Robert Plant de Led Zeppelin, según la artista Marialejandra Lozano. “Lo mejor de la muestra”, sentencia el crítico Luis Lama.
Robert Plant de Led Zeppelin, según la artista Marialejandra Lozano. “Lo mejor de la muestra”, sentencia el crítico Luis Lama.
Edición 2475: Jueves, 16 de Febrero de 2017

¡Viva la Revolución!

Robert Plant de Led Zeppelin, según la artista Marialejandra Lozano. “Lo mejor de la muestra”, sentencia el crítico Luis Lama.
Robert Plant de Led Zeppelin, según la artista Marialejandra Lozano. “Lo mejor de la muestra”, sentencia el crítico Luis Lama.

La Invasión Británica”, la exposición curada por Jaime Higa, es un estallido de gente joven –salvo excepciones– que rinde tributo a sus pares británicos a partir de los años 60, década en la que se inicia una revolución que se expande por todo  el mundo, no solo en el campo de la música, sino en el de la cultura entendida en su sentido más amplio.

Para el autor de esta nota, que vivió intensamente los años 60, esa fue la década más creativa y libertaria del siglo XX. El arte, la moda, el cine y toda manifestación estaba fuertemente marcada por los signos de una época en la cual todo funcionó como el viraje de un trasatlántico que transporta el rythm and blues norteamericano a Europa y lo devuelve a Estados Unidos en forma del rock, la música  más poética y transgresora de esos tiempos.

Si en la segunda posguerra se traslada el centro mundial del arte de París a Nueva York, en los años 60 el POP, un arte que Norteamérica hizo suyo, nace gracias a los aportes ingleses, particularmente con ese cuadro precursor de Richard Hamilton ¿Y qué es lo que hace a los hogares de hoy en día tan diferentes, tan atractivos…?” (1956) donde sentaba las bases que regirían  la rebelión neodadá de una década prodigiosa.

En esos años subversivos las revoluciones se sucedieron vertiginosamente, desde la libertad sexual hasta la detonación del núcleo social con las comunidades hippies y el auge del neomarxismo que terminaría estallando en las distintas revueltas de 1966. Los cambios en la música no fueron aislados y el cine, por ejemplo, transformó su lenguaje con Richard Lester y, de manera más contundente, con el Free Cinema, una ola que recogía las angustias de una generación que se consideró a sí misma Angry Young Men.

The Damned según Elías Alayza Prager. Derecha: Pulp según Johnny Robles.
The Damned según Elías Alayza Prager. Derecha: Pulp según Johnny Robles.

Dentro de esta ebullición, concentrarse exclusivamente en la música no es una tarea fácil por sus múltiples ramificaciones en todos los campos de la sociedad de su tiempo. Por esta razón el curador, para un mejor ordenamiento, ha dividido su montaje por décadas, partiendo de los orígenes, abarcando el glam y el punk de los setenta, llega al britpop  de los noventa con Oasis o Suede y, al final, Amy Winehouse nos despide en un destacado cuadro de José Luis Arbulú.

En este vuelo de los Swinging Sixties hasta la Cool Britannia vemos propuestas de casi 50 artistas cuyas participaciones se multiplican según la década tratada. Salvo una instalación, casi todos han dado prioridad a la pintura, rechazando a la moda que privilegia la desmaterialización conceptual y decretando la obsolescencia pictórica. Estos conceptualistas-google ignoran que están repitiendo el mismo error de los años setenta y que en nuestros días no puede existir una pintura sin una fuerte carga conceptual.

La convocatoria poco ortodoxa de artistas emergentes, que difícilmente hubieran sido invitados por otros curadores, es un acierto. No todos son buenos pintores ­-lo que permite trazar un paralelo con los músicos estudiados- pero hay piezas como las de Marialejandra Lozano, cuyo Robert Plant de Led Zeppelin es notable. Hay muchos artistas de extremo interés como los trujillanos Johnny Robles y Paolo Vigo, Elías Alayza Prager y el mismo Jaime Higa. Además, se exhiben buenas impresiones digitales, como las intervenciones de Nicolás Gjivanovic, Ilustronauta o el Bowie de Cherman que resultan necesario destacar.

El conjunto es grupal en el más amplio sentido y las individualidades se pierden en esta intención. Lo que cuenta es una historia eminentemente visual de la música, con poquísimos textos que ayuden a su comprensión, lo que hace de esta una muestra para iniciados. Otro montaje, digamos más cartesiano, hubiera hecho el recorrido mucho más didáctico, pero esa intención predicadora iría contra el espíritu iconoclasta de los tiempos.

Nicolás Gjivanovic intervino el álbum Ultravisitor (2004) de Squarepusher.
Nicolás Gjivanovic intervino el álbum Ultravisitor (2004) de Squarepusher.

Lo que no puede explicarse es la ausencia de la música en una muestra sobre ella. El silencio no es buena compañía en una exposición que exige de otros estímulos para  que el visitante pueda imbuirse en los momentos históricos propuestos. El Británico está a tiempo para redondear una propuesta que demanda la participación de todos nuestros sentidos.

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