Autorretrato. La fotógrafa neoyorquina se ganaba la vida como niñera. Derecha, Retrato a fotógrafo. Maier vivió en Chicago, EE.UU.
Autorretrato. La fotógrafa neoyorquina se ganaba la vida como niñera. Derecha, Retrato a fotógrafo. Maier vivió en Chicago, EE.UU.
Edición 2482: Jueves, 6 de Abril de 2017

Una Sombra ya Pronto Serás

Por: Luis E. Lama | “La ubicación de su gran cámara rolleiflex le permitía fotografías a la altura de la cintura.”

Autorretrato. La fotógrafa neoyorquina se ganaba la vida como niñera. Derecha, Retrato a fotógrafo. Maier vivió en Chicago, EE.UU.
Autorretrato. La fotógrafa neoyorquina se ganaba la vida como niñera. Derecha, Retrato a fotógrafo. Maier vivió en Chicago, EE.UU.

En 1994 Héctor Olivera hizo una película sobre un programador que viaja por la pampa argentina, el tren se descarrila y comienza su desfile entre un grupo de almas perdidas en lo más profundo de Argentina. La crítica era mordaz y Olivera dejó su huella en la América Latina de ese entonces.

Hoy todo es distinto. La abundancia es subterránea, la belleza está maquillada por la pobreza de esa enorme cantidad de ciudadanos que luchan por sobrevivir a una crisis largamente anunciada. Y a pesar de esto, la oferta cultural es espléndida. Ópera en el Colón, la mejor cartelera de cine, teatro de primer nivel, espacios para la cultura cada vez más imponentes como el CCK, museos e instituciones con exposiciones que entre nosotros lucirían utópicas. Y todas, sin excepción, repletas de visitantes. Pero el regreso al hotel se suele acompañar por algún mendigo que intenta dormir acompañado por Borges, al que trata de leer con la luz que le llega de alguna ventana vecina.

Un ejemplo del magnífico empuje cultural argentino lo tenemos en el FoLa, la Fototeca Latinoamericana creada por Gastón Deleau, uno de los hombres que ha hecho mayor promoción cultural en nuestro medio. Desde las exitosas semana del Arte, la Feria LimaPhoto, y la anterior versión de la feria internacional Parc en el MAC. Ahora Deleau ha revitalizado a LimaPhoto trasladándolo al espectacular espacio de El Parque Salazar. Allí deberá evitar escrupulosamente esa tenebrosa Sala de Arte en Larcomar, que como eventualmente ocurre con L´imaginaire, lucen anexos del Ojo Ajeno, la desolada galería del centro de la Imagen.  

En el FoLa he podido ver muestras excepcionales como la dedicada a Machu Picchu y una del español Chema Madoz, que sigue teniendo vigencia con un pop cercano a ‘La movida’ al que ha ido permanentemente replanteando.  Allí se exhibe ahora una selección de la obra de Vivian Maier que viera en Barcelona el año anterior. Y fue un privilegio verla, porque, salvo excepciones, ella no tiene acogida en grandes museos, debido quizás, entre otras cosas, a que ella no se ha encargado de imprimir sus negativos, lo cual resulta un tanto debatible porque hay fotógrafos altamente encumbrados que tampoco lo han hecho o tienen mediocres impresiones.  El tiempo  se encargará de ubicar los méritos en su debido lugar.

“Vivian Maier fue un enigma que la casualidad rescató”, dice Lama. Derecha, Autorretrato. Uno de los 100 mil negativos de Maier.
“Vivian Maier fue un enigma que la casualidad rescató”, dice Lama. Derecha, Autorretrato. Uno de los 100 mil negativos de Maier.

Vivian Maier fue un enigma que la casualidad rescató. En 2007 una subasta de cajas con contenidos desconocidos fue comprada con un negociante del azar. John Maloof compró las cajas y llegó a descubrir unos 100,000 negativos que le demandó un larguísimo proceso de selección, restauración y reproducción del trabajo de una mujer que hizo de la fotografía una obsesión.

Si ella se ganaba la vida siendo niñera, su verdadero sustento espiritual era la imagen, la instantánea y sobre todo el misterio. En el 2013 Maloof hizo un memorable documental Finding Vivian Maier, que permitió investigar el periplo de esta mujer que se trasladó por Europa y diversos sitios de Estados Unidos para acompañar a los niños y retratar un mundo al que, como diría Benjamin sobre Atget, “la sensación de lugar del crimen que tienen estas fotografías…”.

Hay un cierto carácter que me resulta siniestro en Vivian Maier. No es solo el anecdotario de su vida sino más bien su forma de ver la realidad. Por eso su relación con Diane Airbus me resulta ineludible, pero hay una mujer menos conocida llamada Helen Levitt, quien tomó fotos de Nueva York de una manera más diáfana y espontánea que Maier. Y, sin embargo, las coincidencias entre ambas están presentes.  

Las instantáneas de Maier lucen reflexivas, oscuras y premeditadas. La ubicación de su gran cámara rolleiflex le permitía fotografías a la altura de la cintura lo que le daba importancia especial a los sujetos enfocado hacia lo alto. Sus autorretratos son apasionantes. Me enfrento a ellos como si ingresara a un laberinto donde el asesino se esconde dejando huellas para ser descubiertas. Nunca dejó una sonrisa, solo una mirada escéptica, indiferente o angustiada –nunca empática– que apenas ha dejado sombras perturbadoras de una mujer que encontró en la fotografía un mundo infinitamente más rico que  la realidad que le correspondió vivir.

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