Edición 2466: Miércoles, 7 de Diciembre de 2016

Cristina Cumple 100 Años

“Cristina Gálvez era la mejor maestra de dibujo que alguna vez haya existido en el país”.

La Sala Luis Miro Quesada Garland se ha caracterizado en los últimos años por presentar –con honrosas excepciones–  una serie de intrascendencias donde predominaba un conceptualismo sin concepto y que –después de un grave escándalo– aparenta regresar a la ecuanimidad con un homenaje a Cristina Gálvez con motivo de sus 100 años de nacimiento.

Un homenaje de esta trascendencia debió de ser asumido por el MALI, por lo menos con dos años de anticipación, tiempo requerido para una actividad rigurosa de esta naturaleza. Sin embargo me temo que el legado monumental de Cristina Gálvez no se encuentra dentro de los intereses de esta institución.

Una investigación sobre la obra de Cristina Gálvez sería muy compleja de realizar. Ella ejercía un magnetismo muy especial y sus coleccionistas solían rendirle culto a una diminuta mujer de fuerza excepcional y un coraje que se avizora nítidamente en cada una de sus obras. A pesar del tiempo que le consumía la docencia –era la mejor maestra de dibujo que alguna vez haya existido en el país, con una enorme cantidad de artistas que acudía donde ella para poder dibujar aquello que jamás podrían aprender en una universidad– Cristina nunca dejó de dibujar, modelar, de imaginar, de crear. Además fue una amiga fidelísima que sabía escuchar. El tiempo que solía dedicarnos era de una generosidad insólita.

Cristina Gálvez fue una de las grandes protagonistas de la escultura y del dibujo en el Perú. Tuvo una formación privilegiada en Francia y Bélgica donde aprehendió los espíritus de las vanguardias europeas en los años precursores de la Segunda Guerra Mundial. Hay varias obras que permiten relacionarlas con los expresionistas de “El Puente”, particularmente con Erich Heckel.

Sus primeros estudios a mediados de los años treinta, fueron con reconocidos artistas europeos que se basaban por igual en la exigencia técnica y la libertad creativa. En estos talleres se interesó en el dibujo, pero será en el estudio de André Lothe donde terminaría por consolidar su oficio. Siempre se encargó de mencionarlo como uno de sus mayores maestros.

 

Protagonista de la escultura y el dibujo.
Protagonista de la escultura y el dibujo.
Durante la Segunda Guerra regresa al Perú donde artistas como Ricardo Grau, Sérvulo o Macedonio concitaban la atención del medio. Vivíamos un tiempo de  ebullición modernista y fue entonces, como ella misma contaba, que decide intentar la escultura a partir de una máscara de cuero que  cortó en pedazos para armarla de nuevo, creando a partir del arte popular como materia prima, piezas notables marcadas por el dolor.

Este redescubrimiento del país y el afloramiento de las vanguardias entre nosotros, estimula su vocación por la escultura, actividad que se impondrá como la principal en su vida. Por eso en la posguerra regresa a Europa a perfeccionar estudios y conoce a grandes como Giacometti, quien la marcó definitivamente con las rugosidades de sus superficies y la estilización de la forma. En los años 50 marcha a Nueva York a estudiar en el Art Students League y se casa con el hombre de su vida, Pierre Wolf, con quien regresa a Lima en 1965. Ella, con su magnetismo, y su brillante trayectoria, fue uno de los ejes alrededor de los cuales giraba la cultura limeña de los tiempos.

Cristina como persona y artista excede largamente cualquier biografía. Fue infinitamente más compleja de lo que puede explicar cualquier CV. Sus lecturas, sus preocupaciones sociales, su visión de la vida, su concepto de solidaridad y su condición de mujer siempre fueron comunicadas directamente a quienes las rodeábamos, pero también lo expresó en toda su obra.

Su mundo era metálico y puntiagudo, su atmósfera siniestra y envenenada. Y ella me introdujo al romanticismo de Gérard de Nerval a medida que profundizaba en nuestra relación. Gracias a ella leí Las Quimeras y la comprendí mejor cuando me dio a leer El sol negro de la melancolía. Pero si Cristina marcó mi espíritu fue repitiéndome continuamente a Georges Bernanos y su sentimiento trágico del cristianismo: “Si no viene a perturbar a qué viene”.

Esa lección la he cumplido al pie de la letra desde el primer día que la conocí. (Luis E. Lama)