Primera etapa de Westphalen: “formas sensuales,  con superficies pulidas, para acariciarlas y sugerirnos formas próximas al surrealismo”.
Primera etapa de Westphalen: “formas sensuales, con superficies pulidas, para acariciarlas y sugerirnos formas próximas al surrealismo”.
Edición 2477: Jueves, 2 de Marzo de 2017

Anacronismos

Escribe: Luis E. Lama | “La incorporación gratuita de la poesía termina por ser chirriante”.

Primera etapa de Westphalen: “formas sensuales,  con superficies pulidas, para acariciarlas y sugerirnos formas próximas al surrealismo”.
Primera etapa de Westphalen: “formas sensuales, con superficies pulidas, para acariciarlas y sugerirnos formas próximas al surrealismo”.

Lamento decirlo pero la antológica de Silvia Westphalen en el ICPNA tiene un planteamiento errado al ser realizada por Eliana Otta, una artista que aprecio pero cuya experiencia curatorial ha sido prácticamente nula hasta la fecha.

Esta exposición requería de un profesional capaz de hacer un análisis riguroso, de una contextualización en el tiempo y el espacio  y de una museografía altamente especializada para ser correctamente aprehendida. Ocurre que en tiempos en los cuales la escultura sobre mármol luce arqueológica, en lugar de traer “Las edades de la piedra” al presente, todo luce como una exposición de los años 50, pero no con un criterio vintage sino más bien de obsolescencia, algo que en materia de arte contemporáneo resulta letal.

Mientras en el mundo la piedra ha sido, lamentablemente, dejada de lado, porque son tiempos en los cuales los escultores han derivado a ensamblajes e instalaciones –vean lo que ocurre con los egresados de la Católica en el CCPUC– esta muestra se afinca en un anacronismo que vuelve aburrida la visita.

El entorno poco ayuda a levantar el interés. El carácter plano del montaje, la iluminación, los carteles impresos sobre papel pegado a la pared, la incorporación gratuita de la poesía para acompañar la volumetría exhibida termina por ser chirriante. Este hecho se acentúa por el protagonismo que adquiere la composición de Rafo Ráez, la cual, al incidir en el silencio, nos remite a algunas de las experiencias más radicales de John Cage retrotraídas a la actualidad. Pero la música –perfecta para otro entorno– no acompaña sino que asalta a la percepción en un peregrinaje que se propone como una suerte de espiritualidad o, para decirlo de otro modo, de desmaterialización de la piedra.

Estamos ante “paisajes imposibles donde la hori   zontalidad nos fuerza a recorrerlos a lo largo de sus dimensiones o piezas verticales”.
Estamos ante “paisajes imposibles donde la hori   zontalidad nos fuerza a recorrerlos a lo largo de sus dimensiones o piezas verticales”.

Lo anterior no impide reconocer las virtudes de la obra de Silvia Westphalen. Su primera etapa, antes de radicar definitivamente entre nosotros, es realmente notable. Hay una innegable relación con las experiencias de Louise Bourgeois en esas formas orgánicas que trajo cuando se trasladó a Lima en 1992. En ellas las piedras –deslumbrantes mármoles italianos y particularmente los portugueses– adquirían formas sensuales, con superficies pulidas, para acariciarlas y sugerirnos formas próximas al surrealismo. Paisajes imposibles donde la horizontalidad nos fuerza a recorrerlos a lo largo  de sus dimensiones o piezas verticales, particularmente las más radicalmente orgánicas, en las cuales los miembros erizados que parten de la base, desplazan su agresiva erección en el espacio.

A partir de su residencia local, la artista comienza nuevas indagaciones cuyo inicio podría apreciarse con la gran escultura vertical de 1992, donde la ojiva se convierte en el centro de la pieza alternando las zonas pulidas y cortando las rugosidades de la piedra. Es una escultura en la que se avizoraban búsquedas ya iniciadas en la serie “botes”, (1990-1992), en las cuales las metáforas vaginales evidenciaban  un proceso de transición.

Las reflexiones de madurez se inician con una suerte de bordado sobre la piedra donde las incisiones sobre la superficie rugosa marcan un ritmo variable que la reiteración, durante este último cuarto de siglo, ha vuelto monótona. Hay piezas, como los inéditos murales de piedra, que en los inicios resultaban deslumbrantes pero cuya retórica se ha desgastado. El “lanzón” (2017) que cierra la retrospectiva condensa una etapa que la escultora deberá replantear.

Dentro del panorama del arte peruano Silvia Westphalen es una de las pocas escultoras en actividad que no ha formado parte de esa generación de notables formada por Anna Maccagno. Su aporte a nuestro modo de ver es respetable y la docencia que ejerce es sin duda valiosa. Sin embargo consideramos que el arte tiene la obligación de representar a su tiempo. Por eso hay que saludar la inclusión de una instalación de papel doblado sobre una mesa en la que rinde homenaje a su padre. Un alivio en medio de tanta aspiración de trascendencia. Esa pieza sobre papel demuestra la riqueza de las alternativas de Westphalen para replantear el futuro.  

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