera esperando a que llegue el momento oportuno del vaciado. Sin embargo, Johanna ajena a la frivolidad imperante, seguía indagando en otras piezas que mantenía inéditas esperando  el lugar preciso para presentarlas.

Esto ocurrió en el 2015 cuando se exhibió una retrospectiva de casi 40 años de prolífica labor. Ya entonces el turbante delataba su lucha contra el cáncer pero su espíritu era invencible. Sin embargo el recorrido a lo largo de la muestra era esencialmente mortuorio, salvo sus desnudos, y el niño, la mayoría de los cuerpos presentados remitían a descomposiciones, huesos, columnas, et al. Una anatomía en cuyo interior hurgaba, porque su trabajo era esencialmente sobre nuestra condición física, salvo contadas excepciones como las espléndidas piezas de madera que se ramifican en la parte superior para recuperar las formas de la mujer-olivo.

Las últimas piezas que vi de ella fueron unos dibujos aéreos, verdaderas filigranas de metal cuyas sombras rebotaban sobre la pared reproduciendo ilustraciones enciclopédicas del siglo XVIII. Y entre ellas se encontraba Transiciones neuronales (2013) una suerte de conclusión de las indagaciones hechas con la ‘orfebrería’ de una década atrás. Es una obra en la cual es posible apreciar aportes del modernismo de los 50, en particular de David Smith o Henry Calder, pero revisitados por una artista en plena madurez, que nos proponía una reflexión sobre nuestra finitud. Por ello, la presencia final de los botiquines que simbolizaban los intentos de curaciones y frustraciones constituyeron la mejor metáfora de todo aquello que Johanna nos ha hecho reflexionar a lo largo de una vida de plenitud. Inolvidable.

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